La altura de los sueños (Terciopelo Azul)

Jeffrey: Estoy viendo algo que siempre estuvo escondido. Estoy involucrado en un misterio, estoy en medio de un misterio. Y todo es un secreto.
Sandy: ¿Te gustan tanto los misterios?
Jeffrey: Sí. Tú eres un misterio.

Uno a veces se pierde en misterios. También los creamos, los acechamos, los destruimos y los volvemos a crear. A veces éstos sólo vienen de la mano de Dios (o de varios dioses, según los gustos y creencias). Pero hay una cosa que envuelve al misterio de temor: el secreto, esa cosa amorfa que viste de gala de noche todo lo inasible. Lynch, a través de sus películas, nos cuenta secretos al oído, velando detrás uno o varios misterios. Todo según las sensibilidades del espectador.

En Terciopelo Azul, Lynch comienza la trayectoria de su estética del mundo extraño. Mas este mundo lyncheano no es sólo la otra cara de la moneda del mundo que vemos todos los días, no es la tolerante otredad al que no pocos hemos atisbado de asomarnos: son los sueños, esa otra realidad de la cual el cineasta norteamericano acuña para entrelazar vasos comunicantes. Lo onírico dentro de toda la obra fílmica posterior a Terciopelo Azul no es baladí, pero esta otra moneda se vuelve harto misteriosa, conlleva un secreto. Así, la escena en que Sandy cuenta el sueño de los petirrojos es la otra historia, secreta, que funciona como motor dentro de la película. El final, un tanto irónico en las líneas de la estética lyncheana, acusa recibo la altura del sueño de nuestra protagonista.

Claro, tenemos a un enfermo (y peligroso) Frank, que con su vouyearista e inescrupuloso complejo de Edipo recargado hacia la figura de Dorothy, exacerba sus deseos de (sexo) terciopelo azul. La banda sonora del film es sugerida por Frank, un tipo que parece ser del que te encuentras en las jefaturas y los rincones ciegos de Sabana Grande, quien a punta de Roy Orbinson e Isabella Rossellini descarga una órbita de violencia moderada por el ojo de Lynch, ya que la sangre es sólo un decoro de la tragedia que se adviene al final de la trama. Y ni hablar de Jeffrey, de quien no podemos decir si es realmente un pervertido o un detective.

La verdad es que sí, a veces somos un poco Jeffrey, un poco Sandy, un poco Dorothy, y (¿por qué no, eh?) a veces Frank, porque como dice Bréton en su Manifiesto Surrealista: “Tanta fe se tiene en la vida, en la vida en su aspecto más precario, en la vida real, naturalmente, que la fe acaba por desaparecer”. Por eso y desde ahí Lynch nos propone su estética, que termina siendo una ética de fondo: en nuestras vidas siempre hay que caminar entre misterios, pero desde la altura de los sueños.

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