Ozu: Una tarde de Otoño / "El sabor del sake" (1962)

“El sake me vuelve honesto”
“Estoy solo y triste. El hombre siempre acaba solo”
“Las virtudes humanas han desaparecido desde la guerra”
“Menos mal que perdimos”
El sabor del sake es amargo, pero la quietud de su mirada brinda una que otra sonrisa, embriaga con su calma aunque detenerse en sus imágenes y reflexiones deje más inquietudes que certezas. Cuando veo una película de Ozu, me siento embriagado. No es la borrachera que me entumece de felicidad y estupidez hasta olvidarme. Es la impresión paulatina de estar soltándome, dejarme llevar por la ligereza que brinda el licor a la vez que permite ver las cosas con claridad. El licor nos vuelve conscientes de nuestra ridiculez y en este humor amargo encontramos cierta sinceridad desde la cual ver las cosas. Así, cada imagen que es cada plano se convierte en un descubrimiento para ver la historia. Descubrimos el peso de la guerra en Shuhei así como descubrimos a Michiko, su hija, vestida de matrimonio: esta revelación, entre los colores relucientes de su traje y el fondo intrincado por líneas, surge con violencia como un reconocimiento de los cambios de la vida, inesperados en su magnitud aunque hayan sido decididos y previstos. El matrimonio de Michiko es la vuelta a la soledad del padre, así como Sakuma obligando a su hija Nobuko a cuidarlo implica la tristeza de ambos. La sencillez tras el devenir de las cosas se convierte, poco a poco, en la naturaleza de estas.

“Cuando las cosas van bien es por algo mutuo (…)”
“Y ellos hacen su vida. Con lo que cuesta criarlos [a los hijos, para que se vayan de casa eventualmente]. Es como un sueño”

“Quería estar solo. Seguro que se siente solo”
Ridículo, fastidioso, payaso, el borracho es un hombre solitario, embriagado en su estado más profundo de soledad. Este es Shuhei, abandonado no por descuido de sí mismo ni de los demás, sino por el cauce natural de sus acciones. Quietos con la mirada, somos capaces de notar los movimientos más leves (estos más interiores) que producen las decisiones de Shuhei a su alrededor y en nosotros. La conversación entre padre e hijo, cada uno en un ambiente diferente de la casa, al final, asoma el surgir de una nueva rutina así, a oscuras, entre voces de sueño y embriaguez, una nueva rutina de la intimidad. En penumbra, la soledad de los objetos provoca la inquietud del alma. Atender a las cosas es inquietar lo que parece tener permanencia.
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