Kubrick: 2001: una odisea del espacio (1968)

Danza de monos y humanos
concierto del universo
en un solo movimiento
de evolución
Un corte tan sencillo asoma el abismo de posibilidades en la historia de la humanidad: el hueso dando vueltas en el aire, la nave danzando por el espacio; una herramienta de supervivencia evoluciona hasta convertirse en un transporte de expedición; la función de defensa de un hueso es la función de hábitat de una nave espacial; en el instinto por la utilidad de las cosas se esconde el nacimiento (¿y el ocaso?) de la humanidad: detrás de cada descubrimiento hay un instinto de destrucción.

Un viaje parsimonioso, que el ojo se detenga en los detalles, que el ojo se impregne de los colores y el oído de la música, que la mirada quede hipnotizada de esta armonía entre diálogos y escenas fijas, entre silencios y danzas, entre los ojos del hombre y el ojo de la máquina, uno tan inquisitivo como otra.

Cada imagen habla a través de la grandilocuencia de la sencillez. El descubrimiento del hueso como herramienta que hace uno de los monos me estremece como si la trascendencia de este hecho estuviese en este cielo nublado al fondo. La danza de las naves y de los tripulantes me mantienen en vilo: será la rutina para ellos, pero sus costumbres, sus caminatas y sus movimientos por la nave son otro ritmo para mí. El feto viendo hacia la Tierra me agua los ojos como si el ser humano más pequeño fuese el descubrimiento más enigmático hecho por la Tierra.
En 2001: una odisea del espacio, el universo es la composición de una orquesta para redimensionar la mirada del ser humano, no desde la historia, sino desde la imagen. Cada herramienta humana, técnica y tecnología, recupera su carácter enigmático a través de la grandeza de la evolución en su estado más puro y primitivo: a través de una danza de imágenes y música, recorremos la humanidad desde cinco lugares fundamentales: el desierto (el comienzo de todo en la tierra), la nave (la tecnología), el espacio sideral (todo tiempo antes de la tierra), Júpiter (la imaginación) y la casa (sobre todo, la habitación): desde lo más externo a lo más interno, la humanidad se va enconchando, se va volviendo feto: es en esta evolución de lo habitable que puede voltear su mirada hacia la Tierra. El monolito alinea las imágenes de un viaje. No se trata de instrospección, ni respuestas, ni aprendizaje, ni reflexión, sino la expedición del universo como descubrimiento de lo que nos hace humanos:
imágenes de armonía entre la naturaleza, enigma del universo, y el hombre, mirada de la naturaleza. 

Kubrick: Dr. Strangelove Or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964)

Dr. Strangelove o Cómo Aprendí a Dejar de Preocuparme y Amar la Bomba presenta la misión de una orden que hay que acatar: lanzar una bomba en Rusia. El ritmo de la película es la ejecución de esta orden, atentos a cada paso a seguir, directa hacia al objetivo.

Dr. Strangelove nos seduce con su gracia. Estamos ante una misión de guerra, pero las carcajadas que nos producen sus alusiones nos distraen, nos meten en sus peleas, en la intimidad de una oficina, en la cordura dentro del salón de guerra y en la eficiencia un tanto accidentada de un avión de bombardeo. Nos distraen hasta que nos lanzan al clímax, ya no de los fluidos corporales que tanto alborotan la risa y la angustia, sino de la bomba de guerra.

En la película, las palabras nos distraen, mientras las imágenes nos dirigen al objetivo de guerra. Los nombres, los diálogos, los malentedidos; el humor nos hace buscar la sátira, el comentario agudo, llega la reflexión de inmediato, pero ya nos hemos fascinado con los malabares de Peter Sellers entre los sustos de Lionel Mandrake, la anhelada cordura del presidente Merkin Muffley y los planes del doctor Strangelove. Son malabares, entre sutilezas de la mirada y arranques de la postura, porque cada personaje tiene una apariencia y una energía distintas, pero Peter le encuentra la gracia a cada uno. Así, ya nos han preparado. Recibimos la bomba con la risa del que la está montando (¿como el vaquero que parece o como el macho que es?) y si la voz de Vera Lynn cantando “We’ll Meet Again” nos hace sentir cierto sabor amargo, ya es tarde, demasiado tarde: la despedida se ha hecho y el hongo del estallido se expande. Nos han jodido mientras todavía nos reíamos del chiste: los errores nunca llegan tarde, al contrario de las soluciones.

Si Dr. Strangelove fuese una sátira, sería una sátira del hombre: desatarnos la risa, dividirnos por dentro con la ironía mientras nos seduce con su tono lascivo. Pero es una bomba programada directamente hacia nuestra inteligencia.

Kubrick: Senderos de Gloria (1957)

Senderos de Gloria arma una política de la guerra. Seguimos a los coroneles en sus discusiones como si fueran estrategas desplegando sus planes de ataque. Seguimos a los soldados en la batalla como si fuesen ratas indefensas huyendo. Seguimos a estos hombres impartiendo y recibiendo órdenes, pero sin organización más que la violencia por imponerse los primeros y por salvarse, los segundos.

Entre esos planes de ataque (los de los generales, pero también el del coronel Dax para el juicio) y estas huidas (tantas que hay en la película: la del teniente durante la patrulla nocturna, la de los soldados en batalla, la del general para volver a sus invitados y evadir la denuncia del coronel Dax, la del general Mireau cuando es descubierta por el general Broulard su orden de disparar a sus soldados), se descubre que los cargos en una guerra son meras máscaras de poder, nunca suficientes para cubrir
esta terquedad,
esta crueldad,
esta fragilidad,
esta humanidad; estas que sentimos oprimiéndonos de angustia y de rabia cuando se lleva a cabo la ejecución o cuando el coronel justifica la muerte como fuente de aprendizaje e inspiración para las tropas (“nada más estimulante que ver a alguien morir”).

Tal vez sea por este sinsabor, poco a poco haciéndose amargura, provocado por la actitud de los generales, que el final de los soldados confraternándose con el canto de la alemana me parezca casi meloso, incluso brusco. Han pasado tan eufóricamente de la burla a la sensibilidad que la situación termina dejando una impresión de condescendencia, ya no de franqueza.

Director del mes (y ½): Stanley Kubrick

26 de Julio, 1928 (Nueva York, Estados Unidos) – 7 de Marzo, 1999 (Harpenden, Reino Unido)
Trabajó desde 1951, con un documental corto, hasta 1999 con Ojos Bien Cerrados.
Filmó dieciséis películas, trece de ellos fueron largometrajes.
Nosotros veremos Senderos de Gloria (1957), Dr. Strangelove/Teléfono Rojo (1964), 2001: una odisea del espacio (1968) y La Naranja Mecánica.(1971).