Bashú: Comunicación, inocencia y naturaleza


Si tuviera que reducir la película a una imagen, sería la de Bashú en cuclillas tapándose las orejas con las manos, aterrado por el sonido de la guerra, que no es otro que el sonido de la muerte y de su propia desgracia. Creo que ese miedo fue muy bien logrado y que su valor no es tanto documental como humano: el valor de recrear el terror de un niño ante la guerra –cualquier guerra-, la incomprensión y la violencia.
Bashú, el pequeño extranjero es una película ideal para hablar de comunicación porque pone de relieve diferentes formas de relacionarnos, entre pueblos, entre hermanos y familiares, entre comunidades, con animales y árboles. ¿A través de qué medios? De bombas, lengua oral, escrita, gestual, alaridos, imitaciones de graznidos, música, puertas cerradas, ofensas, golpes, medicinas, caricias.
A mí me gustó mucho la película por la cercanía de la polvareda amarillenta, los matorrales, la maleza, la aridez y las gallinas y, especialmente, por la tierna inocencia de Bashú y esa modesta familia que lo acoge.
No deja de ser interesante la forma en que la comunidad intenta expulsar de su seno al niño por ser el otro, el diferente, el extranjero. “¿Y si trae la peste?”. Claro, ¿quién puede traer la peste si no es el niño negrito y abandonado? Sin embargo, Naii, la buena madre –figura algo arquetipal-, quien también siente recelo al comienzo, lo protege y lo salva, con ayuda de las propias fuerzas integradoras (o adaptativas) del niño.
Pero el tema de la intolerancia, a mi modo de ver, no parece sino el telón de fondo de algo más sencillo y por lo tanto más bello: la naturaleza. La película nos muestra cómo nos relacionamos las criaturas de la tierra, y también cómo la noción sociológica de la familia consanguínea es insuficiente cuando entre sus miembros hay compasión, amor, gratitud. Todos somos parte de la tierra, también los espectros, las ventoleras y las bestias. Y esa interconexión está en el cosmos de Bashú en el cual el ave responde en pleno vuelo a los graznidos de una mujer, y un árbol crece mejor si un niño le lleva música.
Hacia el final, con la llegada del padre, la película roza el lugar común, pero al menos a mí no deja de conmoverme ¡y lo agradezco!