A propósito de Un eterno resplandor de una mente sin recuerdos

Recuerdo que antes de ver El eterno resplandor de una mente sin recuerdos tenía muchos prejuicios en torno a Jim Carrey y sus actuaciones dramáticas, lo catalogaba de “morisquetero” y nada más, como si yo fuese muy seria. Vi la película y me gustó, dejé a un lado mis juicios a priori, disfruté del argumento y de dos personajes sufrientes de eso que llaman amor.
  En aquel momento fue para mi una buena película, una buena historia, al igual que las actuaciones y nada más, no llegó a tocarme alguna fibra emocional o el punto de identificación de querer ser, o sentirse como. Dentro de la trama parecía verosímil que después de amar tanto podrías querer borrar todo recuerdo de un amor tan apasionado, desestimaba que eso podría pasar en la vida real,  al menos eso creía hasta el año 2012.
   Hace poco volví a ver la película en cuestión, lloré como una imbécil , decía “yo quiero hacer eso”, “quiero que me lo borren de la mente”, refiriéndome a aquel amor perdido y todo lo que conlleva, antes pensaba que jamás hubiese querido hacer algo así, porque siempre sobreviven las cosas buenas, los recuerdos, el amor, sin embargo cuando los recuerdos  se vuelven lacerantes sería grandioso restar, borrar de la mente de uno lo bueno, lo malo, todo, para no burlarse, para no sentir lástima, para no llorar.
   Al detallar la experiencia que tuve con esta película puedo afirmar que al cambiar mi sitio de enunciación mi opinión cambió, porque más allá de la crítica y la evaluación de un hecho ficcional somos seres humanos y por más que no queramos en gran medida emitimos nuestra opinión basándonos en la propia experiencia.
   Me pasó con Un eterno resplandor de una mente sin recuerdos lo que me sucedió con las primeras materias del área de Literatura y vida en la Escuela de Letras, las despreciaba porque simplemente no las comprendía, abordaba las lecturas y las clases desde los conceptos, más no desde la experiencia, porque no les encontraba sentido. Pasó el tiempo y me di cuenta que mi valoración hacia esta área de estudio dependía de una cuestión que corresponde a la esfera de la madurez, el entendimiento lúcido y la confrontación de mi propia ignorancia.
   Cuando vi por primera vez Un eterno resplandor… estaba contaminada de muchas concepciones, posturas que me no permitían disfrutar por completo de la experiencia cinematográfica, la vi cotejándola con otra cosa, evaluándola con la rigurosidad de una nota al pie de página.
    Luego me fui deslastrando de ciertas cosas, tuve en mi vida varías epifanías y comprendí viviendo lo que era una anagnórisis, le encuentro mayor sustancia a lo que dicen los poemas y aprecio la oportunidad de haber visto Literatura y vida y seminarios de simbología.
    Ahora otorgo oportunidades justas a lo que veo, a lo que leo, trato de confrontar lo que aprendí sobre el mundo ficcional, la verosimilud, la trama y la mimesis con lo que he vivido, con lo que me gusta y con lo que me doy licencia de creer.
     No quiere decir que todas las películas, libros y exposiciones que he presenciado hayan sido todas excelentes, experiencias de crecimiento espiritual o que encontré el sendero de la iluminación, simplemente me he dado la oportunidad de encontrar productos culturales de gran valor simbólico en sitios que antes me eran ajenos. Un eterno resplandor de una mente sin recuerdos fue la película que terminó de abrir la puerta para “aprender a ver” como decía Rilke.
  Gabriela Durán Arnaudes

Críticas de Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdos

“Una deconstrucción única del deseo innato del hombre por apartar la pena y el dolor” (Nick Schager)

“Adentrarse en un cine con Charlie Kaufman en la pantalla es como ofrecerse voluntariamente a ese viaje alocado que tomó Willy Wonka a través del túnel de la fábrica de chocolate” (Rob Gonsalves)

“Hollywood, en su mayoría, nos dice que tenemos todo lo que necesitamos dentro de nosotros. Esta película apunta que necesitamos del otro, incluso… cuando estar juntos interrumpa la felicidad” (Jeffrey Overstreet)

“Hace maravilla tras maravilla expresando la belleza apabullante y el horror existencial de estar atrapado dentro de la mente enrollada de uno mismo, y transformando en alegoría la amnesia propia de quien tiene un corazón roto, pero esperanzado” (Jessica Winter)

“… aliada con la idea Nitzscheana de que estamos condenados a ser nosotros mismos, que la ‘eterna recurrencia de lo mismo’ arrastra un golpe gravitacional en nuestro corazón” (Philip Martin)

“Suerte de historia de amor existencial al revés… un rayo blanco y caliente de extravagancia emocional” (Brent Simon)

“Hay poco encanto entre la pareja y casi ningún erotismo, sólo una serie de choques en conversaciones que pueden desquiciar a cualquiera” (Andrew Sarris)

“Una especie rara entre las historias de amor, una reflexión melancólica tanto de la cabeza como del corazón” ((Matt Brunson)

“La película perfecta sobre las inevitables imperfecciones del amor” (Ann Hornaday)

“Una de las películas más realistas en torno a la impresión impredecible que tienen nuestras experiencias sobre la idea que tenemos de nosotros mismos” (Loey Lockerby)

“Aunque salte a través de los aros desorientadores de la historia, Eterno Resplandor tiene un núcleo emocional que la hace funcionar” (Roger Ebert)

“Es como si Salvador Dalí se fuese a la cama con un ardor de estómago, se despierta a medianoche para diseñar un juego de computadora y luego tratara de borrarlo todo a la mañana siguiente” (Donald Munro)

“Finalmente, Kaufman permite que sus personajes vean más allá de la niebla de su narcisismo y de su solipsismo y se atrevan a tener esperanzas y a comprometerse con otros” (Steven Greydanus)

“El encanto y sutil sufrimiento de Sunshine es ver cómo revela secretos y pequeñas verdades sobre el amor” (Jeffrey Bruner)

“Carrey y Winslet tienen una química clara, sus escenas de reconciliación se desenvuelven con tierna credibilidad y sus problemas evolucionan con una inevitabilidad conmovedora” (William Arnold)

“De lo que carece es aquello sobre lo que, en apariencia, trata la película: el corazón que tantas veces nos hace enamorarnos de la gente equivocada en el momento equivocado” (Terry Lawson)

"Todos tienen que aprender alguna vez"- Semana III.

Estuve buscando algunas críticas de la película, no especializadas, sino de espectadores como nosotros y como ustedes. Me llama la atención que unas cuantas de las críticas encontradas señalen que la película sea más un ejercicio reflexivo que emocional. De entrada, estoy en desacuerdo, aunque sus razonamientos no son descabellados:

“(…) la temporalidad fragmentada del relato y la inicialmente débil exposición de los protagonistas –funcionales a los cuestionamientos sobre los recuerdos y las emociones y al surrealismo formal del film– son apuestas fuertes desde el guión y la realización pero nos privan a veces de unos personajes y una relación más y mejor desarrollados. Al ingenio conceptual se opone entonces la falta de climas y desarrollos que respiren verdad, y esta falta duele aun más porque Gondry revela (ya lo hizo en toda su producción de videoclips) gran capacidad para construir climas y emociones en algunas de las escenas de la película (la breve escena anaranjada debajo de las sábanas, la conversación entre estantes de librería al final del film). Estos climas –lamentablemente– no se integran ni potencian en un todo; se pierden muchas veces en cambio en un torbellino de breves fragmentos de virtuosismo formal. Los personajes funcionan como ideas, sí, pero no como personajes: las actuaciones de Carrey y Kate Winslet (a cargo de Clementine Kruczynski, la-chica-olvidada en cuestión) están todo lo bien que pueden estar partiendo de personajes a los que (especialmente en el caso de Barish-Carrey) se les otorgó poca atención y –por consiguiente– escaso espesor dramático. Lo mismo ocurre con la poco feliz subtrama que une a Kirsten Dunst (Mary) con Tom Wilkinson (Dr. Howard Mierzwiak) y desemboca en un final complaciente”. (Tomas Binder)

“Si alguna vez se han sentado sobre la arena a contemplar un mar sin límites que pregunta sobre la vida, el amor, la memoria y el olvido; si han bailado al compás de este universo, para luego en un anhelo desechar su ritmo, o si han entendido que el amor es lo único en sus días por lo que vale la pena haber vivido, entonces “Eterno Resplandor de una mente sin recuerdos”, es una cinta inevitable en su destino”. (cinenganos.com)

“Tal vez por esta característica Eterno resplandor… sea un film
intelectual antes que emocional. Esto no significa que genere indiferencia
(que levante la mano quien no se haya sentido identificado con la
desdicha de Joel). Tampoco significa que se trate de un discurso sentencioso
y, por lo tanto, tedioso. Simplemente estamos ante una propuesta que
privilegia el ejercicio reflexivo en detrimento de una compenetración
sentimental profunda”. (celuloide.com)

¿Cambia tu corazón?

que importa si la oímos por The Korgis, Beck o por Portishead; lo que sé es que pensar en “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” es pensar en “la canción…” (y que venga la sensación ya más calmada).
Lo que para mí es casi una certeza, es que nada en esta película es casualidad, hablo desde la elección del sountrack hasta los colores de cabello de Clementina…
y para no describirlo todo y hablar a partir de ahí, escogeré las primeras líneas de la canción “cambia tu corazón”
¿Cambia tu corazón si olvidas?, querer responder a esta pregunta no es mi fin. Sin embargo, creo que el título de la película ya nos conduce a decir que “lo que mantiene resplandeciente a nuestra mente es el recuerdo”… ya lo vemos en esa fantástica “máquina del olvido”, pero ¿quién no ha pensado en una? Clementina y Joel fueron en espejo -tal vez- de algunos sueños y deseos que nos siguen colgando en la espalda !OLvidar!
Recogiendo algunas imágenes, se me viene la de la librería cuando en medio de un diálogo aparece Joel sin su rostro, y es aquí cuando se viene desglosando el olvido de Clementina -si mal no recuerdo-, fantástico, que nos muestre como la gente se queda sin rostro cuando la vamos olvidando, no? ya delinear un rasgo es tan difícil como tirarle sal al mar.
Me encanta del film que detalles como el cabello de Clementina, sea un indicio de recuerdo para nosotros, los de afuera. La primera conversación que tienen en el tren, así como la última llena de nieve y ella con su chaqueta naranja…
En busca de más cosas por ver, y en la diatriba de que si es verdad que algo cambia o no, me metí en el tras cámara de la película, y aparecen cosas que -si se quiere- complementa nuestra ansiedad de saber más. Hablo de una conversación que tiene Joel con su antigua novia y que aparece en la película. Y es que la película tenía otros detalles no contemplados por el director, que a la larga no cambia mucho nuestra percepción final, pero por lo menos me acercó a pensar en cómo era Joel con otro tipo de mujer. Porque claro es que alguien que coleccione “mojones disfrazados” no es muy normal..jajaj, es simplemente encantadora -para mi-.
Bueno, solo quería mostrar algunas cosas que pienso hoy.
De verdad he visto muchas veces la película -y la veré otras tantas más- como para tener o anhelar ideas que concluyan algo.
(Cambia tu corazón
si logras olvidar…
dónde está esa máquina del recuerdo
para traer algunos de mi niñez…)

"Recordar a una persona es, finalmente, olvidarla" o perderse en la biblioteca con alguien como Clementine

Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdos (Gondry, 2004) es un trozo de memoria. Verla implica dejarse llevar por los vaivenes temporales que la historia de amor entre ellos dibuja y desdibuja, confundiendo los límites entre un recuerdo y otro. Recordar esta película es confundir por dónde comienza y adónde va, y maravillarse con su recorrido por el amor, las manías y las debilidades de estos personajes. Lo que ella provoca es una sensación de que amar no es recordar, sino más bien olvidar: por encima de esos objetos que atesoramos del ser amado y con los que se busca crear una imagen unívoca de la persona, está el lanzarse a compartir con ella cualquier momento, incluso el más humillante. Amar no es atesorar recuerdos de una persona, por mucho que con cada uno de los objetos que rodean la “relación” amorosa lanzamos un vínculo que nos acerca, engañosamente, a ella. Y la película no se plantea tampoco como una búsqueda obsesiva del amor. Como mucho, hace que Joel y Clementine asuman las manías de cada uno como otra dentro de las muchas impresiones que se hacen de la persona amada. Quién sabe si amar es olvidar esa única imagen que una persona intenta hacerse de la enamorada y asumir las diversas (infinitas, por qué no) imágenes que esa persona provoca y evoca en la otra.

Toda la película es una revisitación a la historia entre ellos dos; revisitación apresurada e impulsiva, como las decisiones de Joel y de Clementine al decidir borrarse, pero revisitación que también va desgajando imágenes genuinas, evocadoras y divertidas sobre el amor: volver a un recuerdo de la infancia para esconderse ahí, esconderse en la humillación y en la vergüenza (“Ojalá te hubiera conocido desde que éramos niños”, le dice Joel en algún momento de ese recuerdo). Incluso en la manera que interviene Joel en sus recuerdos hace que la película funcione como si fuera la memoria: porque cada recuerdo es intervenido y transformado cada vez que es visitado.

Así, por más que alguien quiera cuestionarle la simpleza a la trama de la película (“Olvidar a una persona es, eventualmente, recordarla y volver a ella”, que podría ir a la inversa de la cita de Proust), es sólo el impulso para explorar los funcionamientos, a veces caprichosos a veces inesperados, de la memoria y del amor. La película asoma que, incluso antes de ser seres de palabras, somos seres de recuerdos (uno de los técnicos le dice a Joel que mejor no narre el recuerdo porque decirlo debilita la impresión que el cerebro tiene de tal recuerdo).

Finalmente, por desoladora que sea la idea de que recordar es olvidar, el humor de la película consiste en evocar cada momento con la angustia y el placer de Joel: que, por más que se intente ir en contra del olvido, siempre está como consuelo el gusanito de la curiosidad que despierta y tensa, de las maneras más inesperadas, los vínculos lanzados hacia los objetos. Con Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdos provoca olvidarse de los objetos, excusas hechas para aferrarse a la realidad, y perderse en esa biblioteca borrosa de recuerdos que cada objeto segrega, acompañado, además, de alguien conocido a través de esas imágenes diversas que cada persona provoca en la otra.

Poema de Alexander Pope- Eterno Resplandor

Éste es el poema que contiene el verso de donde sale el título de la película (el verso está en negritas). No he conseguido una traducción al español del poema. Antes, un poco del autor.

Alexander Pope (Londres, 1688-Twickenham, Gran Bretaña, 1744) Poeta inglés. Perteneciente a la burguesía comerciante, no fue aceptado en las escuelas del Estado en razón de su catolicismo, por lo que se formó con profesores particulares. Aquejado de tuberculosis y de una malformación, cifró en la gloria literaria todos sus anhelos. En 1709 publicó su primera obra, Pastorales, breves poemas influidos por el clasicismo de Horacio y Boileau en los que establecía una estrecha relación entre arte y naturaleza, presupuestos poéticos presentes así mismo en su obra posterior.

Por esa época estaba preparando el que sería el primer poema didáctico moderno que aparecía en Inglaterra, el Ensayo sobre la crítica (1711), tras cuya publicación se retiró al campo, al bosque de Windsor, para preparar el poema con el que habría de consolidarse como escritor: El rizo robado (1712, ampliado en 1714), poema heroico-cómico, escrito bajo la influencia de Voiture, sobre el ambiente de los salones de la alta sociedad.

Inició allí también la traducción en verso de la Ilíada, por la que recibió los mayores reconocimientos, literarios y económicos, de su vida. Se trataba de una traducción destinada a unificar todo el poema en un tono de grandiosidad sobrehumana, en el que limó las partes más rústicas y ensalzó las heroicas y nobles. Concluida la versión en 1720, en 1725 emprendió la traducción de la Odisea; mientras, se había instalado en una villa de Twickenham, en la que permanecería el resto de sus días, alternando la vida retirada y estudiosa con breves contactos con la alta sociedad.

In these deep solitudes and awful cells,
Where heav’nly-pensive contemplation dwells,
And ever-musing melancholy reigns;
What means this tumult in a vestal’s veins?
Why rove my thoughts beyond this last retreat?
Why feels my heart its long-forgotten heat?
Yet, yet I love! — From Abelard it came,
And Eloisa yet must kiss the name.

Dear fatal name! rest ever unreveal’d,
Nor pass these lips in holy silence seal’d.
Hide it, my heart, within that close disguise,
Where mix’d with God’s, his lov’d idea lies:
O write it not, my hand — the name appears
Already written — wash it out, my tears!
In vain lost Eloisa weeps and prays,
Her heart still dictates, and her hand obeys.

Relentless walls! whose darksome round contains
Repentant sighs, and voluntary pains:
Ye rugged rocks! which holy knees have worn;
Ye grots and caverns shagg’d with horrid thorn!
Shrines! where their vigils pale-ey’d virgins keep,
And pitying saints, whose statues learn to weep!
Though cold like you, unmov’d, and silent grown,
I have not yet forgot myself to stone.
All is not Heav’n’s while Abelard has part,
Still rebel nature holds out half my heart;
Nor pray’rs nor fasts its stubborn pulse restrain,
Nor tears, for ages, taught to flow in vain.

Soon as thy letters trembling I unclose,
That well-known name awakens all my woes.
Oh name for ever sad! for ever dear!
Still breath’d in sighs, still usher’d with a tear.
I tremble too, where’er my own I find,
Some dire misfortune follows close behind.
Line after line my gushing eyes o’erflow,
Led through a sad variety of woe:
Now warm in love, now with’ring in thy bloom,
Lost in a convent’s solitary gloom!
There stern religion quench’d th’ unwilling flame,
There died the best of passions, love and fame.

Yet write, oh write me all, that I may join
Griefs to thy griefs, and echo sighs to thine.
Nor foes nor fortune take this pow’r away;
And is my Abelard less kind than they?
Tears still are mine, and those I need not spare,
Love but demands what else were shed in pray’r;
No happier task these faded eyes pursue;
To read and weep is all they now can do.

Then share thy pain, allow that sad relief;
Ah, more than share it! give me all thy grief.
Heav’n first taught letters for some wretch’s aid,
Some banish’d lover, or some captive maid;
They live, they speak, they breathe what love inspires,
Warm from the soul, and faithful to its fires,
The virgin’s wish without her fears impart,
Excuse the blush, and pour out all the heart,
Speed the soft intercourse from soul to soul,
And waft a sigh from Indus to the Pole.

Thou know’st how guiltless first I met thy flame,
When Love approach’d me under Friendship’s name;
My fancy form’d thee of angelic kind,
Some emanation of th’ all-beauteous Mind.
Those smiling eyes, attemp’ring ev’ry day,
Shone sweetly lambent with celestial day.
Guiltless I gaz’d; heav’n listen’d while you sung;
And truths divine came mended from that tongue.
From lips like those what precept fail’d to move?
Too soon they taught me ‘twas no sin to love.
Back through the paths of pleasing sense I ran,
Nor wish’d an Angel whom I lov’d a Man.
Dim and remote the joys of saints I see;
Nor envy them, that heav’n I lose for thee.

How oft, when press’d to marriage, have I said,
Curse on all laws but those which love has made!
Love, free as air, at sight of human ties,
Spreads his light wings, and in a moment flies,
Let wealth, let honour, wait the wedded dame,
August her deed, and sacred be her fame;
Before true passion all those views remove,
Fame, wealth, and honour! what are you to Love?
The jealous God, when we profane his fires,
Those restless passions in revenge inspires;
And bids them make mistaken mortals groan,
Who seek in love for aught but love alone.
Should at my feet the world’s great master fall,
Himself, his throne, his world, I’d scorn ‘em all:
Not Caesar’s empress would I deign to prove;
No, make me mistress to the man I love;
If there be yet another name more free,
More fond than mistress, make me that to thee!
Oh happy state! when souls each other draw,
When love is liberty, and nature, law:
All then is full, possessing, and possess’d,
No craving void left aching in the breast:
Ev’n thought meets thought, ere from the lips it part,
And each warm wish springs mutual from the heart.
This sure is bliss (if bliss on earth there be)
And once the lot of Abelard and me.

Alas, how chang’d! what sudden horrors rise!
A naked lover bound and bleeding lies!
Where, where was Eloise? her voice, her hand,
Her poniard, had oppos’d the dire command.
Barbarian, stay! that bloody stroke restrain;
The crime was common, common be the pain.
I can no more; by shame, by rage suppress’d,
Let tears, and burning blushes speak the rest.

Canst thou forget that sad, that solemn day,
When victims at yon altar’s foot we lay?
Canst thou forget what tears that moment fell,
When, warm in youth, I bade the world farewell?
As with cold lips I kiss’d the sacred veil,
The shrines all trembl’d, and the lamps grew pale:
Heav’n scarce believ’d the conquest it survey’d,
And saints with wonder heard the vows I made.
Yet then, to those dread altars as I drew,
Not on the Cross my eyes were fix’d, but you:
Not grace, or zeal, love only was my call,
And if I lose thy love, I lose my all.
Come! with thy looks, thy words, relieve my woe;
Those still at least are left thee to bestow.
Still on that breast enamour’d let me lie,
Still drink delicious poison from thy eye,
Pant on thy lip, and to thy heart be press’d;
Give all thou canst — and let me dream the rest.
Ah no! instruct me other joys to prize,
With other beauties charm my partial eyes,
Full in my view set all the bright abode,
And make my soul quit Abelard for God.

Ah, think at least thy flock deserves thy care,
Plants of thy hand, and children of thy pray’r.
From the false world in early youth they fled,
By thee to mountains, wilds, and deserts led.
You rais’d these hallow’d walls; the desert smil’d,
And Paradise was open’d in the wild.
No weeping orphan saw his father’s stores
Our shrines irradiate, or emblaze the floors;
No silver saints, by dying misers giv’n,
Here brib’d the rage of ill-requited heav’n:
But such plain roofs as piety could raise,
And only vocal with the Maker’s praise.
In these lone walls (their days eternal bound)
These moss-grown domes with spiry turrets crown’d,
Where awful arches make a noonday night,
And the dim windows shed a solemn light;
Thy eyes diffus’d a reconciling ray,
And gleams of glory brighten’d all the day.
But now no face divine contentment wears,
‘Tis all blank sadness, or continual tears.
See how the force of others’ pray’rs I try,
(O pious fraud of am’rous charity!)
But why should I on others’ pray’rs depend?
Come thou, my father, brother, husband, friend!
Ah let thy handmaid, sister, daughter move,
And all those tender names in one, thy love!
The darksome pines that o’er yon rocks reclin’d
Wave high, and murmur to the hollow wind,
The wand’ring streams that shine between the hills,
The grots that echo to the tinkling rills,
The dying gales that pant upon the trees,
The lakes that quiver to the curling breeze;
No more these scenes my meditation aid,
Or lull to rest the visionary maid.
But o’er the twilight groves and dusky caves,
Long-sounding aisles, and intermingled graves,
Black Melancholy sits, and round her throws
A death-like silence, and a dread repose:
Her gloomy presence saddens all the scene,
Shades ev’ry flow’r, and darkens ev’ry green,
Deepens the murmur of the falling floods,
And breathes a browner horror on the woods.

Yet here for ever, ever must I stay;
Sad proof how well a lover can obey!
Death, only death, can break the lasting chain;
And here, ev’n then, shall my cold dust remain,
Here all its frailties, all its flames resign,
And wait till ‘tis no sin to mix with thine.

Ah wretch! believ’d the spouse of God in vain,
Confess’d within the slave of love and man.
Assist me, Heav’n! but whence arose that pray’r?
Sprung it from piety, or from despair?
Ev’n here, where frozen chastity retires,
Love finds an altar for forbidden fires.
I ought to grieve, but cannot what I ought;
I mourn the lover, not lament the fault;
I view my crime, but kindle at the view,
Repent old pleasures, and solicit new;
Now turn’d to Heav’n, I weep my past offence,
Now think of thee, and curse my innocence.
Of all affliction taught a lover yet,
‘Tis sure the hardest science to forget!
How shall I lose the sin, yet keep the sense,
And love th’ offender, yet detest th’ offence?
How the dear object from the crime remove,
Or how distinguish penitence from love?
Unequal task! a passion to resign,
For hearts so touch’d, so pierc’d, so lost as mine.
Ere such a soul regains its peaceful state,
How often must it love, how often hate!
How often hope, despair, resent, regret,
Conceal, disdain — do all things but forget.
But let Heav’n seize it, all at once ‘tis fir’d;
Not touch’d, but rapt; not waken’d, but inspir’d!
Oh come! oh teach me nature to subdue,
Renounce my love, my life, myself — and you.
Fill my fond heart with God alone, for he
Alone can rival, can succeed to thee.

How happy is the blameless vestal’s lot!
The world forgetting, by the world forgot.
Eternal sunshine of the spotless mind!
Each pray’r accepted, and each wish resign’d
;
Labour and rest, that equal periods keep;
“Obedient slumbers that can wake and weep;”
Desires compos’d, affections ever ev’n,
Tears that delight, and sighs that waft to Heav’n.
Grace shines around her with serenest beams,
And whisp’ring angels prompt her golden dreams.
For her th’ unfading rose of Eden blooms,
And wings of seraphs shed divine perfumes,
For her the Spouse prepares the bridal ring,
For her white virgins hymeneals sing,
To sounds of heav’nly harps she dies away,
And melts in visions of eternal day.

Far other dreams my erring soul employ,
Far other raptures, of unholy joy:
When at the close of each sad, sorrowing day,
Fancy restores what vengeance snatch’d away,
Then conscience sleeps, and leaving nature free,
All my loose soul unbounded springs to thee.
Oh curs’d, dear horrors of all-conscious night!
How glowing guilt exalts the keen delight!
Provoking Daemons all restraint remove,
And stir within me every source of love.
I hear thee, view thee, gaze o’er all thy charms,
And round thy phantom glue my clasping arms.
I wake — no more I hear, no more I view,
The phantom flies me, as unkind as you.
I call aloud; it hears not what I say;
I stretch my empty arms; it glides away.
To dream once more I close my willing eyes;
Ye soft illusions, dear deceits, arise!
Alas, no more — methinks we wand’ring go
Through dreary wastes, and weep each other’s woe,
Where round some mould’ring tower pale ivy creeps,
And low-brow’d rocks hang nodding o’er the deeps.
Sudden you mount, you beckon from the skies;
Clouds interpose, waves roar, and winds arise.
I shriek, start up, the same sad prospect find,
And wake to all the griefs I left behind.

For thee the fates, severely kind, ordain
A cool suspense from pleasure and from pain;
Thy life a long, dead calm of fix’d repose;
No pulse that riots, and no blood that glows.
Still as the sea, ere winds were taught to blow,
Or moving spirit bade the waters flow;
Soft as the slumbers of a saint forgiv’n,
And mild as opening gleams of promis’d heav’n.

Come, Abelard! for what hast thou to dread?
The torch of Venus burns not for the dead.
Nature stands check’d; Religion disapproves;
Ev’n thou art cold — yet Eloisa loves.
Ah hopeless, lasting flames! like those that burn
To light the dead, and warm th’ unfruitful urn.

What scenes appear where’er I turn my view?
The dear ideas, where I fly, pursue,
Rise in the grove, before the altar rise,
Stain all my soul, and wanton in my eyes.
I waste the matin lamp in sighs for thee,
Thy image steals between my God and me,
Thy voice I seem in ev’ry hymn to hear,
With ev’ry bead I drop too soft a tear.
When from the censer clouds of fragrance roll,
And swelling organs lift the rising soul,
One thought of thee puts all the pomp to flight,
Priests, tapers, temples, swim before my sight:
In seas of flame my plunging soul is drown’d,
While altars blaze, and angels tremble round.

While prostrate here in humble grief I lie,
Kind, virtuous drops just gath’ring in my eye,
While praying, trembling, in the dust I roll,
And dawning grace is op’ning on my soul:
Come, if thou dar’st, all charming as thou art!
Oppose thyself to Heav’n; dispute my heart;
Come, with one glance of those deluding eyes
Blot out each bright idea of the skies;
Take back that grace, those sorrows, and those tears;
Take back my fruitless penitence and pray’rs;
Snatch me, just mounting, from the blest abode;
Assist the fiends, and tear me from my God!

No, fly me, fly me, far as pole from pole;
Rise Alps between us! and whole oceans roll!
Ah, come not, write not, think not once of me,
Nor share one pang of all I felt for thee.
Thy oaths I quit, thy memory resign;
Forget, renounce me, hate whate’er was mine.
Fair eyes, and tempting looks (which yet I view!)
Long lov’d, ador’d ideas, all adieu!
Oh Grace serene! oh virtue heav’nly fair!
Divine oblivion of low-thoughted care!
Fresh blooming hope, gay daughter of the sky!
And faith, our early immortality!
Enter, each mild, each amicable guest;
Receive, and wrap me in eternal rest!

See in her cell sad Eloisa spread,
Propp’d on some tomb, a neighbour of the dead.
In each low wind methinks a spirit calls,
And more than echoes talk along the walls.
Here, as I watch’d the dying lamps around,
From yonder shrine I heard a hollow sound.
“Come, sister, come!” (it said, or seem’d to say)
“Thy place is here, sad sister, come away!
Once like thyself, I trembled, wept, and pray’d,
Love’s victim then, though now a sainted maid:
But all is calm in this eternal sleep;
Here grief forgets to groan, and love to weep,
Ev’n superstition loses ev’ry fear:
For God, not man, absolves our frailties here.”

I come, I come! prepare your roseate bow’rs,
Celestial palms, and ever-blooming flow’rs.
Thither, where sinners may have rest, I go,
Where flames refin’d in breasts seraphic glow:
Thou, Abelard! the last sad office pay,
And smooth my passage to the realms of day;
See my lips tremble, and my eye-balls roll,
Suck my last breath, and catch my flying soul!
Ah no — in sacred vestments may’st thou stand,
The hallow’d taper trembling in thy hand,
Present the cross before my lifted eye,
Teach me at once, and learn of me to die.
Ah then, thy once-lov’d Eloisa see!
It will be then no crime to gaze on me.
See from my cheek the transient roses fly!
See the last sparkle languish in my eye!
Till ev’ry motion, pulse, and breath be o’er;
And ev’n my Abelard be lov’d no more.
O Death all-eloquent! you only prove
What dust we dote on, when ‘tis man we love.

Then too, when fate shall thy fair frame destroy,
(That cause of all my guilt, and all my joy)
In trance ecstatic may thy pangs be drown’d,
Bright clouds descend, and angels watch thee round,
From op’ning skies may streaming glories shine,
And saints embrace thee with a love like mine.

May one kind grave unite each hapless name,
And graft my love immortal on thy fame!
Then, ages hence, when all my woes are o’er,
When this rebellious heart shall beat no more;
If ever chance two wand’ring lovers brings
To Paraclete’s white walls and silver springs,
O’er the pale marble shall they join their heads,
And drink the falling tears each other sheds;
Then sadly say, with mutual pity mov’d,
“Oh may we never love as these have lov’d!”

From the full choir when loud Hosannas rise,
And swell the pomp of dreadful sacrifice,
Amid that scene if some relenting eye
Glance on the stone where our cold relics lie,
Devotion’s self shall steal a thought from Heav’n,
One human tear shall drop and be forgiv’n.
And sure, if fate some future bard shall join
In sad similitude of griefs to mine,
Condemn’d whole years in absence to deplore,
And image charms he must behold no more;
Such if there be, who loves so long, so well;
Let him our sad, our tender story tell;
The well-sung woes will soothe my pensive ghost;
He best can paint ‘em, who shall feel ‘em most.

Ficha Técnica de Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos- Primera semana.

Michel Gondry, director
Charlie Kaufman, guionista
Jim Carrey, Kate Winslet, Tom Wilkinson, Kirsten Dunst, Elijah Wood, Mark Ruffalo, Jane Adams; elenco.

Jon Brion, compositor.
Ellen Kuras, directora de fotografía.
Valdís Oskarsdóttir, editor.
Dan Leigh, diseñador de producción.
Melissa Toth, diseñadora de vestuario.

Estados Unidos, 2004.