Imágenes y sonidos de Yi yi (y 3): Yang Yang

“Lo siento, abuela. No es que no quisiese hablar contigo. Creo que todo lo que pueda decirte debes saberlo ya. Si no, no me lo dirías siempre. Todos dicen que te has ido. Pero tú no me dijiste a dónde ibas. Supongo que es a algún lugar que crees que debería conocer. Pero, Abuela, yo sé muy pocas cosas. ¿Sabes qué quiero hacer cuando sea mayor? Quiero contar a la gente cosas que no sepan. Mostrarles cosas que nunca hayan visto. Será muy divertido. Si lo hago, ¿puedo decirle a todos y llevarlos a que te visiten? Abuela. Te echo de menos. Sobre todo, cuando veo a mi primito recién nacido que aún no tiene nombre. Él me recuerda que tú siempre decías que te sentías vieja. Quiero decirle a mi primito que me siento viejo también”.

Yang Yang, su mirada atenta, bajo el silencio de la inocencia, en su flux nos deja la vaga impresión, y por vaga nos engaña con ternura sin darnos cuenta de que nos prepara para la fragilidad incontenible de las lágrimas, de que un pequeño hombre entra en la sala. Su curiosidad, la de sus ojos, la de sus travesuras, la de sus preguntas, encanta como el placer de jugar. De hecho, acudimos a sus jugueteos de amor como la conformación de un clima, la atmósfera de calma que la vida de cada personaje ha ido enhebrando en imágenes, cada imagen es un gesto, parsimonioso sí, pero vital, de los compases que componen la música que es esta película, retrato de una familia que a la vez es la vida de un personaje desgajada en la edad de los personajes. ¿Acaso son estas las lágrimas que nos traen las palabras de Yang Yang: la vejez de su abuela no dista de la suya propia? Las imágenes desentrañables de cada familiar nos descubren que acudimos a la muerte de la abuela con el mismo desasosiego que siente un niño al descubrir el mundo envuelto y desenvuelto en él. ¿Acaso Yang Yang rechaza hablar con ella en la cama por esto, por lo que desarma la enfermedad en el cuerpo de cualquiera? Poco importan las razones, sino las maneras. ¡Y cómo (nos) lee, voz, susurro a la expectativa, palabras que se tropiezan con preguntas correteando respuestas! La mirada de Yang Yang atiende a su abuela, casi como si esperara que ella le respondiese, así como la película atiende a las circunstancias de N. J., Min Min, Ting Ting con humor y delicadeza, pero hay una liviandad que encausa a todos los personajes en este diálogo (sí, es el monólogo de Yang Yang y aun así sus palabras encarnan la generosidad y entendimiento de una conversación) que los reduce a ausencias como las sillas vacías al fondo del niño. Al final, acudimos a la muerte como atendemos a las pérdidas del día a día.

Imágenes y sonidos de Yi yi (2)

“- La primera vez que cogí tu mano. Estábamos en un paso a nivel, íbamos al cine. Te tendí la mano, avergonzado por lo sudorosa que estaba. Ahora estoy cogiendo tu mano otra vez. Es sólo un lugar diferente. Una edad diferente.
– Pero la misma mano sudorosa”

La mirada de Edward Yang, desde la sencillez de dos diálogos yuxtapuestos, el del padre y su amante de la juventud, y el de la hija y su amante (¿además, acaso, dos estados del amor: el de la juventud que vuelve actualizando la acepción que le damos ahora al amante, de “engaño”, y la acepción genuina de amante: quien ama que es quien está conociendo, descubriendo?), desde la sencillez de un paseo por una ciudad que no los escucha, que los mantiene alejados, rodeados de transeúntes anónimos, y que lo que nos devuelve su intimidad es sus voces tan cercanas a nosotros, nos brinda estos ciento ochenta grados de la nuca que somos incapaces de ver en la cotidianidad. De un presente que no recuerda el lugar de un agarrarse de manos, la voz del padre nos devuelve a la intimidad del pasado a través del presente de la hija, evocador aunque nos amenace con pasar desapercibido.

Imágenes y sonidos de Yi yi (1): "No tengo trucos. Soy como tú"

“- NJ, lleva al señor Ota a cenar esta noche. Dile que estamos ansiosos por firmar, pero finge que es difícil, compremos algo de tiempo.

– ¿Por qué yo?
– ¡Pareces honesto!
– ¿Entonces? ¿Sólo lo aparento?
– ¿Qué hay de malo en actuar un poco?
– Entonces, ¿es la honestidad un fingimiento? ¿y los amigos? ¿los negocios? ¿Hay algo que quede?”
Escuchamos a NJ y a sus compañeros de trabajo tramando retrasar el negocio con Ota, mientras lo observamos a él caminando como si hiciera equilibrio con una paloma en el hombro. La imagen cautiva con su calma. La sombra se alarga al ritmo de su caminar. El ventanal está abierto, como pocas veces están abiertos los ventanales de los edificios a lo largo de la película. Se siente la armonía entre el afuera y el interior. Ota está jugando con la misma inocencia de Yang Yang y con el mismo sosiego que intenta buscar NJ.
Este “¿Hay algo que quede?” persiste como el eco de un susurro que se permea hacia nosotros, los espectadores; en apariencia los únicos a los que E. Yang puede volver atentos dentro de una ciudad que prefiere ignorar sus dinámicas particulares para mantener la rutina citadina. Aquí la intimidad no es vista desde un primer plano, sino a través de un espacio que encierra a sus personajes devolviéndonos la cercanía de sus inquietudes con el sonido de los diálogos. Las imágenes pueden ser anónimas, pero las voces les devuelven su especificidad como si fueran confesiones.
¿Hay algo que quede en el vuelo de la paloma? Este instante permanece como la magia que hay en la sorpresa de un truco, pero esta es la maravilla de la sencillez. La angustia de NJ se hace huella en nosotros cuando la voz de su pregunta coincide con el sonido del aleteo y la imagen de Ota a espaldas, con sus brazos suspendidos en un dejo de incertidumbre. ¿Es este un gesto de la casualidad o es una respuesta a la pregunta de NJ sobre el fingimiento? Esta pregunta se esfuma, pero la secuencia fluye como todo lo que permanece, con una impresión en el corazón.

Ficha Técnica de Yi Yi: Un Uno y Un Dos (Edward Yang, 2000)

“¿Por qué nos asusta cada primera vez? Todos los días de la vida son una primera vez. Toda mañana es nueva. Nunca vivimos el mismo día dos veces. Nunca nos asustamos de levantarnos cada mañana. ¿Por qué?”
Esta película trata sencillamente de la vida, retratada en su más íntimo sentido. Desde mi perspectiva de escritor la simplicidad es lo que se sitúa en la base de todo y las complicaciones están encima. El título de la película en chino es Yi Yi, lo que literalmente se traduce como “Uno-uno”, y “Uno-uno” significa en chino “individualmente”. Esto quiere decir que el retrato de la vida que se hace en la película va fijándose en cada uno de los protagonistas de principio a fin.
Un uno y un dos y… es lo que suelen murmurar los músicos de jazz antes de cada jam session. De ahí salió el título en inglés, como expresando de alguna manera que lo que se oculta bajo ese título no es algo tenso, ni duro, ni estresante, sino todo lo contrario, como sucede en una melodía de jazz
(Edward Yang, labutaca.net).

Dirección y Guión: Edward Yang
Elenco: Nien-Jen Wu (N.J.), Elaine Jin (Min-Min), Issei Ogata (Ota), Kelly Lee (Ting-Ting), Jonathan Chang (Yang-Yang), Hsi-Sheng Chen (Ah-Di).
Fotografía: Wei-han Yang
Música: Kai-Li Peng
Edición: Bo-Wen Chen
Diseño de Producción: Peng
Es como si la película nos regalara de vuelta esta sencillez que debe tener la vida, como si eso que dejamos atrás a costa de tanto mirar al frente, fuesen los pequeños gestos de lo que hacemos a diario, la vida que se cuela en la rutina de familia en la ciudad.