Música y alegría en final de 8½ de Fellini

La passerella di addio: “Estamos listos para comenzar. ¡Felicitaciones!” El prestidigitador en seguida da la orden de seguir. Aparece Claudia, bella, sonriente, mientras el crítico sigue con su vana perorata: ya su razón no vale ni un centavo más en la película de Guido. La Saraghina, el señor y la señora de Anselmi, todos de blanco. Claudia sonríe con vehemencia, camina por el terreno baldío, iluminando la escena cual Musa que es. Las mujeres del harén onírico, los padres de la Iglesia, las personas que influyeron en Guido a través de todo el film, y viceversa, caminan sobre la tierra, todos de blanco también, con sus propias máscaras. Guido se mira a sí mismo; dice: “¿Qué es este destello de alegría que me está dando una nueva vida? Por favor, discúlpenme, dulces criaturas. Nunca me di cuenta. No sabía. Cuán acertado es aceptarlos, amarlos. Y tan sencillo. Luisa, me siento como liberado. Todo se ve bien para mí, todo tiene sentido, es verdad. ¡Como quisiera explicarme! Pero no puedo… Todo será igual como antes. Todo se vuelve confuso otra vez, pero la confusión es sólo mía. Así soy yo, no como me gustaría ser. Y no tengo miedo de decir la verdad, la cual no conozco, la cual busco. Sólo cuando me siento realmente vivo y puedo mirar dentro de tus fieles ojos sin vergüenza. La vida es una fiesta, vamos a vivirla juntos. No puedo decir otra cosa, ni a ti ni a otros. Acéptame como soy. Sólo así podremos descubrirnos el uno al otro”. Luisa, entre atenta y ligeramente conmovida, responde afable: “No sé si estás en lo correcto, pero lo puedo intentar, si tú me ayudas”. Inmediatamente, empieza a asomarse cierta melodía, de un candor italiano tradicional y a la vez circense, con ritmos in crescendo, otros momentos descrecendo; un Si mayor resonando en diferentes fases melódicas, con la flauta liderando la fiesta musical; de a ratos un estruendo de ebullición para luego volver a la calma italiana. Cinco instrumentos de viento pasean en el terreno, junto al destello de alegría del renacer de Guido. El prestidigitador, de negro, recibe a los invitados, de blanco: “¡Bienvenidos todos! ¡Por aquí!” Y la muchedumbre lo sigue. Guido está en el centro del stage de su fiesta, su vida, su film aún no concluido. Piensa qué hacer, cómo dirigir esta profunda tragicomedia (¡Ahora finalmente dirige!); llama a los músicos. Los dirige hacia un lado del escenario, da instrucciones concretas al último de la fila, el enano de la flauta; coge de un asiento el megáfono: “Sigan caminando, yo les digo hasta cuándo”. “Camina frente a la cortina”, dice Guido, y el enano obedece, siempre con su melodía danzante, tan nido de circo. “¡Abran la cortina!”, y aquella gran blanca de tela se abre en dos, como las aguas del Éxodo: “¡Todo el mundo baje!” Las escaleras de la gran estructura metálica están abarrotadas de gente: los extras de la película de la vida de Guido. Todos bajan serenamente, pero al ritmo de la música, al son de la vida del artista. Guido se pone de rodillas para besarle la mano al Cardenal; éste acepta. Suben todos, uno a uno, a la plataforma circundante, la passerella di addio, mientras bailan, tomados de la mano, en fila orbicular. “Mamma”, exclama Guido, pero la señora sigue de largo, tiene que continuar con su papel. Carla, con su risa chirriante, le dice al artista: “Sé lo que quieres decir: no puedes hacerlo sin nosotros. ¿A qué hora me llamarás mañana?”. Pero Guido la apura para que se una a los otros, no hay tiempo que perder en esta fiesta, con esta música, tan infinita como su esencia. El prestidigitador, feliz y danzante, la toma del brazo y corren con suma alegría a la passerella*. El artista dirige su “guateque”: “¡Vamos, todos agárrense de las manos! ¡Extiéndanse! ¡Todos juntos! ¡Maestro!”, y empieza de nuevo el fragor musical a todo volumen, un espectáculo en estado puro, de una espiral sencillez, como la vida misma. “¡Todos agárrense de las manos!” Y el prestidigitador comienza con el trote bailarín; todos lo siguen. Guido, calmo y profundo, convida a su amor, Luisa, a unirse a la passerella di addio, y ella, tímida, acepta, porque sabe que el addio es realmente un nuevo comienzo, que la vida no es en vano, y que esa música refleja esa fiesta existencial que repone el alma en su esencia. Caminan juntos, dos soledades acompañándose, listos para bailar, listos para la alegría; sólo así se podrán descubrir el uno al otro. Luego, todo se torna oscuro, hay poca luz, la fiesta humana se ha dispersado, sin embargo la música sigue. Cinco instrumentos en coreografía musical, el circo en su estado natural. Ahora el enano dirige su banda en medio de la noche, donde ya nada se hace más palpable sino la noche misma. El flautista queda solo en medio del escenario. Ya no hay más nada que hacer sino seguir tocando. El placer de la música se hace destino; la melodía, interminable, se difumina con la forma de las palabras, porque la película tiene que terminar, así como también la vida tiene que recomenzar: . Ideato e diretto da Federico Fellini. Tal vez Edgar Allan Poe tenía razón; el misterio de la música consiste en llegar siempre a ella, como quien tiene sed y busca un vaso de agua fresca, tan límpida, tan necesaria: “En la música es acaso donde el alma se acerca más al gran fin por el que lucha cuando se siente inspirada por el sentimiento poético: la creación de la belleza sobrenatural”. Guido (y por qué no: también Fellini) saben que al final de sus películas, de sus vidas en estado de arte, son música que gravita, vibra, fluye, en toda la realidad. ¿Por qué no darle un convite especial a lo que se merece: un renacimiento? Así fue. La música siempre será destino, un aliciente para el placentero resurgimiento existencial. Dionisos en acción.

* La música no es sólo misteriosa, sino también a veces alegre: es alegre por el misterio; la alegría en sí misma puede ser un misterio.

Anuncios

Rocco y sus hermanos: el sacrificio. Semana III.

“El mayor logro de Visconti es su manera de mezclar realismo con melodrama” (Jeffrey Anderson, Combustible Celluloid).

“Incluso a pesar del exceso innegable de Rocco, los momentos clímax trascienden el estilo y son profundamente conmovedores” (Arthur Lazere, culturevulture.com).

“Bajo la fachada neorrealista se cocina una intensidad más escabrosa y operática en esencia” (Jason Anderson, Eye Weekly).

“A pesar de ser más larga de lo que debería y de entregarse al melodrama ocasional, el filme prácticamente se tranforma en una épica familiar y cuenta con actuaciones enérgicas e inolvidables (especialmente de Salvatori y de Girardot)” (Pablo Villaca, Cinema en Cena)

“En este fuerte y resurgente drama del destino aplastante de una familia campesina italiana ante la vida brutal y poco familiar de la ciudad moderna, hay una suerte de llenura emocional y revelación que se consiguen en las grandes tragedias de los griegos” (Bosley Crowther, New York Times)

Segunda reunión: "Va a pasar algo" y lo efectista de una catarsis: II

Mi mayor problema con Irreversible es que sea provocadora por irreverente y no porque tenga algo que decir sobre la violencia o sobre sus personajes: que provoque a expensas de la violencia (que siempre genera reacciones fuertes) y no desde una mirada particularmente aguda. Ni siquiera la trama se sostiene por su cuenta, sino que tiene que apoyarse en la belleza de Bellucci para hacer que se sienta algo por su personaje.

Segunda reunión: "De lo armonioso a lo decadente" de Terciopelo Azul (1986): I

A oscuras, pero se escucha la conversación y se distinguen algunos rostros.

Uno de los matices que más me fascina de Terciopelo Azul es que, incluso cuando se adentra en lo decadente, no pierde su tono de cuento de hadas. Tal vez sea por esto que Frank no me da miedo, porque si bien es un personaje inolvidable por lo desquiciado, no existe fuera de ese cuento “a oídas” que investigan Jeffrey y Sandy.

Ficha técnica de Rocco y sus hermanos


TÍTULO ORIGINAL: Rocco e i suoi fratelli.
AÑO: 1960.
DIRECTOR: Luchino Visconti.

GUIONISTAS: Giovanni Testori, Suso Cecchi d’Amico, Pasquale Festa Campoanile Massimo Franciosa, Enrico Medioli, Vasco Pratolini, Luchino Visconti.

ELENCO: Alain Delon (Rocco Parondi), Renato Salvatori (Simone Parondi), Annie Girardot (Nadia), Katina Paxinou (Rosaria Parondi), Max Cartier (Ciro Parondi), Spiros Focás (Vincenzo Parondi), Rocco Vidolazzi (Luca Parondi).
MÚSICA: Nino Rota.
FOTÓGRAFO: Giuseppe Rotunno.
ESCENOGRAFÍA: Mario Garbuglia.
VESTUARIO: Piero Tosi.
MONTAJE: Mario Serandrei
.
PAÍS: Italia.

La altura de los sueños (Terciopelo Azul)

Jeffrey: Estoy viendo algo que siempre estuvo escondido. Estoy involucrado en un misterio, estoy en medio de un misterio. Y todo es un secreto.
Sandy: ¿Te gustan tanto los misterios?
Jeffrey: Sí. Tú eres un misterio.

Uno a veces se pierde en misterios. También los creamos, los acechamos, los destruimos y los volvemos a crear. A veces éstos sólo vienen de la mano de Dios (o de varios dioses, según los gustos y creencias). Pero hay una cosa que envuelve al misterio de temor: el secreto, esa cosa amorfa que viste de gala de noche todo lo inasible. Lynch, a través de sus películas, nos cuenta secretos al oído, velando detrás uno o varios misterios. Todo según las sensibilidades del espectador.

En Terciopelo Azul, Lynch comienza la trayectoria de su estética del mundo extraño. Mas este mundo lyncheano no es sólo la otra cara de la moneda del mundo que vemos todos los días, no es la tolerante otredad al que no pocos hemos atisbado de asomarnos: son los sueños, esa otra realidad de la cual el cineasta norteamericano acuña para entrelazar vasos comunicantes. Lo onírico dentro de toda la obra fílmica posterior a Terciopelo Azul no es baladí, pero esta otra moneda se vuelve harto misteriosa, conlleva un secreto. Así, la escena en que Sandy cuenta el sueño de los petirrojos es la otra historia, secreta, que funciona como motor dentro de la película. El final, un tanto irónico en las líneas de la estética lyncheana, acusa recibo la altura del sueño de nuestra protagonista.

Claro, tenemos a un enfermo (y peligroso) Frank, que con su vouyearista e inescrupuloso complejo de Edipo recargado hacia la figura de Dorothy, exacerba sus deseos de (sexo) terciopelo azul. La banda sonora del film es sugerida por Frank, un tipo que parece ser del que te encuentras en las jefaturas y los rincones ciegos de Sabana Grande, quien a punta de Roy Orbinson e Isabella Rossellini descarga una órbita de violencia moderada por el ojo de Lynch, ya que la sangre es sólo un decoro de la tragedia que se adviene al final de la trama. Y ni hablar de Jeffrey, de quien no podemos decir si es realmente un pervertido o un detective.

La verdad es que sí, a veces somos un poco Jeffrey, un poco Sandy, un poco Dorothy, y (¿por qué no, eh?) a veces Frank, porque como dice Bréton en su Manifiesto Surrealista: “Tanta fe se tiene en la vida, en la vida en su aspecto más precario, en la vida real, naturalmente, que la fe acaba por desaparecer”. Por eso y desde ahí Lynch nos propone su estética, que termina siendo una ética de fondo: en nuestras vidas siempre hay que caminar entre misterios, pero desde la altura de los sueños.

Le temps detruit tout


Buena película.

Como se ha venido comentando, el tiempo lo destruye todo es la sima máxima (y obvia) de la película. Pero Irréversible, dejando de lado la ya discutida glosa efectista, es una clara versión de lo que el destino nos provee a los seres humanos, como si les fuera ajeno, etéreo, distanciado, pero que nos arrastra con hilos y perfumes que no podemos desdeñar, porque nos es natural. Y sí, creo que la palabra clave después de todo es destino, porque la escena del ascensor entre Marcus, Pierre y Alex camino al Metro no es baladí*: es la consecución del leitmotiv de la historia narrada en la película, y aporta la clave conductora del sueño de Alex, en la armónica escena entre ella y Marcus en la cama, desnudos: “Tuve un sueño. Era extraño. Estaba en un túnel. Un túnel. Todo rojo. Y luego… el túnel se abrió en dos. Creo que es por mi período.”

(En la última escena, se ve en letras enormes parte del título del libro que lee Alex: TIME.)

El destino es irreversible, y por ello el tiempo no sólo lo destruye todo: lo transforma.

*Alex: He estado leyendo un libro maravilloso.
(…)
Marcus: ¿Y de qué se trata?
Alex: Dice que el futuro ya está escrito de antemano. Todo está ahí. Y la prueba yace en los sueños premonitorios.
Pierre: ¡Wow! ¡Ya nos está durmiendo!
Marcus: Incluso los sueños son malas noticias.
Pierre: Suelo soñar que estoy durmiendo. Es mi único sueño.
Alex: ¡Bueno, por lo menos te relajas!