Puesto #5 de nuestras películas favoritas de 2010

Happy-Go-Lucky o “La Dulce Vida” (Mike Leigh, 2008)
Elenco: Sally Hawkins, Eddie Marsan
Happy-Go-Lucky es un retrato agudo de la alegría y, a ratos, de la felicidad. Fascina su capacidad para transmitir la energía de Poppy, mientras incomoda la carga apabullante que puede tener su personalidad sobre otros y también sobre nosotros (todavía resuena en mí esta escena de ella compartiendo con el mendigo, como si se obligara a ella misma a interactuar con él). La de Poppy no es la alegría del engañado, sino de quien está constantemente jugando con las posibilidades que brinda el día en cada una de sus circunstancias. En esto, Sally Hawkins aprovecha la tontería tanto como el encanto, y así como le brinda frescura a Poppy, también le añade otros matices en otros momentos. La riqueza de la película reside en esta capacidad de ver la alegría más allá de un guiño o de un chiste, brindándole torpeza o firmeza al encanto, sin perder nunca de vista el enfoque. La película no hace de Poppy un personaje acartonado que nos quiere convencer de que la alegría es la manera de ser feliz. Más bien detalla los reveses del encanto de la alegría: la confusión con el instructor de manejo es una escena tan incómoda y brusca que su violencia desconcierta, así como sus chistes y su goofiness (¿gafedad? Suena muy a insulto ¿tontería? Demasiado despreocupado ¿payasería? Peyorativo ¿ligereza?) entre sus amigos nos hace sonreír, o su firmeza y preocupación con el niño que le pega a un compañero. En el fondo, ella hace de esta liviandad una manera de ver las cosas, es casi un contagio de ánimos, pero no una imposición para abordar todo en su vida. En ella se siente la naturaleza de la alegría, hecha de curiosidad y de chispazos, y en la escritura y la mirada de Leigh surge el movimiento de la felicidad, siempre en curva, casi errático, espasmódico cuando nos golpea, pero constante en su carácter enérgico (Eduardo).
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