Lágrimas con sabor a gazpacho

de Alejandro Calvo
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Es curioso que se considere este film de Almodóvar como el más importante de su primera etapa como cineasta, una especie de plenitud artística confirmada por los premios y la crítica nacional e internacional, siendo como es Mujeres al borde de un ataque de nervios, posiblemente su obra más costumbrista, además de ser una comedia mucho más amoldada a un estilo clásico heredero de Gregory La Cava y George Cukor, que sus primeras y más radicales películas, donde igual se juntaba lo escatológico de John Waters con los conflictos dramáticos de Douglas Sirk y la mirada epidérmica de Rainer Werner Fassbinder. Esta magnífica comedia con más sabor a mambo que a bolero, ayudó al realizador manchego a afianzar una estética que se alejaba del pop de sus primeras obras hacia un kitsch encadenado a lo geométrico, que con el tiempo, ha llevado a Almodóvar a ser uno de los realizadores con más fuerza plástica en su puesta en escena, como bien reflejan La flor de mi secreto (1995) y Hable con ella (2001). Esta sobriedad asumida por el realizador, hace de Mujeres… una obra peculiar en su filmografía, ya que por primera vez sus personajes, igualmente de desesperados y esquizofrénicos que los de toda su carrera, se alejen del lado más sórdido de la sociedad –de los punks de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) a los curas pederastas de La mala educación (2004), pasando por todo un catálogo de monjas heroinómanas, toreros asesinos y enfermeros violadores– para ser un conjunto intimista de personas corrientes, unidas todas, por el abandono del mismo hombre.

Pedro Almodóvar sin embargo, había tocado techo hacia ya unos años con la que fue su gran obra maestra en su primera etapa: La ley del deseo (1987) es sin duda la mejor obra de este autor, un hombre que a partir de Mujeres… y hasta La flor de mi secreto, pareció estancarse en un mismo estado de personajes, destinados a revivir las tragedias de los protagonistas de La ley del deseo, ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) o Matador (1986). Mujeres… así representaba un punto y aparte más a nivel moral que a nivel estético. Almodóvar empezaba a tomar conciencia de su envidiable posición en el panorama cinematográfico internacional, a sabiendas, de que una obra tan cuidada cómo intimista, había sido la pieza clave. Es por ello que las mejores obras del último Almodóvar, Todo sobre mi madre (1999) y Hable con ella, planteen con suma inteligencia lo mejor del melodrama de La ley del deseo con el refuerzo estético de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Es en esta variante de la movida madrileña a la comedia madrileña donde Almodóvar sabe encontrar su posición a medio camino de una y otra, implantando su carácter de autor con tanta pasión como rabia, durante el suficiente tiempo como para confeccionar su comedia más lograda, y a la postre, prácticamente su última comedia significativa, tras el fracaso de crítica y público con la despistada Kika (1993).

La producción de Mujeres… fue curiosamente fortuita, no así sus logros artísticos, al encontrarse Almodóvar incapaz de tirar hacia delante el proyecto que más tarde sería la desganada Tacones lejanos (1991), y nace además como una continuación del fragmento representado en La ley del deseo a propósito de la obra de Cocteau La voz humana -sin duda, uno de los mejores momentos de la película-. Almodóvar coge el personaje de Pepa, una perfecta Carmen Maura en su última colaboración con el manchego, y lo sitúa en lucha continua con el teléfono y el contestador automático –en palabras de Almodóvar: «Yo creo que en realidad me ha salido una película contra el teléfono. Como he trabajado en Telefónica y odio el teléfono, creo que es algo así como un arreglo de cuentas con ellos. Al final, la protagonista dice que empieza una nueva vida y que en esa nueva vida el teléfono no tendrá cabida» (1)–, ampliando lo que en un principio es un monólogo, en una historia tragicómica –aún hay quien piensa que Mujeres… es una comedia disparatada– donde se encuentran todos los personajes de la película, siendo la única línea exterior al conflicto la que viene marcada por el personaje de Candela, que se une al grupo debido a su relación con unos terroristas chiítas. La película discurre vertiginosa a medida que se desarrolla un conflicto que Almodóvar plantea con precisión en los primeros diez minutos de la obra: basta ver el momento del doblaje de Johnny Guitar (Ídem, 1953. Nicholas Ray) rodado en un travelling cenital siguiendo la luz del proyector hasta llegar a Pepa que cae desmayada, para entender la raíz de todo el conflicto. Los derroteros de la que es posiblemente su obra más teatral –léase en su aspecto positivo– junto a ¡Átame! (1990), ambas obras transcurren al 90% en el interior de un piso, mezcla con cariño y con una total ausencia de tragedia a todos los personajes, a los que el realizador les concede la posibilidad de ser felices pese a que entienden la vida como un camino de sufrimiento.

Ángel Quintana planteó en una clase sobre Historia de la crítica cinematográfica el hecho de que Almodóvar cierra siempre demasiado bien todas las historias de los personajes, y esto, a modo personal, le molestaba al crítico, que prefería el hecho de que se introdujera algo de azar e imprecisión en las conclusiones. Aunque no esté del todo de acuerdo con la apetencia, reconozco que dicha precisión, es muy acertada en lo que a los férreos guiones de Almodóvar se refiere, con una excepción, eso sí: Mujeres… es una de las pocas obras que abre puertas que luego se ignora si van a poder llegar a cerrar. La secuencia final con una casa llena de gente drogada a base de gazpacho con somníferos, por fin Pepa, logra conciliar el sueño que durante dos días la tensión y el sufrimiento le ha negado. Un final feliz, es cierto, sin embargo deja las suficientes preguntas sin responder como para que el lúcido autor de Fábulas de lo visible esté satisfecho.

(1) Declaraciones de Pedro Almodóvar extraídas de Nuria VIDAL El cine de Pedro Almodóvar. Instituto de Cinematografía y las Artes Audiovisuales. Ministerio de cultura. Madrid, 1988. 1ªEd.

Críticas de Mujeres al borde de un ataque de nervios

Críticas:
“La paleta de colores de la película es como un maquillaje, y la narrativa tiene este mismo espíritu, con toques de humor que cubren o interrumpen el dolor de de la heroína” (Douglas Pratt, DVDLaser)

“Una exuberante comedia de costumbres embriagada de su propio melodrama descabellado” (Nick Schager, Lessons of Dsrkness)

“Esto es política sexual sin dolor, una comedia endemoniada y llena de espinas y dolor y de los rosados brillantes de la capa de un matador” (Rita Kempley, Washington Post)

“En esta woman’s picture estilizada como una película de Minnelli o de Sirk, surreal como un cómic underground, donde una mujer abandonada se convierte en áncora, guía y salvación de casi un regimiento de otras mujeres abandonadas -que interpretan actrices impecables, con la cada vez más magistral Carmen Maura al frente- consigue Almodóvar varias cosas que no son frecuentes, ni en nuestro cine, ni en otros. Que las situaciones más disparatadas se acepten como la cosa más natural del mundo. Que los acontecimientos más previsibles cobren de pronto un derrotero excéntrico, que descoloca las expectativas del espectador. Que las escenas más manidas a primera vista se hagan de pronto originales gracias a una frase aguda, un gesto inesperado, un toque ingenioso” (Hosé Luis Guarner, Fotogramas).

El color y la voz, relojes del despecho


“Él me podrá engañar con todo, menos con la voz” (Pepa)

ROJO. Si amar es enloquecer, ¿qué queda para el despecho?
Cada color en “Mujeres al borde de un ataque de nervios” es un grito: de dolor, de llamar la atención, de despecho, de locura, de arrebato. Los accesorios de los personajes y de sus vidas muestran una paleta visual y auditiva, primitiva casi, sobre los deseos, los secretos y las frustraciones de cada uno de ellos. Cada color engatusa, no por lo abigarrado dentro de la escena, sino porque paulatinamente convierte al personaje en un adorno más del decorado.

BLANCO. Si la música nos pone en ambiente, la voz desnuda cualquier mentira.
Ninguna voz parece estar sincronizada. ¿Acaso Lola e Iván están doblando, en tiempos dispares, unos sentimientos que ya el cine ha desdoblado? ¿Somos seres desdoblados o doblegados por el cine -por lo que está sólo virtualmente, a medias- o son Iván y Lola los incomunicados -donde lo común es un teléfono, una grabadora, en fin, una máquina y no la presencia del otro-? Dudas, preguntas que tiemblan entre el desasosiego y la lucidez.

AZUL. Control, franqueza, calma: sensatez de que, ahora en adelante, lo que viene es dolor. Si todas estas mujeres están locas, Lola es la que asume su locura con más desenfado.

Los colores y las voces de la película dan pistas de un ritmo y de una composición alborotados por el humor y por la incertidumbre que terminan resonando como el melodrama al que se van abandonando los personajes. Este no es el melodrama de la compasión a través del llanto, sino de la risa desesperada, del leve gusto que se le agarra a lo que duele tanto. Por esto, la gama de rojos intensos, de blancos pasteles, de azul marino armonizan entre las voces desincronizadas, como si la armonía se lograra a fuerza de esas voces que de tanto intentar ser escuchadas, terminan hundiéndose en la ridiculez y en el placer de su propio patetismo. Así, el ritmo se hace de acelerar, de volver casi histérico, un dolor que viene más temprano que tarde, de desatar los nervios no del susto sino de la risa a través de casualidades y errores.

Por último, el GAZPACHO: ese suspenso morboso con el que Pepa (con qué magia Carmen Maura engatusa con sus ojos y su voz) menciona los ingredientes, dejando tiempo para el temor y la risa, delatando con su voz lo que las palabras no dicen, quedando a solas con una versión más desquiciada y de mal gusto de ella misma, Lucía, y la que ha descubierto su “receta”. El gazpacho es la mezcla de sabores, colores, emociones y voces que acerca a estas mujeres a lo criminal e hilarante de su despecho.

Mujeres al borde de un ataque de nervios


“Mintiendo que bien te queda el papel, después

de todo parece que esa es tu forma de ser.
Yo confiaba ciegamente en la fiebre de tus besos,
mentiste serenamente y el telón cayó por eso”

(Puro Teatro. La Lupe)

Dos canciones, una ranchera y un bolero abren y cierran la película. Lola Beltrán y La Lupe cantoras de los más tristes despechos otorgan la atmósfera propicia para contar el desamor, el engaño y la soledad que llevan a un grupo de mujeres al borde de un ataque de nervios.
La trama es sencilla, aderezada de símbolos, de rojo y amarillo, encuadres y primeros planos que nos transportan a la esfera interior humana. Desamparo y tristeza, emociones que se desencadenan a partir de una ruptura, sentimientos padecidos tanto por hombres como por mujeres.

Este tema no parece propicio cuando nos hayamos en vísperas de la celebración del “Día de San Valentín” pero el desamor de Pepa es solo un antónimo relativo de sus reales sentimientos hacía Ivan, un hombre que bien puede llamarse Juan, Luis, Federico, que como dijo Carmen Maura en la película “Es más fácil conocer una moto profundamente pero a un hombre jamás”. Los terroristas chiítas, Ivan y su hijo son proclives a decir mentiras y las mujeres a creer.
Pepa, Candela y Lucía son personajes inestables, reales y enigmáticos, se pierden entre nuestros pensamientos y recuerdos, nos llevan con ellas a un espacio que nos negamos a ver y reconocer en nosotros. Ese espacio al que me refiero es el mundo interior, específicamente a la parte que alberga en un rincón apartado las imágenes y los momentos no felices, los relacionados con la muerte, amores no cristalizados y metas frustradas. Lugar donde se sienten con más valor: la soledad, el silencio, el sentido de la naturaleza y, por encima de todo la muerte.
” Mujeres al borde de un ataque de nervios” conforma la arena de muchos conflictos del ser humano, que al fusionarse muestran: la vulnerabilidad, la inestabilidad, la soledad y la aspiración del humano a la libertad y al amor que lo construye y define, ya que juntos conforman la esencia de la humanidad. Su logro es más importante que todos las demás conquistas; perderlos significa derrota definitiva.

Almodóvar. Semana II.

“Me imagino que todas las películas que he hecho son en cierto modo mis novelas. Cuando escribo, trato de implicar a los técnicos y a los actores en mi historia, algo que considero vital debido a mi necesidad de ser comprendido. Los actores tienen que disponer de esa información. Tienen el “plus” de sus cuerpos y su expresión, pero yo soy el vigilante, el vigilante del desarrollo de su trabajo. Es un juego en el que existen unas reglas que tanto ellos como yo debemos respetar. [Los actores] tienen que confiar plenamente en que mis ojos serán el mejor espeojo, y el único, en el que podrán mirarse y que esos ojos no sólo no les traicionarán nunca, sino que serán en todo momento sus mejores aliados”.

Ficha Técnica de Mujeres al borde de un ataque de nervios- Primera semana.

Director y guionista: Pedro Almodóvar.
Elenco: Carmen Maura (Pepa), Antonio Banderas (Carlos), Julieta Serrano (Lucía), María Barranco (Candela), Rossy de Palma (Marisa).
Productores: Agustín y Pedro Almodóvar, Antonio Llorens.
Año: 1988.
País: España.
Música: Bernardo Bonezzi.
Edición: José Salcedo.
Cinematografía: José Luis Alcaine.
Vestuario: José María de Cossío.
Producción Artística y Decorados: Emilio Cañuelo y Félix Murcia.