Dreyer: La Pasión de Juana de Arco (1928)

Su rostro es nuestra única posibilidad de fe.

Sus ojos son el hilo conductor del juicio y de las emociones
hipnotizan
se aferran
dudan
interpelan
observan, generosos

conscientes de la nimiedad de un juicio
se alivian ante el mínimo gesto de piedad
susurran guarida diciendo madre
resuenan con cada sonrisa y cada lágrima
angustian cuando los esconde tras sus manos cerradas
porque su mirada es gesto de lo sagrado

Cualquier pregunta es bizantina ante su mirada
que nos desarma.
Pero sus respuestas le devuelven a la Iglesia
su engaño de intermediarios
de datos
de ropajes
de géneros
     trampas de la tradición
Siguiendo el juego de las expresiones populares, valdría decir que el rostro de María Falconetti es un poema. Lo es, ya no en el sentido peyorativo de la expresión, sino en la cercanía a creer que su mirada nos brinda. Los primeros planos de su rostro, contrapuestos con los rostros arrugados, intencionalmente caricaturizados y usualmente en grupo de los jueces, están llenos de intimidad. Son planos que, entre sombras, figuras y luz, resguardan calidez. Su rostro es un milagro de expresiones. A veces, incluso, su mirada parece poseída. Su rostro no es sólo una interpretación de la fe, compleja de emociones. Falconetti descarna y vuelve carne la creencia. Su mirada sobrepasa el sufrimiento y el sacrificio. Nunca parece víctima y esta es una de las razones por la cual deja una impresión, casi angustiosa, en el cuerpo. Vemos muy poco su cuerpo. Su rostro articula el corazón de las heridas, de las creencias, de los pensamientos. La fe es un acto íntimo, como lo es esta actuación.
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