Imperio tierra adentro: desvanecerse en imágenes. Inland Empire (Lynch, 2006)

(si se puede, escuchar la canción mientras lees)

¿Estoy soñando?

El reloj

¿Cuántas películas estoy viendo?

Los teléfonos

¿Quién es la actriz si no es Susan quién es la puta si no es Nikki?

La lámpara

¿Hoy ya es mañana?

Las casas

¿Soy lo que sueño o lo que imagino?

La música

“¿Quieres ver?”

Entender es olvidarse de amar.
Fernando Pessoa, Libro del Desasosiego.

Ningún otro medio artístico -ni la pintura ni la poesía- puede comunicar la calidad específica de un sueño tan bien como puede hacerlo el cine. Y fabricar sueños es un negocio jugoso.
Conversaciones con Ingmar Bergman.

La sala de cine, la creación, el tiempo, los personajes
espacios sobreponiéndose dentro de una persona
que se deshace
en muchos personajes del
cine, imperio cuerpo adentro

Soñaba. Estoy viendo. Curioso. Me sentía dentro de la película, ante la película, parte de la película. Estoy intentando armar la muñeca rusa, al menos recoger los pedazos rotos a partir de las pistas. Pero no me doy cuenta de algo. Estoy intentando ver sin perder el hilo, ver a través del hueco de la tela, ver la trama. Extraviado. Esta es la película de una maldición polaca que conlleva a un asesinato. No. Esta es la película sobre Nikki, una actriz asumiendo el rol de sus sueños (¿afrontar el papel que siempre soñó o merodear lo esencial de sus sueños?). No. Esta es la película de la hija del esposo de Susan viendo un sitcom de una familia de conejos. No. Este es el cine, creando tiempo a través de una elipsis que nos incluye en la película…

Veía. Estaba soñando. Inquieto. No entiendo. Me pierdo en la historia porque la recreo o esto intento. Me pierdo en el engaño de los mundos. Los disfraces de conejo me dan miedo. La risa macabra del circo me perturba. El asesinato falso me hace llorar. Los chillidos me aturden. Me desarman las sensaciones. Hoy es mañana. Nikki es Susan. Los sueños son imágenes a punto de desvanecerse. Las pistas son una manera de armar el engaño. Este es el sueño de la creación. Pero el laberinto de estas adivinanzas no hacen la obra, me deshacen a mí.

Lo digital de estas imágenes tiene la textura de los sueños. Este carácter etéreo de la imagen digital, como si fuera una creación improvisada, a punto de desvanecerse ante mis ojos, desenfoca la trama de la película. Puedo buscar (y probablemente seguiré encontrando) pistas para guardar cada muñeca rusa dentro de las demás, sólo que la vacuidad de Nikki me desarma. Ella confiesa su crimen, confiesa no entender como tampoco entiendo yo, pero se enamora y atiende a sus propios reflejos, a su rol, a sus imágenes. El reflejo la persigue como la cámara la sigue y nosotros seguimos en la pantalla. La imagen de cine está instalada en nosotros como la imaginación y el sueño, pero como es ojo mecánico, terminamos engañados.

Ella es una proyección, no sólo de una mujer, sino del espectador, el grito que se asoma en la risa, enamorarse que es reflejarse, las escenas de una actriz todavía sin rol. Ella es todas estas impresiones desgajadas a lo largo de las tramas. Detrás de la tela, una de las chicas dice: “En el futuro estarás soñando en una especie de sueño”. La película es la imaginación de los sueños, una tram(p)a tras otra, una antítesis de lo cronológico, una lógica del desasosiego entre lo que vemos y lo que somos; el cine como ilusión de sueño, pero terminamos engañados, siempre. Entonces, ¿quién es Nikki si no puede ver/imaginar lo que ocurre mañana? ¿Quién es Nikki si no diversos personajes que borronean a una persona?

Finalmente me doy cuenta de que si la película es una muñeca rusa, yo me encuentro dentro de la muñeca más pequeña. Cada pregunta es como una pequeña grieta que se hace en esta muñeca tras cada impresión. Es una grieta que permite entrever hacia afuera, pero sólo apenas. Más profunda es la sensación de estar perdido entre los recovecos de las historias, los sueños y las emociones. Con las pistas se arman las tramas, pero incluso con su final festivo que regresa al ayer, queda la inquietud de que la naturaleza del tiempo ha sido trastornada por el cine y de que mis maneras de ver (de amar, de imaginar, de soñar, de entender) son trastocadas por esta máquina de sueños que los provoca y los comercializa.

Pero si el cine es el imperio de la mirada, de la mirada hacia adentro del cuerpo, ¿pertenecemos a la industria de los sueños, así sea como espectadores de ella? Este destello de luz del proyector que vemos en pantalla, ¿nos está reflejando a nosotros? ¿Soy una ilusión que hace el cine de mí? Seamos actor o espectador, el cine nos convierte en una proyección, apenas un esbozo de persona a través de esta máquina de sueños, como si fuésemos esa muchacha sobre la cual el tocadiscos reproduce “la canción más larga de la historia”, música que confundimos entre las palabras, los susurros y los ruidos, son los sonidos de un misterio, nunca completamente descubierto, pero en el que nos vemos envueltos.

Estos son los sueños de la imagen -sabemos que estamos soñando, sin entender, pero seguimos viendo-, esta es una oda a las maneras del cine de vernos, una oda a la mirada y a los impresiones que provoca esta mirada: sensaciones de lugares escondidos en los laberintos de una maldición, de personajes casi fantasmales entre sus secretos y sus risas, de tramas que, no si son hilvanadas, sino descubiertas como Nikki quema la seda, irrumpidas por curiosidad, se revelan como fantasías, como (des)encuentros que reconfortan a la primera espectadora (como cuando la hija se encuentra con su padre o cuando la prostituta se besa con la Nikki/Susan antes de desvanecerse). Ver es soñar y la película me hace perderme en sueños que parecen míos. En el fondo (de esta muñeca rusa, de este cuerpo, de esta fantasía), lo son.

"Ahora está oscuro", recordando a Dennis Hopper y Terciopelo Azul

Era 1986. Me había graduado de bachiller tres años antes. Como la mayoría de las cosas en aquel momento, la manera de ser o conocer un genio era a través de novios mayores. No eran tan viejos, pero que supieran más que yo, los hacía más atractivos para mí. Y lo que yo tenía para intercambiar era mi juventud. Este novio era cinco años mayor que yo. Él amaba las películas. “Es la nueva película de David Lynch”, dijo. “Tenemos que verla”.

Así que unos de nosotros se arrejuntó en un carro que llevábamos en aquel momento. Había dos cosas que sé con seguridad sin haberlo visto en mi mente: que era una chatarra y que era barato. “Terciopelo Azul”, qué podrá significar eso, me preguntaba como joven y tonta que era. ¿Y quién es David Lynch? Era alguien por quien la gente como mi novio se emocionaba muchísimo. Yo, yo era mucho más comercial, como soy ahora. Pero al menos ahora conozco, amo y aprecio a David Lynch.

Está de más decir que Terciopelo Azul era distinto a todo lo que yo había visto antes. Lo que recuerdo de esa proyección es que el sonido se cortó justo después de la famosa escena entre Dennis Hopper e Isabella Rossellini. La audiencia casi gritó asustada – no porque hubieran visto a Hooper, ya una leyenda, ponerse esa máscara de oxígeno y meter a Rossellini en tales escenas de perversión, sino porque el sonido se había ido y tendríamos que salir de la sala y volver la noche siguiente.

Tuvimos toda una noche para pensar en esa escena y lo que pensábamos sobre qué sería la película. La noche siguiente, nos encontrábamos anticipando esta escena con Hopper, y cada escena en la que él estaba, sin importar cuán difícil de ver fuese. Y lo fueron. Difícil de ver.

Dennis Hopper ha actuado, escrito o dirigido (o las tres a la vez) más de cien películas. Ha hecho muchas desechables, pero también ha hecho unas tremendas. Ninguna de ellas, ni siquiera Easy Rider, puede superar a Terciopelo Azul. Era el rol preciso para el actor indicado en el momento señalado. Sólo David Lynch pudo captar lo que Dennis Hooper era capaz, el nivel de crueldad y sexualidad retorcidas de Frank Booth. Y probablemente ningún otro actor pudo haber llegar hasta ahí. Todavía no ha vuelto a haber un personaje tan memorable en una película de Lynch, y eso es decir bastante.

Logró ser grotesco y gracioso. “¡Heineken! ¡Que se joda esa mierda! ¡Pabst Blue Ribbon!”

Terciopelo Azul movió nuestro mundo cuando salió por primera vez. Hasta este día se mantiene como una de las cosas más alocadas y hermosas puestas en película. Lynch recuerpó nuestros recuerdos de Ingrid Bergman y nuestra seguridad en las convenciones cinematográficas y las volteó. Y no hemos sido los mismos desde entonces.

Yo no estuve ahí para Easy Rider. Y en realidad tampoco estuve ahí para Apocalipsis Ahora, aunque la he visto muchas veces. Estuve ahí para Terciopelo Azul y se ha quedado conmigo. Dennis Hopper, y los personajes extraños que trajo a la pantalla, incluso en películas olvidables (y eso que hay muchas de estas), de alguna manera siempre me ha hecho reír. Siempre ha sido tan jodidamente raro. Y grandioso. Un suave fucker.

Sasha Stone, awardsdaily.com

Segunda reunión: "De lo armonioso a lo decadente" de Terciopelo Azul (1986): I

A oscuras, pero se escucha la conversación y se distinguen algunos rostros.

Uno de los matices que más me fascina de Terciopelo Azul es que, incluso cuando se adentra en lo decadente, no pierde su tono de cuento de hadas. Tal vez sea por esto que Frank no me da miedo, porque si bien es un personaje inolvidable por lo desquiciado, no existe fuera de ese cuento “a oídas” que investigan Jeffrey y Sandy.

Escenas de una primera reunión en persona y un cadáver por armar…

EL “VOYEUR” DEL TERCIOPELO
Con Terciopelo Azul (Lynch, 1986), ser espectador implica jugar a ser un voyeur: ya no esperamos ver, sino que lo deseamos. Nosotros somos los mirones metidos entre los fetiches, las perversiones y las ingenuidades de estos personajes de Lumberton. La imagen es provocativa porque, en este “extraño mundo”, imaginar es desear. Con sus colores suavemente opacos pero llamativos, con su música hipnotizante y con su ritmo de parsimonia, la imagen cinematográfica evoca un mundo que provoca seguir siendo visto: a un mismo tiempo, Lumberton es un sitio provocativo a la vista y provocador para mantenernos alerta ante sus perversiones. Todo esto envuelto en esa atmósfera “wooden” (“acartonada”, diríamos nosotros, pero literalmente debería ser “amaderada”) de perfección que es ese vecindario.

Conversación con David Lynch

DAVID LYNCH:
No hablo de muchas cosas y no quiero hablar de muchas cosas… pero al comienzo, era imposible. Si ahora estuviéramos haciendo mi primera entrevista, yo habré dicho dos palabras. Yo parecía… un poco loco.

Sobre las palabras
No soy bueno con las palabras… me gustan las palabras, pero me gusta el cine porque tiene palabras pero, también, guarda mucho más y puede decir mucho más que las palabras, a menos que ellas estén en manos de un gran poeta. Yo me acerqué al cine a través de la pintura… y ése es un medio sin palabras, realmente; ella está en su propio nivel y en ella hay mucha más intuición, me parece… pero la realización cinematográfica es exactamente de esa misma forma, para mí, por lo menos.

Sobre las ideas
Las ideas vienen… siempre es igual, ellas llegan… y, de vez en cuando, si tienes suerte, te llega una de la que te enamoras. Y esa primera idea de la que te enamoras es, en mi mente, como una carnada y, si te enfocas en ella, traerá otras ideas y algo más grande empezará a emerger.

Sobre el lugar y la ambientación
Una sensación de lugar es muy importante en cualquier película, una sensación de lugar como en El Apartamento (1960) de Billy Wilder. Esa película y Sunset Boulevard (1951, Wilder); Billy Wilder realmente nos hizo un lugar, hizo un lugar en mi mente. Pero todo filme tiene lugares, aunque a veces los lugares pueden ser diferentes y hacerlos mejor. Un lugar es súper crítico para mí.

La ambientación está dada por el lugar, pero también viene del sonido del lugar, de la iluminación del sitio y, creo que podría venir de los colores del lugar… todo pequeño detalle está alimentando o destruyendo la ambientación.

Sobre interpretar sus películas
Yo digo que toda interpretación es hermosa… son totalmente bellas y válidas. Yo sé qué significan las cosas para mí y tengo que saber eso para seguir adelante. Y si no sé, tengo que intentar descubrirlo; y tal vez las siguientes ideas ayuden a eso, pero cuando las cosas se ponen un poco abstractas, las interpretaciones empiezan a variar violentamente.

Extractos de críticas/estudios sobre Terciopelo Azul

“Las claves de la filmografía de David Lynch, y especialmente en Terciopelo Azul, están en la visión que él mismo tiene de su infancia: <> (…)David Lynch trata de retratar en su película las sombras que se esconden tras cualquier mundo idílico, son las pesadillas no reconocidas del conservador sueño americano las que se encuentran aquí retratadas: vicio, drogas, violencia, sexo, etc. Y, como una Alicia en el País de las Maravillas o como en El Mago de Oz, una adolescente perteneciente al mundo de la alegría y la normalidad descubre una puerta lo sórdido e insano a través de una oreja cercenada” (Alejandro Díaz, http://www.miradas.net)

Terciopelo Azul es una exploración fascinante y perpleja de todo lo que está bajo la superficie de todos nosotros. Mucho de eso es tan oscuro como confuso, e incluso perturbador, pero por toda su excentricidad, esta película se siente tan verdadera como nada de lo que hayas visto antes” (Brian Webster, Apollo Guide)

“Pocas películas han sido capaces de fundir los mundos de la realidad y de los sueños tan exitosamente, y su fuerza surreal empuja las imágenes y los sonidos en nuestro inconsciente, donde resuenan por varios días. Mientras las capas de la belleza aparente de Lumberton son desgajadas lentamente, nosotros somos chupados por la oscuridad subterránea hasta que Lynch lanza una nota optimista al final. (…) A diferencia de otras películas de Lynch que te dejan guindando en la oscuridad, Terciopelo Azul vuelve a la realidad finalmente, donde vemos los mensajes morales evidentes en el filme” (Derek Smith, Apollo Guide)

“Raro por el capricho de ser raro no es suficiente; tiene que haber algo más. Y si fuera sólo rara pero entretenida, estaría bien. Pero Terciopelo Azul es completamente aburrida gran parte del tiempo. Como todos los personajes son tan exagerados (y tan falsos, podría decirse), es imposible identificarse con alguno. Terciopealo Axul es el tipo de película que los profesores de cine probablemente amen y pasen horas analizando. Pero para el espectador promedio, la película nunca logra tener mucho impacto” (David Nusair, reelfilm.com)

“Hopper es fascinante en este papel alegremente pervertido, pero me parece que no habría funcionado tan bien si Rossellini no hubiera hecho de su contraparte. La parte engañosa y suversiva de su personaje es que, mientras ella es, en teoría, la víctima, se puede ver que parte de ella lo disfruta. Hay una increíble desnudez en su actuación: una sensación de que, a diferencia de Jeff, su Dorothy ha llegado a un punto en el que ella se deja llevar y se abandona a sí misma a sus impulsos”. (Kevin Laforest, montrealfilmjournal.com)

“Un filme inquietante que retrata la doble moral tras el Sueño Americano a través de imágenes cinematográficas arrebatadoras, a un mismo tiempo surreales y realistas: (…) El hecho de que nosotros tenemos que, de alguna manera, buscar un camino en este mundo extraño es lo que hace a Terciopelo Azul una experiencia tan desestabilizadora y memorable” (Fredric y Mary Ann Brussat, spiritualityandpractice.com)

“Rossellini se compromete enteramente, pero Lynch se distancia de la terrible experiencia con sus comentarios astutos y sus pequeñas bromas ingeniosas. De alguna manera, su comportamiento es más sádico que el del personaje de Hopper. ¿Qué es peor: abofetear a alguien o verlo desde lejos y que a uno le parezca gracioso?” (Roger Ebert, rogerebert.com)

“Olvidemos por un momento que MacLachlan es el alter-ego de Lynch dentro de la película. Él está menos preocupado en autorreferenciarse que en mostrar el oscuro túnel entre la juventud y la hombría. (…) Las muchas habitaciones de Terciopelo Azul son fascinantemente representativas de humores internos: el blanco virginal de la casa de Sandy; los azules estridentes y los rosados vaginales del apartamento kitsch de Dorothy; y la apariencia abarrotada y hogareña de la casa Beaumont. (…) Lynch parece sugerir que el amor es tan potente en el mundo fetichista de Frank como en el mundo feliz de Sandy. Incluso cuando los petirrojos vuelven a Lumberton, Lynch obliga a sus personajes a reconocer el lado grotesco de sus maneras idílicas de ver el mundo” (Ed Gonzalez, slantmagazine.com)

Terciopelo Azul (…) se mantiene como una eterna controversia, y es una visión que demanda atención, si no elogio. Críticas de la película han empleado descripciones básicas usando palabras como “impactante”, “controversial” o “morboso” (todas usadas inevitablemente en esta columna). Tan pocas veces estos términos son, aunque justificados, groseramente inadecuados” (Rumsey Taylor, notcoming.com)

"El mundo es extraño", crítica de Terciopelo Azul- Semana III.

En las películas de David Lynch hay siempre un desajuste moral, una especie de disonancia que, en casos extremos, obsequia al espectador avezado con un espectáculo grandioso de perversión, de retorcimiento, pero Lynch nunca cae en lo chabacano, jamás se permite la licenciosa gratuidad de consentir frivolidades, sentimientos de naturaleza plana: todo en él propende a lo convulso, todo se escora estruendosamente a la anomalía. Ahí reside su singularidad y su voz incuestionable en el cine de los últimos casi treinta años.

Su periplo como director es un viaje azaroso a lo tenebroso del alma humana, un recorrido minucioso por el vicio, por el pecado, por la soledad y por la angustia: como un Tom Waits que se acodara en la barra de un bar y cantara/contara las broncas del cuerpo, los espasmos del alma y las tinieblas del corazón.

Nadie como Lynch para transmitir ambientes, sensaciones, colores: “El mundo es extraño”, dice un personaje de Terciopelo Azul y no se nos va de la cabeza la oreja cortada en el césped, como premonición de lo que va a continuar, todo ese desfile de personajes al borde de la locura o locos en posesión de una conciencia exacta de su desatino.
Siempre que Lynch tenga control sobre el proceso final de su trabajo, hay que esperar productos de mucha altura o de mucha hondura, cine auténtico, visceral, entregado desde su vértigo. Eso pasó con Terciopelo Azul.

Lynch venía de hacer Dune, que fue un desastre enorme. Dino de Laurentiis, el productor, juró no volver a contar con un alucinado, según dijo en prensa y David juró no contar con un hombre de miras tan cortas, aunque probablemente ninguno de los dos se expresó con esta dulzura semántica. Todo fue mentira: volvieron a verse en esta cinta y el productor decidió asumir su error en Dune y dar al director carta blanca para hacer la película que quisiese. Afortunadamente.

Una cámara sinuosa recorre el confort de una calle de viviendas familiares. Estamos en Lumbort, un pueblo maderero que parece pintado para que Lynch lo refunda con su paleta de colores. Todo es seguridad, plácida seguridad. La oreja humana en la hierba del jardín, al tiempo que Bobby Vinton desgrana la inmortal Blue velvet, nos devuelve al cerebro de Lynch, a su iconografía rupturista, a su pacto con lo retorcido. Un anciano tiene lo que parece un infarto: la obstrucción de su manguera es el colapso de su corazón en una toma genial de concisión gráfica.

Jeffrey ( Kyle MacLachlan ) comienza aquí a penetrar en el infierno mismo. Él será el conductor de ese infierno compartido que hace que su mundo perfecto de novia estable ( la aquí estupenda Laura Dern ) se tambalee al entrar en un mundo canalla de sadomasoquismo, cabaret y luz de puticlub que encarnan Dorothy Vallens ( Isabella Rossellini ) y Frank Booth ( Dennis Hopper ), cantante de club y enloquecido traficante de drogas, respectivamente. Jeffrey es el voyeur asombrado de lo que, pero incapaz de mirar hacia otro lado. Su ojo es el nuestro: su asombro, el nuestro. Jeffrey, sin quererlo del todo, se inviste de investigador de lo real: escruta lo visible para encontrar lo cercenado, las orejas en la hierba, lo que no debe estar, pero aparece.

El tono enfermizo del color, el arriesgado uso de la música, que en todo momento dirige la escala de sentimientos que van adquiriendo, conforme la oscura trama avanza, todos los protagonistas. Luego Tarantino o Scorsese han usado con igual talento el score, la banda sonora, pero aquí el manejo de las canciones es magistral.

Lo que cuenta Terciopelo Azul es la máscara de la América idílica, su fracaso, el endulzado envoltorio y la bilis fluyendo como un veneno debajo, aunque Lynch nos da una lección inmejorable de cómo contar una historia ( un secuestro, digamos ) y asumir, como espectadores embaucados, que la historia no podía haber sido contada de otra manera. Eso creo yo que es la magia de un director. Y Lynch lo es ( al menos aquí ) en grado muy sumo.
Y tiene uno de los mejores finales que yo haya visto: un regreso brusco al lugar de donde partimos, una negación tremenda de todo lo que hemos visto.

(…) Y los pájaros trinan y el mundo sigue girando a pesar de que hemos asistido a una sesión golfa de maligna belleza. El mundo es extraño.

Emilio Calvo de Mora

Una crítica en torno a Terciopelo Azul

“A Quentin Tarantino le interesa mostrar cómo un hombre corta la oreja a otro hombre, a David Lynch le interesa la oreja”

TERCIOPELO AZUL (1986)

Bajo los acordes de la canción “Blue Velvet” de Bobby Vinton, David Lynch nos convierte en espectadores del sueño americano: la plácida y acaramelada imagen de la ciudad maderera de Lumberton, un pleasantville como otro cualquiera, donde las rosas parecen recien pintadas como en “Alicia en el país de las maravillas”, donde los bomberos nos saludan relucientes desde sus recien estrenados coches casi de juguete, donde los niños se dirigen tranquilamente a la escuela y donde las amas de casa se dedican a ver películas de cine negro, porque nada más ocurre en su apacible universo cotidiano. Nada, hasta que una manguera, reliada entre unas plantas, nos anuncia la tragedia. Un hombre que riega su jardín sufre un ataque al corazón y Lynch, que nos había engañado hasta entonces, nos advierte con un plano magistral que no es oro todo lo que reluce, que bajo esa pátina edulcorada, con olor a manzana y a canela, se sumerge un “mundo extraño”, un universo viscoso y repugnante, pues bajo la verde hierba está la putrefacta tierra donde retozan los escarabajos.

Jeffrey Beaumont deja momentáneamente la universidad para visitar a su padre, que ha sufrido un infarto. Tras varias visitas, encuentra en un campo solitario una oreja humana amputada, que rápidamete lleva al inspector de policía, amigo de la familia. Jeffrey, aburrido en su sosegado barrio infantil, desea conocer más detalles de su hallazgo. Por eso, decide acudir una noche a casa del inspector, para preguntarle si ha averiguado algo de la huérfana oreja. El policía no quiere desvelarle demasiados datos y le advierte del peligro de investigar por su cuenta. Desilusionado, Jeffrey abandona la casa, mas de entre las sombras, como una fantasmagórica aparición, surge la jovencísima y bella Sandie, hija del inspector de policía, a la que Jeffrey no veía desde hace un tiempo. Sandy le cuenta a Jeffrey que ha oído ciertos detalles de la investigación que lleva a cabo su padre y le da el nombre de una cantante, Dorothy Valens, y la dirección de su apartamento.

Lógicamente, Jeffrey no se detiene ante las puertas del misterio, sino que decide zambullirse en sus propias pesquisas, ayudado en un principio por la inocente Sandy y en solitario después. De esta forma, llega a conocer a Dorothy Valens, una bella cantante del tres al cuarto, y con ella a un grupo de degenerados, delincuentes y transtornados que han secuestrado a su marido y a su hijo. Al frente de todos ellos se encuentra Frank Booth que utiliza a Dorothy en sus perversiones sexuales en las que el terciopelo azul cobra especial protagonismo. Jeffrey deslumbrado por la belleza, el sufrimiento y el masoquismo de Dorothy, quedará atrapado en un binomio entre la mujer, Dorothy, y la niña, Sandy, explorando su propio cambio, de adolescente a adulto, de investigador a pervertido voyeur, de dominado a dominador.

Lynch nos enseña que debajo de toda apariencia hay un submundo por explorar, que detrás de cada esquina o recodo puede surgir lo inesperado (como en ese maravilloso corto de Mulholland Drive sobre la cafetería Pimkies). Utiliza, en este caso, el agujero de la oreja como vórtice hacia el oscuro universo de la perversión y la violencia (como ya hiciera con su famosa caja azul en Mulholland Drive o con un teléfono en Carretera Perdida). En Tercipelo azul la oreja nos sugiere “escucha, estate atento”, mientras que en Mullholland Drive nos decía “Silencio. No hay orquesta”. Ese universo oscuro y trágico, lejos de parecer como un espejismo, se cuela dentro del mundo plácido de la cotidianiedad de Lumberton y no lo abandonará nunca, pues los pájaros del amor que podrían haber destruido ese “mundo extraño” al que tanto alude Sandy, nos traen al final los escarabajos entre sus picos.

Es constante en la filmografía de Lynch, como influencia de la magistral “Vertigo” de Alfred Hitchcock, esa dicotomía entre la realidad y la ficción, lo que aparece y lo que subyace, la vigilia y el sueño, si bien que en “Terciopelo azul” lo logra de una manera bastante más comprensible para el espectador. Por ello, considero que esta es una buena obra para introducirse en la filmografía de Lynch, pues muestra perfectamente el inframundo o la atmósfera que insuflan películas posteriores, si bien de manera muy clara y sencilla para el espectador, desde el punto de vista de la línea argumental.

Además del magistral comienzo, debo destacar como inolvidable la escena en la que el excéntrico Frank Booth (muy buena interpretación de Dennis Hopper) le pide a uno de esos asesinos enfermizos que cante “In dreams” de Roy Orbison, canción que luego repetirá para darle una paliza a Jeffrey, con esas patéticas y grotescas gogos que parecieran salidas de un antro circense. Aunque el paralelismo pueda ser objeto de crítica, considero que los personajes imposibles que aparecen en las películas de Lynch en cierta forma me recuerdan a los personajes imposibles, también un poco grotescos, de las profundidades de la carne, que retrata a veces Almodóvar. Ambos, directores muy personales.

La escena, que parece un cuadro de Velazquez o de Goya en su época oscura, con más de 9 personajes mirando hacia la cámara, sin que parezca forzado, merece ser vista, auque no os llame la atención la película. Disfrutad de mi canción favorita:

"No sé si eres un detective o un pervertido". Terciopelo Azul: Semana I.

Terciopelo Azul es el revés de un cuento de hadas. Detrás de toda historia de amor, hay escondido algo de voyeurismo y de vicio; junto a la ingenuidad de los que viven de ilusiones, están la curiosidad y el sexo que seducen tales ilusiones; en fin, como en todo cuento de hadas, siempre se sabe que el final feliz (con petirrojos y demás) es un invento conocido a oídas, como si la historia de estos personajes estuviese resguardada en esa oreja que encontró Jeffrey Beaumont en la grama.

Al final, lo que más me impresiona de la película es la ambigüedad entre lo ingenuo y lo perverso, ese guiño de humor que no llega a parodiar la relación de Jeffrey y Sandy porque cuando lo hace, la química (y la música) entre los demás personajes nos ha seducido perversamente. La película provoca en mí una curiosidad que va más allá de seguir viendo: es seguir escuchando las manías de estos personajes (por la música, por el sexo…) y seguir descubriendo la investigación de este hombre que más que resolver el caso, desea involucrarse en él. Lynch, a través de esos colores brillantes y toda esa música envolvente, consigue en ese vecindario ideal y en los sueños de sus personajes principales, no las perversiones, ellas son las de menos, sino la curiosidad, aquella que hace indagar incluso en la apariencia de lo perfecto con la risa más inocente.