Otra vez el Círculo

   En el Círculo polar estaban las auroras boreales que persiguen los amantes. Allí podrían mirar con sus ojos nocturnos, como las zarigüeyas o como cualquiera de esos animales nobles que conocen el Otro Mundo;
  
   Ana se sentaría algunas tardes al borde de la Tierra, allí donde termina su planicie (y más allá, más allá no hay nada);

   Podrían tenderse en el azul como en una sábana oscura y escuchar los cuernos de los alces chocar unos contra otros;

   Alguna vez comer frutos negros y redondos;

   Caminar de la mano empolvándose los pies de esa arenilla fina que sólo hay en el Círculo;

   Tener las bocas y los corazones rojos;

   En fin, hacer todas las cosas que hacen los amantes.

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Variación sobre Los Amantes del Círculo Polar

de Graciela Yáñez Vicentini

      Otto le escribía una carta a Anna. Tenía que ser breve, no había espacio ni tiempo. Desde hacía siglos la esperaba dentro del círculo, siglos que se remontaban al principio de la misma humanidad. Pero sabía que el momento final se aproximaba y que, después de eso, no habría más casualidades, ni más azares favoreciendo a los amantes, ni más órbitas mordiéndose la cola para regresar al inicio. Después de esto, de la espera dentro del círculo final, sólo quedaba una posibilidad inminente: el fin.
     Tenía apenas una piedra y un cincel. Probó primero sobre la roca contra la que estaba recostado, para asegurarse del tamaño de la A, que sería la letra más importante en el mensaje. La trazó grande, con un ángulo tremendo: hermosa. Pero repasó la cantidad de veces que necesitaría esa A y supo que el espacio de la piedra no era lo suficientemente amplio. Así que probó otra vez. Luego de un par de intentos más, finalmente tuvo un momento de inspiración asombrosa: escribió una a que nunca nadie había utilizado, pero que le había visto en los ojos a Anna alguna vez.
       Escribió el recado sobre la piedra definitiva: anna aún te amo. Y alrededor trazó un círculo a manera de código, para que ella, al descifrarlo, supiera exactamente a dónde ir. Entonces se puso en pie, y lanzó la piedra hasta la otra mitad del mundo, donde sabía que el mensaje era ansiosamente esperado.
      Cuentan los habitantes del círculo polar que Anna nunca volvió. No se sabe si fue que nunca recibió la piedra de amor de Otto, o si una mala casualidad le impidió llegar al círculo. Nadie duda, sin embargo, de la eficacia del mensaje. Se especula más bien que haya muerto ahogada en el mar, ya en camino para reencontrarse con su amante; quizás hundida por el peso de la piedra con el mensaje de amor más irreversible que jamás recibiera de él. Ésta es la teoría más certera, porque, 365 días después del envío, Otto corrió al mar frente a la roca, gritando el nombre de Anna, y se ahogó.
      Prueba de aquel azar desafortunado que posiblemente inició el fin, queda en el círculo polar una roca con una línea sucesiva de letras A… que culmina, graciosamente, con la segunda a minúscula de la historia.
      La primera perteneció siempre a los ojos de anna.

Rojo, como la casualidad más grande

De Los Amantes del Círculo Polar me encanta la geografía rastreándose entre las cosas que ellos comparten. El amor se hilvana a través de pequeñas casualidades y desencuentros los cuales colocamos bajo nuestra lupa cuando el sentimiento nos vuelve atentos al otro. Una órbita de sonidos, nombres, lugares, objetos y gestos se inicia con estas casualidades. La pasividad latente del placer se transforma en juego. De aquí nacen los amantes, de los juegos bajo la cama (y la delicia del secreto nunca deja de ser un encanto), de los lugares conocidos entre los dos (estos que adquieren otro sabor cuando estamos acompañados, descubiertos por primera vez, aunque hayamos estado en ellos antes), de los gestos (tener un gesto, no sólo del cuerpo, sino el que parece extenderse desde la intención a través del cuerpo hasta cuajar en un detalle, un regalo), de las miradas  de las palabras   de los abrazos   de los labios     de nuestros nombres. Los Amantes… recuperan la fruición del secreto, del juego entre los que se aman y no exclusivamente entre los que se engañan (¿es esta la diferencia entre tener un/a amante y ser amante?).

Cada gesto proviene de un lugar de la mente que es un lugar del cuerpo. Y los amantes son los tejedores de casualidades entre sus cuerpos y los alrededores.

Sobre Los amantes del Círculo polar

   Ana dice que espera la casualidad de su vida. La más grande. Otto dice que su vida ha dado la vuelta apenas una vez, y no del todo. El sol se desplaza por el horizonte. Ambos buscan y esperan.
   Pero las casualidades -las mejores y las peores, sobre todo- vienen cuando quieren. Podemos presentirlas, adivinarlas acercándose, pero ellas tienen su camino y su cadencia.
   Otto y Ana son nombres capicúa: del catalán cap i cúa, cabeza y cola. Nombres que evocan los ciclos y las revoluciones. Nombres circulares que, según el padre de Ana, llenan de suerte la vida de su portador. Y si las casualidades son hijas de la suerte, entonces, sí, esa madre misteriosa maniobró -semicubierta, semidesnuda-, la vida de ella: casi siempre para unirla a Otto -hacerla su hermana, su amante, su madre- o, mejor dicho, para mantenerla cerca de él, a la distancia de un beso, con el corazón rojísimo, pero siempre a una distancia. Susurrando a lo lejos o en su oído ¡Valiente! ¡Valiente!; atravesando la nieve para rescatarlo; buscando, desesperada, su cuerpo desnudo en el armario vacío; esperando el tiempo que hiciera falta. Bailando los dos con las casualidades y siguiendo aquella en particular, que los esperaba en el Círculo polar. Allí donde en las noches de verano no se pone el sol. Allí donde un alce levantaría su cabeza coronada de ramas, y mirando fijo lanzaría un gemido decisivo. Allí donde un conductor pudo no haberse quedado sin gasolina.
   Cuál sería esa pregunta que escribió Otto en los aviones de papel, la pregunta de toda la vida. Acaso será esa que aguijonea al final, reflejada en los ojos de Ana que respira –aún- acostada en el asfalto.


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Ficha Técnica de Los Amantes del Círculo Polar

Voy a quedarme aquí todo el tiempo que haga falta. Estoy esperando la casualidad de mi vida, la más grande, y eso que las he tenido de muchas clases. Sí. Podría unir mi vida uniendo casualidades. La primera y la más importante, fue la peor…

Director y guionista: Julio Medem.
Elenco: Najwa Nimri (Ana joven), Sara Valiente (Ana niña), Fele Martínez (Otto joven), Peru Medem (Otto niño), Nancho Novo (Álvaro),  Maru Valdivieso (Olga).
Música: Alberto Iglesias.
Edición: Iván Aledo.
Fotografía: Gonzalo F. Berridi.
País: España.
Año: 1998.