Sobre "La teta asustada"

12:00pm. Tierra de nadie, Universidad Central de Venezuela.
Una nueva reunión de Moviemiento. El día tenía un rostro poco amigable. Uno presentía que en cualquier momento caería un chaparrón de esos que sólo acontecen de este otro lado de la tierra, en el trópico. La reunión estaba pautada a las 12 del mediodía. Los primeros en llegar fuimos Eduardo y yo. Ese tiempo extra lo aprovechamos comprando películas y comentando sobre nuevos tesoros fílmicos. Aproximadamente a la una y cuarto llegó Cristina, y un ratito más tarde nos acompañó Gabriela. Por primera vez, el grupo se fue de picnic a la UCV.
La reunión fue amena, a pesar de que la lluvia nos arrojó a un rincón techado de la biblioteca central. Como es nuestra costumbre, primero comimos, luego discutimos. A pesar de que estaba planeado discutir sobre Ladrón de orquídeas, Lola Montes y La teta asustada, toda la conversación se centró específicamente en la teta. Tuve la intención de reanudar aquella conversación entablada la otra noche con Cristina y Eduardo sobre la película, lamenté mucho no tener en mis manos los papeles impresos, de manera de refrescar ciertas cuestiones que habían quedado en el tintero para Cristina y para mí. Sin embargo, la conversación tuvo una fluidez importante, cada uno dio su opinión sobre los temas que le parecían fundamentales de la película. Creo que no dejamos puntada sin hilo.
Por mi parte retomé el lenguaje del miedo que se traduce en el cuerpo de Fausta. Es una forma de expresión corporal que ronda desde el comienzo de la película, permitiéndonos entender que el cuerpo de ella connota miedo, tristeza, pánico, silencio. Pero junto con estos sentimientos, Fausta va accionando un poder regenerador que comienza con la muerte de la madre. Ante este suceso ella es obligada a salir de casa en busca de trabajo. Es allí donde ingresa a ese nuevo territorio, desconocido, inhóspito; un lugar distinto, donde lo que falta es esa aridez de la que está acostumbrada su vida. Fausta sin saberlo ingresa a un sitio que le permitirá entender y despertar de ese largo adormecimiento en el que estaba presa su alma.
Quizás uno de los elementos que ayuda en su despertar sea el contacto con lo verde, con la naturaleza y, por supuesto, con el hombre. El jardinero es quien le enseña a trabajar la tierra, y tal vez sea el único que comprende a Fausta. A medida de que ambos entran en contacto, el hombre le enseña a lidiar con el miedo, pero tal vez lo esencial sea que la ayuda a que comience a vislumbrar que su cuerpo no es ese territorio árido como el lugar adonde le tocó nacer. Hay una escena donde el Fausta le pregunta al jardinero por qué no hay sembrada papa en el jardín. Él le responde que La papa es barata y florece poco. Sus palabras parecen herir a Fausta, porque hay un evidente repliegue de palabras hacia ella. La papa no florece, por eso no gusta. Y ella posee una papa dentro de su vagina, que luego, al transcurrir de la película, por fin se quiebra en los hombros del jardinero, y pide que por favor se la saquen.
Cuando vi la película de manera inmediata la relacioné con Clarice Lispector. Pensé en este libro La manzana en la oscuridad; un libro donde se pone de manifiesto personajes que se asemejan a Fausta y al jardinero. Son como seres que están en estados de coma, y están obligados a despertar, a reconstruir su ser. Es como una liberación que cada uno de ellos se permite. Quizás lo extraño es que existe una relación aún más directa con la tierra, con las manos, con el poder de trabajar para obtener frutos. Fantaseo con la idea de que alguna vez Claudia Llosa haya leído a Clarice. Lo más probable es que no lo haya hecho, y simplemente sus personajes-mágicamente- tienen el poder de dialogar con aquéllos. Eso es envidiable, pero más hermoso aún.
A medida de que el alma de Fausta comienza a renacer, el cuerpo se libera. Desde el inicio de la película veíamos a una muchacha retraída, tímida, miedosa, y todo esto se manifestaba en su cuerpo al caminar o ante la imposibilidad de mantener un contacto con un hombre. Fausta es para el jardinero como esa flor de la que ella queda prendida. Ante tanta aridez, mesura, él aprende a trabajarla, a cultivarla, de manera de que vuelva a nacer.
La reunión culminó a las cuatro de la tarde. Creo que el resumen de ese encuentro fue muy positivo, porque a pesar del tiempo, la falta de baño y el aroma de un buen café calentándonos el cuerpo, La teta ahondó en cada uno de nosotros.

Yo quiero ir a Irán (O crónica de la memoria al ver Bashú)

Manuela tenía la película que le había prestado Damián que había conseguido en los piratas del pasillo de ingeniería a cinco bolos. Damián me había contado un pedazo, que si es de un iraní que va a un país donde hay gente blanca que habla otro idioma y el carajito se deprime.
Empecé a verla. Primero me pregunté cómo uno podía ir de un país a otro escondido en un carro. Pensé que quizá se encontraban en un Cúcuta de Irán, ¿pero, por qué la diferencia radical de razas? No lo entendí hasta meterme, al día siguiente, en Wikipedia a ver qué carrizo había pasado en esa película. Supe que no estaban en un Cúcuta de Irán, sino como en un Maracaibo –o sea, dentro del mismo país, pero en un pedazo de éste donde la gente es rara–. Eso me gustó.
Desde el día que Conviasa ofreció un vuelo semanal Caracas–Teherán, he tenido cierto fetiche esnobista por ese país. Siempre he visto a los medio orientales –como los llamamos aquí– muy parecidos a nosotros, pero a su vez muy distintos y con esta película lo confirmé. Y quizá eso es lo que más me atrae de ellos y de Irán: el saber que no es sólo ese vuelo directo que nos une como un puente que aparece una vez a la semana: los martes para ir, los sábados para regresar. Con las imágenes de la vida agrícola: las gallinas, las plantas, el espantapájaros; recordé cómo eran estas cosas en mi pueblo y en lo parecido que se hacían esas cosas allá. En lo similar que eran ambos pueblos para recibir a un extraño. En Bashú ser negrito es una aberración extraña, una rareza, una persona remota con la que no se tiene nada en común, quizá de la misma forma que un margariteño de la costa ve a un caraqueño, como los vi yo –a través de mis familiares– cuando era un chamito.
Recordé muchas cosas que me habían sucedido en torno a Irán mientras veía la película. Recordé muchas cadenas de Chávez en las que mencionaba a su aliado estratégico. Recordé el día en el que fui a visitar a una amiga al Fuerte Tiuna y yendo a su casa –dentro del fuerte– estaban Chávez y Amadinejah, en persona, hablando rodeados de soldados. Recordé aquel día en el que estaba investigando sobre José Martí y fui a su casa-museo en el centro de Caracas y la encargada, muy amable, me dijo que había estudiado Filología Persa. Recordé el libro Cultura iraní del siglo XXI que vi Tecniciencia de El Sambil. Me imaginé, entonces, con un ticket de Conviasa: Caracas – Teherán. Embarcando el vuelo, rodeado de gente con pañuelos en la cabeza, yo todo ignorante y emocionado por el viaje. Emocionado porque había hecho un curso de árabe en la bolivariana. Y en pleno vuelo me entero de que en Irán se habla Persa y de que Persa y Árabe no son lo mismo, de que me mintieron en esa película mala gringa donde el agente de la Cía se comunicaba en árabe con los iraníes terroristas que querían destruir al imperio. Que no tengo pasaje de regreso y de que no tengo cómo comunicarme, de que tendré que usar un machete y un azadón pa comer y conseguir mi pasaje de regreso. Luego desperté de ese sueño y vi cómo Bashú abrazaba a su mamá y a su papá postizo.