"Ahora está oscuro", recordando a Dennis Hopper y Terciopelo Azul

Era 1986. Me había graduado de bachiller tres años antes. Como la mayoría de las cosas en aquel momento, la manera de ser o conocer un genio era a través de novios mayores. No eran tan viejos, pero que supieran más que yo, los hacía más atractivos para mí. Y lo que yo tenía para intercambiar era mi juventud. Este novio era cinco años mayor que yo. Él amaba las películas. “Es la nueva película de David Lynch”, dijo. “Tenemos que verla”.

Así que unos de nosotros se arrejuntó en un carro que llevábamos en aquel momento. Había dos cosas que sé con seguridad sin haberlo visto en mi mente: que era una chatarra y que era barato. “Terciopelo Azul”, qué podrá significar eso, me preguntaba como joven y tonta que era. ¿Y quién es David Lynch? Era alguien por quien la gente como mi novio se emocionaba muchísimo. Yo, yo era mucho más comercial, como soy ahora. Pero al menos ahora conozco, amo y aprecio a David Lynch.

Está de más decir que Terciopelo Azul era distinto a todo lo que yo había visto antes. Lo que recuerdo de esa proyección es que el sonido se cortó justo después de la famosa escena entre Dennis Hopper e Isabella Rossellini. La audiencia casi gritó asustada – no porque hubieran visto a Hooper, ya una leyenda, ponerse esa máscara de oxígeno y meter a Rossellini en tales escenas de perversión, sino porque el sonido se había ido y tendríamos que salir de la sala y volver la noche siguiente.

Tuvimos toda una noche para pensar en esa escena y lo que pensábamos sobre qué sería la película. La noche siguiente, nos encontrábamos anticipando esta escena con Hopper, y cada escena en la que él estaba, sin importar cuán difícil de ver fuese. Y lo fueron. Difícil de ver.

Dennis Hopper ha actuado, escrito o dirigido (o las tres a la vez) más de cien películas. Ha hecho muchas desechables, pero también ha hecho unas tremendas. Ninguna de ellas, ni siquiera Easy Rider, puede superar a Terciopelo Azul. Era el rol preciso para el actor indicado en el momento señalado. Sólo David Lynch pudo captar lo que Dennis Hooper era capaz, el nivel de crueldad y sexualidad retorcidas de Frank Booth. Y probablemente ningún otro actor pudo haber llegar hasta ahí. Todavía no ha vuelto a haber un personaje tan memorable en una película de Lynch, y eso es decir bastante.

Logró ser grotesco y gracioso. “¡Heineken! ¡Que se joda esa mierda! ¡Pabst Blue Ribbon!”

Terciopelo Azul movió nuestro mundo cuando salió por primera vez. Hasta este día se mantiene como una de las cosas más alocadas y hermosas puestas en película. Lynch recuerpó nuestros recuerdos de Ingrid Bergman y nuestra seguridad en las convenciones cinematográficas y las volteó. Y no hemos sido los mismos desde entonces.

Yo no estuve ahí para Easy Rider. Y en realidad tampoco estuve ahí para Apocalipsis Ahora, aunque la he visto muchas veces. Estuve ahí para Terciopelo Azul y se ha quedado conmigo. Dennis Hopper, y los personajes extraños que trajo a la pantalla, incluso en películas olvidables (y eso que hay muchas de estas), de alguna manera siempre me ha hecho reír. Siempre ha sido tan jodidamente raro. Y grandioso. Un suave fucker.

Sasha Stone, awardsdaily.com

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Segunda reunión: "Va a pasar algo" y lo efectista de una catarsis: II

Mi mayor problema con Irreversible es que sea provocadora por irreverente y no porque tenga algo que decir sobre la violencia o sobre sus personajes: que provoque a expensas de la violencia (que siempre genera reacciones fuertes) y no desde una mirada particularmente aguda. Ni siquiera la trama se sostiene por su cuenta, sino que tiene que apoyarse en la belleza de Bellucci para hacer que se sienta algo por su personaje.

Segunda reunión: "De lo armonioso a lo decadente" de Terciopelo Azul (1986): I

A oscuras, pero se escucha la conversación y se distinguen algunos rostros.

Uno de los matices que más me fascina de Terciopelo Azul es que, incluso cuando se adentra en lo decadente, no pierde su tono de cuento de hadas. Tal vez sea por esto que Frank no me da miedo, porque si bien es un personaje inolvidable por lo desquiciado, no existe fuera de ese cuento “a oídas” que investigan Jeffrey y Sandy.

Escenas de una primera reunión en persona y un cadáver por armar…

EL “VOYEUR” DEL TERCIOPELO
Con Terciopelo Azul (Lynch, 1986), ser espectador implica jugar a ser un voyeur: ya no esperamos ver, sino que lo deseamos. Nosotros somos los mirones metidos entre los fetiches, las perversiones y las ingenuidades de estos personajes de Lumberton. La imagen es provocativa porque, en este “extraño mundo”, imaginar es desear. Con sus colores suavemente opacos pero llamativos, con su música hipnotizante y con su ritmo de parsimonia, la imagen cinematográfica evoca un mundo que provoca seguir siendo visto: a un mismo tiempo, Lumberton es un sitio provocativo a la vista y provocador para mantenernos alerta ante sus perversiones. Todo esto envuelto en esa atmósfera “wooden” (“acartonada”, diríamos nosotros, pero literalmente debería ser “amaderada”) de perfección que es ese vecindario.

Extractos de críticas/estudios sobre Terciopelo Azul

“Las claves de la filmografía de David Lynch, y especialmente en Terciopelo Azul, están en la visión que él mismo tiene de su infancia: <> (…)David Lynch trata de retratar en su película las sombras que se esconden tras cualquier mundo idílico, son las pesadillas no reconocidas del conservador sueño americano las que se encuentran aquí retratadas: vicio, drogas, violencia, sexo, etc. Y, como una Alicia en el País de las Maravillas o como en El Mago de Oz, una adolescente perteneciente al mundo de la alegría y la normalidad descubre una puerta lo sórdido e insano a través de una oreja cercenada” (Alejandro Díaz, http://www.miradas.net)

Terciopelo Azul es una exploración fascinante y perpleja de todo lo que está bajo la superficie de todos nosotros. Mucho de eso es tan oscuro como confuso, e incluso perturbador, pero por toda su excentricidad, esta película se siente tan verdadera como nada de lo que hayas visto antes” (Brian Webster, Apollo Guide)

“Pocas películas han sido capaces de fundir los mundos de la realidad y de los sueños tan exitosamente, y su fuerza surreal empuja las imágenes y los sonidos en nuestro inconsciente, donde resuenan por varios días. Mientras las capas de la belleza aparente de Lumberton son desgajadas lentamente, nosotros somos chupados por la oscuridad subterránea hasta que Lynch lanza una nota optimista al final. (…) A diferencia de otras películas de Lynch que te dejan guindando en la oscuridad, Terciopelo Azul vuelve a la realidad finalmente, donde vemos los mensajes morales evidentes en el filme” (Derek Smith, Apollo Guide)

“Raro por el capricho de ser raro no es suficiente; tiene que haber algo más. Y si fuera sólo rara pero entretenida, estaría bien. Pero Terciopelo Azul es completamente aburrida gran parte del tiempo. Como todos los personajes son tan exagerados (y tan falsos, podría decirse), es imposible identificarse con alguno. Terciopealo Axul es el tipo de película que los profesores de cine probablemente amen y pasen horas analizando. Pero para el espectador promedio, la película nunca logra tener mucho impacto” (David Nusair, reelfilm.com)

“Hopper es fascinante en este papel alegremente pervertido, pero me parece que no habría funcionado tan bien si Rossellini no hubiera hecho de su contraparte. La parte engañosa y suversiva de su personaje es que, mientras ella es, en teoría, la víctima, se puede ver que parte de ella lo disfruta. Hay una increíble desnudez en su actuación: una sensación de que, a diferencia de Jeff, su Dorothy ha llegado a un punto en el que ella se deja llevar y se abandona a sí misma a sus impulsos”. (Kevin Laforest, montrealfilmjournal.com)

“Un filme inquietante que retrata la doble moral tras el Sueño Americano a través de imágenes cinematográficas arrebatadoras, a un mismo tiempo surreales y realistas: (…) El hecho de que nosotros tenemos que, de alguna manera, buscar un camino en este mundo extraño es lo que hace a Terciopelo Azul una experiencia tan desestabilizadora y memorable” (Fredric y Mary Ann Brussat, spiritualityandpractice.com)

“Rossellini se compromete enteramente, pero Lynch se distancia de la terrible experiencia con sus comentarios astutos y sus pequeñas bromas ingeniosas. De alguna manera, su comportamiento es más sádico que el del personaje de Hopper. ¿Qué es peor: abofetear a alguien o verlo desde lejos y que a uno le parezca gracioso?” (Roger Ebert, rogerebert.com)

“Olvidemos por un momento que MacLachlan es el alter-ego de Lynch dentro de la película. Él está menos preocupado en autorreferenciarse que en mostrar el oscuro túnel entre la juventud y la hombría. (…) Las muchas habitaciones de Terciopelo Azul son fascinantemente representativas de humores internos: el blanco virginal de la casa de Sandy; los azules estridentes y los rosados vaginales del apartamento kitsch de Dorothy; y la apariencia abarrotada y hogareña de la casa Beaumont. (…) Lynch parece sugerir que el amor es tan potente en el mundo fetichista de Frank como en el mundo feliz de Sandy. Incluso cuando los petirrojos vuelven a Lumberton, Lynch obliga a sus personajes a reconocer el lado grotesco de sus maneras idílicas de ver el mundo” (Ed Gonzalez, slantmagazine.com)

Terciopelo Azul (…) se mantiene como una eterna controversia, y es una visión que demanda atención, si no elogio. Críticas de la película han empleado descripciones básicas usando palabras como “impactante”, “controversial” o “morboso” (todas usadas inevitablemente en esta columna). Tan pocas veces estos términos son, aunque justificados, groseramente inadecuados” (Rumsey Taylor, notcoming.com)

La altura de los sueños (Terciopelo Azul)

Jeffrey: Estoy viendo algo que siempre estuvo escondido. Estoy involucrado en un misterio, estoy en medio de un misterio. Y todo es un secreto.
Sandy: ¿Te gustan tanto los misterios?
Jeffrey: Sí. Tú eres un misterio.

Uno a veces se pierde en misterios. También los creamos, los acechamos, los destruimos y los volvemos a crear. A veces éstos sólo vienen de la mano de Dios (o de varios dioses, según los gustos y creencias). Pero hay una cosa que envuelve al misterio de temor: el secreto, esa cosa amorfa que viste de gala de noche todo lo inasible. Lynch, a través de sus películas, nos cuenta secretos al oído, velando detrás uno o varios misterios. Todo según las sensibilidades del espectador.

En Terciopelo Azul, Lynch comienza la trayectoria de su estética del mundo extraño. Mas este mundo lyncheano no es sólo la otra cara de la moneda del mundo que vemos todos los días, no es la tolerante otredad al que no pocos hemos atisbado de asomarnos: son los sueños, esa otra realidad de la cual el cineasta norteamericano acuña para entrelazar vasos comunicantes. Lo onírico dentro de toda la obra fílmica posterior a Terciopelo Azul no es baladí, pero esta otra moneda se vuelve harto misteriosa, conlleva un secreto. Así, la escena en que Sandy cuenta el sueño de los petirrojos es la otra historia, secreta, que funciona como motor dentro de la película. El final, un tanto irónico en las líneas de la estética lyncheana, acusa recibo la altura del sueño de nuestra protagonista.

Claro, tenemos a un enfermo (y peligroso) Frank, que con su vouyearista e inescrupuloso complejo de Edipo recargado hacia la figura de Dorothy, exacerba sus deseos de (sexo) terciopelo azul. La banda sonora del film es sugerida por Frank, un tipo que parece ser del que te encuentras en las jefaturas y los rincones ciegos de Sabana Grande, quien a punta de Roy Orbinson e Isabella Rossellini descarga una órbita de violencia moderada por el ojo de Lynch, ya que la sangre es sólo un decoro de la tragedia que se adviene al final de la trama. Y ni hablar de Jeffrey, de quien no podemos decir si es realmente un pervertido o un detective.

La verdad es que sí, a veces somos un poco Jeffrey, un poco Sandy, un poco Dorothy, y (¿por qué no, eh?) a veces Frank, porque como dice Bréton en su Manifiesto Surrealista: “Tanta fe se tiene en la vida, en la vida en su aspecto más precario, en la vida real, naturalmente, que la fe acaba por desaparecer”. Por eso y desde ahí Lynch nos propone su estética, que termina siendo una ética de fondo: en nuestras vidas siempre hay que caminar entre misterios, pero desde la altura de los sueños.

"El mundo es extraño", crítica de Terciopelo Azul- Semana III.

En las películas de David Lynch hay siempre un desajuste moral, una especie de disonancia que, en casos extremos, obsequia al espectador avezado con un espectáculo grandioso de perversión, de retorcimiento, pero Lynch nunca cae en lo chabacano, jamás se permite la licenciosa gratuidad de consentir frivolidades, sentimientos de naturaleza plana: todo en él propende a lo convulso, todo se escora estruendosamente a la anomalía. Ahí reside su singularidad y su voz incuestionable en el cine de los últimos casi treinta años.

Su periplo como director es un viaje azaroso a lo tenebroso del alma humana, un recorrido minucioso por el vicio, por el pecado, por la soledad y por la angustia: como un Tom Waits que se acodara en la barra de un bar y cantara/contara las broncas del cuerpo, los espasmos del alma y las tinieblas del corazón.

Nadie como Lynch para transmitir ambientes, sensaciones, colores: “El mundo es extraño”, dice un personaje de Terciopelo Azul y no se nos va de la cabeza la oreja cortada en el césped, como premonición de lo que va a continuar, todo ese desfile de personajes al borde de la locura o locos en posesión de una conciencia exacta de su desatino.
Siempre que Lynch tenga control sobre el proceso final de su trabajo, hay que esperar productos de mucha altura o de mucha hondura, cine auténtico, visceral, entregado desde su vértigo. Eso pasó con Terciopelo Azul.

Lynch venía de hacer Dune, que fue un desastre enorme. Dino de Laurentiis, el productor, juró no volver a contar con un alucinado, según dijo en prensa y David juró no contar con un hombre de miras tan cortas, aunque probablemente ninguno de los dos se expresó con esta dulzura semántica. Todo fue mentira: volvieron a verse en esta cinta y el productor decidió asumir su error en Dune y dar al director carta blanca para hacer la película que quisiese. Afortunadamente.

Una cámara sinuosa recorre el confort de una calle de viviendas familiares. Estamos en Lumbort, un pueblo maderero que parece pintado para que Lynch lo refunda con su paleta de colores. Todo es seguridad, plácida seguridad. La oreja humana en la hierba del jardín, al tiempo que Bobby Vinton desgrana la inmortal Blue velvet, nos devuelve al cerebro de Lynch, a su iconografía rupturista, a su pacto con lo retorcido. Un anciano tiene lo que parece un infarto: la obstrucción de su manguera es el colapso de su corazón en una toma genial de concisión gráfica.

Jeffrey ( Kyle MacLachlan ) comienza aquí a penetrar en el infierno mismo. Él será el conductor de ese infierno compartido que hace que su mundo perfecto de novia estable ( la aquí estupenda Laura Dern ) se tambalee al entrar en un mundo canalla de sadomasoquismo, cabaret y luz de puticlub que encarnan Dorothy Vallens ( Isabella Rossellini ) y Frank Booth ( Dennis Hopper ), cantante de club y enloquecido traficante de drogas, respectivamente. Jeffrey es el voyeur asombrado de lo que, pero incapaz de mirar hacia otro lado. Su ojo es el nuestro: su asombro, el nuestro. Jeffrey, sin quererlo del todo, se inviste de investigador de lo real: escruta lo visible para encontrar lo cercenado, las orejas en la hierba, lo que no debe estar, pero aparece.

El tono enfermizo del color, el arriesgado uso de la música, que en todo momento dirige la escala de sentimientos que van adquiriendo, conforme la oscura trama avanza, todos los protagonistas. Luego Tarantino o Scorsese han usado con igual talento el score, la banda sonora, pero aquí el manejo de las canciones es magistral.

Lo que cuenta Terciopelo Azul es la máscara de la América idílica, su fracaso, el endulzado envoltorio y la bilis fluyendo como un veneno debajo, aunque Lynch nos da una lección inmejorable de cómo contar una historia ( un secuestro, digamos ) y asumir, como espectadores embaucados, que la historia no podía haber sido contada de otra manera. Eso creo yo que es la magia de un director. Y Lynch lo es ( al menos aquí ) en grado muy sumo.
Y tiene uno de los mejores finales que yo haya visto: un regreso brusco al lugar de donde partimos, una negación tremenda de todo lo que hemos visto.

(…) Y los pájaros trinan y el mundo sigue girando a pesar de que hemos asistido a una sesión golfa de maligna belleza. El mundo es extraño.

Emilio Calvo de Mora