Párrafos sobre Cuentos de Tokio

http://www.miradas.net/0204/articulos/2003/0311_ozu2.html

Unas palabras sobre la película en una página de cine que conocí hace un par de años (tal vez Graciela recuerde por nuestros cine-foros en el colegio) y que de vez en cuando visito.

Me atrae mucho cómo va hilvanando la película (y sus impresiones de ella) a partir de los únicos dos movimientos de cámara que hay. Pareciera que en la quietud se descubriese el movimiento interior de los personajes, mientras que el movimiento permite elidir detalles importantes, distracciones que terminan siendo el indicio de un final.

Para continuar, una cita sobre Yasujiro Ozu en Historia del cine de Mark Cousins:

“Lo que vemos en la pantalla no es la mirada de ningún personaje, ni tan siquiera la del propio Ozu, sino la mirada del mundo. La historia deja de fluir por un momento para sumirse en un estado de abstracción”.

Ozu: Una tarde de Otoño / "El sabor del sake" (1962)

“El sake me vuelve honesto”
“Estoy solo y triste. El hombre siempre acaba solo”
“Las virtudes humanas han desaparecido desde la guerra”
“Menos mal que perdimos”
El sabor del sake es amargo, pero la quietud de su mirada brinda una que otra sonrisa, embriaga con su calma aunque detenerse en sus imágenes y reflexiones deje más inquietudes que certezas. Cuando veo una película de Ozu, me siento embriagado. No es la borrachera que me entumece de felicidad y estupidez hasta olvidarme. Es la impresión paulatina de estar soltándome, dejarme llevar por la ligereza que brinda el licor a la vez que permite ver las cosas con claridad. El licor nos vuelve conscientes de nuestra ridiculez y en este humor amargo encontramos cierta sinceridad desde la cual ver las cosas. Así, cada imagen que es cada plano se convierte en un descubrimiento para ver la historia. Descubrimos el peso de la guerra en Shuhei así como descubrimos a Michiko, su hija, vestida de matrimonio: esta revelación, entre los colores relucientes de su traje y el fondo intrincado por líneas, surge con violencia como un reconocimiento de los cambios de la vida, inesperados en su magnitud aunque hayan sido decididos y previstos. El matrimonio de Michiko es la vuelta a la soledad del padre, así como Sakuma obligando a su hija Nobuko a cuidarlo implica la tristeza de ambos. La sencillez tras el devenir de las cosas se convierte, poco a poco, en la naturaleza de estas.

“Cuando las cosas van bien es por algo mutuo (…)”
“Y ellos hacen su vida. Con lo que cuesta criarlos [a los hijos, para que se vayan de casa eventualmente]. Es como un sueño”

“Quería estar solo. Seguro que se siente solo”
Ridículo, fastidioso, payaso, el borracho es un hombre solitario, embriagado en su estado más profundo de soledad. Este es Shuhei, abandonado no por descuido de sí mismo ni de los demás, sino por el cauce natural de sus acciones. Quietos con la mirada, somos capaces de notar los movimientos más leves (estos más interiores) que producen las decisiones de Shuhei a su alrededor y en nosotros. La conversación entre padre e hijo, cada uno en un ambiente diferente de la casa, al final, asoma el surgir de una nueva rutina así, a oscuras, entre voces de sueño y embriaguez, una nueva rutina de la intimidad. En penumbra, la soledad de los objetos provoca la inquietud del alma. Atender a las cosas es inquietar lo que parece tener permanencia.

Ozu: Las hermanas Munekata (1950)

“Siempre me encontrarás esperándote”

Las estatuas
masas de tiempo interrumpido
fijas como si algo cuajase en ellas
en lucha contra el pasar del tiempo

Los troncos
testigos en silencio de paseantes olvidados
fijas raíces sin nombre

Las hermanas
Caminos diferentes
la tradición en actitud de recogimiento y el cambio siempre inquieto

Los gatos
Sigilosos, solitarios egoístas
infieles
humanos

La bebida
entre amarguras y dulzuras
macerar angustias, prejuicios, incertidumbres
en el licor del sake

Anticuado y nuevo
las categorías para fijar
con relación a nuestro tiempo
lo que pretendemos entender
sin atender
a cada manera

La película traza dos maneras de ser como dos caminos diferentes. Los traza con la sinceridad de un observador atento a que cada trazado (sea el de una escritura esbozada por la mano, el de una geografía recorrida por los pasos o el de un paisaje contemplado por la mirada) es una posibilidad de atender y, luego, de sentir. En este fragmento a continuación se detalla con una desarmante sencillez cómo una postura, ante nuestra mirada, fija los rasgos de cada personaje. Es casi como si no pudiera haber conciliación: Setsuko, frontal, rígida, vestida con los atuendos de una mujer casada; Mariko, ladeada, fresca, en faldas. Y de hecho, cada postura es un conflicto posible con el otro, impide la reconciliación, estar en un sitio dificulta ver desde el lugar del otro. Un camino requiere de pasos irreconciliables para ser recorrido. Setsuko y Mariko pueden reflejar la ruptura de épocas entre guerras, entre la tradición y el cambio, lo anticuado y la revolución. Pero, más allá del reflejo de este cáncer (¿no es este mismo cáncer del que habla el doctor en la clase al comienzo, temible cáncer creado por el ser humano?) y de sus escisiones, es la sinceridad ante sí mismas la que les brinda sosiego a ambas: a Mariko porque la tradición no pertenece a los anticuados y a Setsuko porque la sumisión no corresponde con la realidad del compromiso. Si pueden entreverse las hermanas como reflejos de la guerra, la mirada de Ozu les brinda una dimensión desde la intimidad de imágenes atentas a sus sentimientos y no a definirlas como símbolos que terminarían por disecar la película como los apuntes automatizados de los estudiantes en la clase de medicina. No estamos ante una clase didáctica como si la guerra fuese una metáfora, sino en una apertura hacia los espacios (qué atractivo cómo una cámara estática atiende a y distiende todos los lugares de una casa en un solo plano) y hacia los personajes a partir de la necesidad (¿o la imposibilidad?) de reconciliar sus maneras.

“Ser moderno es no envejecer aunque el tiempo pase”

Ozu: Cuentos de Tokio (1953)

Retratas la familia en su desintegración más natural y atravesada por los desencuentros construidos por la ciudad.
Cuentos de Tokio es un viaje a la ciudad desde el núcleo de la tradición: los padres de la familia Hirayama.

Muestras la naturaleza de la desintegración desgajando frases y conversaciones que siembran inquietud, componiendo imágenes de personajes a espaldas, intimidados por la ciudad.
Esta es la soledad desnuda de melodrama, más bien inquieta por una constante sinceridad. Los padres no son vistos como víctimas ante la ciudad y sus construcciones, sino como seres que fijan las huellas de la transformación a través de su vejez.

En tu mirada está la humanidad: nuestra condición de cambio y contradicción (anhelamos permanecer a pesar del paso continuo del tiempo). Tu mirada desde abajo, desde el suelo, nos pone al ras con el centro: una mirada abierta, atenta, cierta.

En mi garganta, el nudo se ata con fuerza una y otra vez. Este no es el drama ni la tragedia que hace a sus personajes víctimas de las acciones. Este es el dolor natural de una transformación. En el “¿No es la vida decepcionante?” de Kyoko está la queja de cualquiera de nosotros: por nuestras equivocaciones, por nuestra testaruda incapacidad de ver más allá de lo que hacemos, por nuestra torpeza al hablar, por nuestra insistencia de ser específicos y tener certezas cuando ni siquiera acertamos en precisar qué cambia en nosotros. Es la respuesta de Noriko, el “Sí, lo es” flexible y sonriente, la que cuaja, en mi mirada, lágrimas contenidas: asumir el dolor como la naturaleza permea la transformación, afrontar las incertidumbres como la certeza es el principio de la injusticia, sincerar nuestro egoísmo porque estamos hechos de esperanzas y no sabemos esperar.

Lo que anoche soñé en Tokio.

Un cuento que como aguja nos atraviese la nostalgia

La ciudad arrastra distancias, desencuentros,

y el abanico no deja de ondear, tal vez porque tampoco sabemos esperar
el teléfono, el telégrafo, telegramas: noticias, ruidos tardíos acallando la lejanía

Un Tokio para nos, para la indulgencia de una soledad llamada “Vida”
el tren, los automóviles: rutas -des-andadas por el vaivén de traer y al mismo tiempo dejar atrás