La teta asustada: Veinte bodas y un funeral

escrito por Blanca Vázquez
cinencuentro.com

Hay cerca de 124 mil peruanos en España. Muchos cuidan de nuestros niños y ancianos con una paciencia y suaves caricias dignas de admirar, otros trabajan con ahínco como autónomos y en negocios pequeños. Son trabajadores con una gran dignidad que forman muchas asociaciones solidarias y de apoyo mutuo, pero de los que poco más sabemos, a no ser que viajemos a su tierra, el Perú, algo que muchos tenemos en agenda, posponiendo una y otra vez. Mientras tanto, el cine es una ventana abierta a muchos viajes, aventuras culturales, por la que asoma no sólo la tan sobada y manida North American Way of Life, también otras miradas, más artesanales si se quiere, con las que las salas vibran por su esperada diferencia, por su orfebrería poética, por el alivio que produce ver otras realidades que están ahí, pero nunca están. Y de pantallas que vibran sabe muy bien el jurado de la Berlinale, a los que no les basta con directores de renombre, imágenes malabaristas o superestrellas en el menú. Lo tienen bien claro y premian “aquellas películas que consiguen poner en relación equilibrada la afirmación política y las formas poéticas de expresión”.

Si el año anterior Brasil fue la triunfadora con José Padilha, este año es una mujer, con medallas de Sundance (Madeinusa su anterior trabajo destacó en tan valorado festival y de ahí se hizo la ruta de numerosos festivales con mención y premios), la que sorprende como abanderada de un escaso cine peruano, Claudia Llosa. Y lo hace con un desnudo narrativo que recorre un mapa metafórico repleto de laberínticos oasis y cánticos, que se ha llevado el Oso de Oro de Berlín 2009 y el Premio de la Crítica Internacional, el FIPRESCI. La teta asustada es un barroco desprovisto de barroquismo, es un refresco exótico (desde nuestra mirada europea), es la visualización del miedo en el alma, es la historia política reciente de un país reflejada en unos ojos. Hermosos ojos negros de una maltratada cultura quechua, cuya lengua danza en nuestros oídos con respeto y admiración por guardar a buen recaudo palabras tan ancestrales.

Como Musas Heliconíadas, Fausta y su madre se ofrecen los cánticos de su vida, del recuerdo doloroso, de la herencia de una época de terror, de madre a hija, como una losa que portará Fausta hasta su liberación. “La teta asustada habla de entendimiento, de reconciliación, de perdón. Intento sacar temas que están subyacentes al imaginario colectivo de este país, y quieran o no, están ahí”, nos aclara su joven pero exitosa realizadora, sobrina del escritor Mario Vargas Llosa, peruana que vive en Barcelona.

Desfila ante nuestros ojos el sorprendente paisaje de esta tierra, su multiétnico pueblo, su ecléctico arte, su desequilibrio social, su alegría sencilla, sus sombras y tristezas en el alma, su miedo, sobre todo su miedo. El campo peruano sufrió la pesadilla de una guerra civil entre el movimiento terrorista de Sendero Luminoso y el ejército. La principal víctima fue el campesinado indígena, fundamentalmente quechua, que fue masacrado y utilizado por ambos bandos. La teta asustada cuenta del miedo atávico, transmitido de madre (maltratada y violada) a hija que todo lo vio desde el vientre materno. Mujeres embarazadas violadas y masacradas en su dignidad cuyo grito de dolor se solidifica en sus pechos, los que amantan la descendencia, de ahí el síndrome de la teta asustada.

Fausta, una bella joven de 19 años, es una hija del miedo, quien lucha con sus escasos recursos para conseguir el entierro y funeral que su sufrida madre recién fallecida merece. Mientras lo consigue ese cuerpo sin vida pero con el espíritu aún vagando por la casa, en la que vive también el tío de Fausta y su curiosa familia, espera su ataúd y lugar de reposo. Es esta parte, la búsqueda de un ataúd para la madre muerta, la presencia del cuerpo entre preparativos de bodas con un tono tan kitsch, el colectivismo comunitario alrededor de los festejos, lo que se insinúa con una pincelada almodovariana, quizá sin que Llosa haya sido consciente de esta influencia. Todo el conjunto, sin embargo, se desarrolla en clave naturalista, sin poder sustraerse a la sutil metáfora entre Fausta y Perú. Llosa ha fabricado un producto que tiene entidad propia, que representa un cine con etiqueta de calificación origen, que no pretende asemejarse al cine de tópicos y clichés que vende hoy en día, preocupándose de otras cosas. Y muchos se lo agradecemos. Es una cinta ganadora, porque enriquece a la audiencia. Aunque en las salas no consiga las colas de sus vecinas de acción desaforada y descerebrado encomio.

Fausta/Perú va liberándose de su pesada losa histórica de dolor. El proceso es lento, pero victorioso. No duda, Fausta, en hacerse con lo que le es debido, sus perlas, deslizándose en los aposentos protegidos de la otra identidad de Lima, los criollos privilegiados, quienes usan, a su vez, de las tradiciones indígenas y las transforman en creación personal. Aída es un buen ejemplo. Caprichosa compositora, a quien solo interesa aquello de Fausta que le puede dar gloria, sus cánticos.

Dentro de ese estilo austero y natural, en el que sigo insistiendo, una sutil sombra del manchego universal se hace sentir, la magia ancestral también flota haciéndonos fantasear como si de un personaje de Gabriel García Márquez fuera. El tubérculo y la princesa. La papa, viajada a Europa para salvarnos de nuestra propia hambre, de la que Perú tiene miles de variedades, se convierte en escudo contra el miedo, un muro que crea raíces que ahogan con la ignorancia. No es baladí que cuando Fausta empieza a autoliberarse se halla durmiendo en una estancia en la que está escrito bien claro: un Perú que estudia es un Perú fuerte. Con un ritmo lento, que remarca lo esencial, Claudia Llosa nos muestra una cultura sin clichés étnicos ortopédicos. Y el entendimiento entre directora y actriz nos subyuga.
Besamos con admiración la mano de esta dama, Magaly Solier, inclinándonos respetuosamente.

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