"No sé si eres un detective o un pervertido". Terciopelo Azul: Semana I.

Terciopelo Azul es el revés de un cuento de hadas. Detrás de toda historia de amor, hay escondido algo de voyeurismo y de vicio; junto a la ingenuidad de los que viven de ilusiones, están la curiosidad y el sexo que seducen tales ilusiones; en fin, como en todo cuento de hadas, siempre se sabe que el final feliz (con petirrojos y demás) es un invento conocido a oídas, como si la historia de estos personajes estuviese resguardada en esa oreja que encontró Jeffrey Beaumont en la grama.

Al final, lo que más me impresiona de la película es la ambigüedad entre lo ingenuo y lo perverso, ese guiño de humor que no llega a parodiar la relación de Jeffrey y Sandy porque cuando lo hace, la química (y la música) entre los demás personajes nos ha seducido perversamente. La película provoca en mí una curiosidad que va más allá de seguir viendo: es seguir escuchando las manías de estos personajes (por la música, por el sexo…) y seguir descubriendo la investigación de este hombre que más que resolver el caso, desea involucrarse en él. Lynch, a través de esos colores brillantes y toda esa música envolvente, consigue en ese vecindario ideal y en los sueños de sus personajes principales, no las perversiones, ellas son las de menos, sino la curiosidad, aquella que hace indagar incluso en la apariencia de lo perfecto con la risa más inocente.