La casa de agua (Penzo, 1983): 114 de cine venezolano (2)

“(…) obligado a vivir en el exilio por los vientos de la política que se parecen mucho a los vientos de la vida”
La casa de agua (1983)
Dirección: Jacobo Penzo
Guión: Tomás Eloy Martínez
Elenco: Franklin Virgüez (Cruz Elías), Hilda Vera (madre), Doris Wells (Asunción Silva) Elba Escobar (Ana Dolores), Eduardo Gil.
Hace unas semanas conversaba sobre cine con una amiga y, de repente, ella mencionó La casa de agua. Era un título que, en algún momento, hurgando entre las películas en la universidad, me había llamado la atención. El sonido y la imagen del título me habían seducido, pero, intermitente como es el interés, no me detuve a comprarla. Esta nueva referencia me incentivó a buscarla y comprarla.
“Yo también escribo poemas, pero creo como usted que escribir la vida es mucho más importante”
Anoche la vi. Me cautivó, entre tropiezos. Desde el comienzo, la transferencia de VHS a DVD empobrece la imagen. Quisiera encontrar una mejor copia, aunque, buscando y leyendo sobre la película por internet, pareciera que el problema sí es la transferencia y no la copia. Luego, el sonido de las voces se siente artificial hasta convertirse en una distracción. No es sólo el tono declamatorio, que puede estar justificado dentro de la película. También es el sonido de los diálogos que aplana los demás sonidos de fondo.
Detrás de estas meras distracciones, hay una mirada detenida en los conflictos entre el poeta y su entorno, no sólo su sociedad, sino su tierra, sequía y lejanía en un paíz centralizado; su familia, enraizada en un pueblo árido; sus amantes, débiles contradicciones; su religión, frágil de fe y enferma de destino; su cuerpo, hechura de llagas. La película no es sólo una reflexión, distante como los pensamientos, sobre la poesía y la política, palabras en conflicto si se vive entre ambas. Es también una indagación entre la aridez de las imágenes (¿aridez de las ideas? ¿es Cruz Elías menos poeta por fijar y defender una posición política en vez de escribir versos?) y la fertilidad del sentimiento (¡qué no despiertan Consuelo y, con más pasión, Ana Dolores, en Cruz!). Es también el conflicto entre el cuerpo y la fe, enfermedad del ciego que a fuerza de no ver, condena la religión con su misma enfermedad (“Dios no tiene rostro, ni cuello, ni ojos, ni manos. Dios tiene lepra y no se lo ha dicho a nadie”).
Estas imágenes y estos diálogos se van desgajando a lo largo de la película junto con el conflicto de la voz, tan problemático como puede ser lo fascinante. Si son personajes que suenan declamando incluso en conversaciones, estarían buscando el oficio de poesía en la vida cotidiana. “Me importa poco lo que seré. Viviré mi vida. Eso es suficiente”. Pero terminan por escucharse falsos, artificiales ante las circunstancias como nunca lo podría ser la poesía. La voz necesita buscar su propio ritmo, perdido en la costumbre de los días. Termina por reconocerse que “La poesía comienza cuando termina la vida”. La poesía es sobrenaturaleza. Será esta la sensación que ronda la película entre sequía y lluvias, el recinto borroso de la casa de agua.
“Y yo hice lo que hacen todos los que aman”
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