Juegos bajo la luna (Walerstein, 2000): 114 de cine venezolano (3)

Dirección: Mauricio Walerstein
Guión: Claudio Nazoa, Cirio Durán y Mauricio Walerstein, adaptación de la novela de Carlos Noguera
Elenco: Juana Acosta, Alberto Alcalá, Haydée Balza, Karl Hoffman, Carlos Camacho, Orlando Urdaneta, Vicente Tepedino, la participación especialísima de la Billo’s, entre otros
Edición: Daniel García Barreiro
Vestuario: Altagracia Martínez

Cuatro décadas son condensadas, más que en tragedias (violación, derrocamiento, drogas, enclosetamiento, suicidio, aborto, asesinatos, corrupción, infidelidad, enfermedad, burocracia) y conflictos, en ropas, maquillaje y peluquería. El trabajo de época de la película, entre sutilezas de vestuario y cabelleras, es detallado. Observa el transcurso de las décadas desde la dictadura de Pérez Jiménez hasta mediados de los noventas con colores llamativos y cortes de cabello en absoluto obvios. Pero si sus detalles de ambientación vuelven compleja la mirada de esta película, nada lo hace como “la Cofradía”, metáfora de los adolescentes desunidos de la sociedad que los rodea. Sus comentarios intelectuales, condensados en una conversación sobre el pez mascota llamado Dostoyevski de uno de ellos, no son un mero intento de hacerlos ver como estudiosos, aunque nunca los vemos siquiera hojeando libros. Cada personaje es complejo, es la representación de una sociedad (a pesar de que, sobre todo, los vemos en cama) y sus tragedias son mostradas con la profundidad del que se detiene a ver un armario de ropa que contiene la moda a lo largo de cuarenta años. La película es épica e íntima a un mismo tiempo: cubre tal lapso de tiempo manteniendo lo retrógrado y lo increíble de cada situación, reformulando lo que significa la verosimilitud.

La película alcanza incluso un nivel meta cuando uno de los personajes de la Cofradía incursiona en el cine y terminan filmando la película sobre sus vidas, en una escena que ya hemos visto antes. No resulta una decisión incoherente dentro de las tantas situaciones resumidas en poco más de hora y media. Más bien es una observación lúcida sobre la capacidad de una generación de volcar su experiencia en entretenimiento. Nada genérico en esto. De hecho, las escenas de sexo explícitas, donde los personajes muestran mucha más carne de la que promete el guión, son el hilo conductor de las relaciones que ellos van teniendo a lo largo del tiempo. Como lo dice el protagonista, de esto se tratan los juegos bajo la luna, de tener sexo en la noche sin que importen mucho las tragedias que nos rodean, simple y sutilmente. ¿Es esta la capacidad de una generación o lo genérico de una mirada “clase media”, como el mismo protagonista se queja cuando duda de su futuro como escritor? Que el vestuario y el maquillaje hablen por su cuenta.

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La casa de agua (Penzo, 1983): 114 de cine venezolano (2)

“(…) obligado a vivir en el exilio por los vientos de la política que se parecen mucho a los vientos de la vida”
La casa de agua (1983)
Dirección: Jacobo Penzo
Guión: Tomás Eloy Martínez
Elenco: Franklin Virgüez (Cruz Elías), Hilda Vera (madre), Doris Wells (Asunción Silva) Elba Escobar (Ana Dolores), Eduardo Gil.
Hace unas semanas conversaba sobre cine con una amiga y, de repente, ella mencionó La casa de agua. Era un título que, en algún momento, hurgando entre las películas en la universidad, me había llamado la atención. El sonido y la imagen del título me habían seducido, pero, intermitente como es el interés, no me detuve a comprarla. Esta nueva referencia me incentivó a buscarla y comprarla.
“Yo también escribo poemas, pero creo como usted que escribir la vida es mucho más importante”
Anoche la vi. Me cautivó, entre tropiezos. Desde el comienzo, la transferencia de VHS a DVD empobrece la imagen. Quisiera encontrar una mejor copia, aunque, buscando y leyendo sobre la película por internet, pareciera que el problema sí es la transferencia y no la copia. Luego, el sonido de las voces se siente artificial hasta convertirse en una distracción. No es sólo el tono declamatorio, que puede estar justificado dentro de la película. También es el sonido de los diálogos que aplana los demás sonidos de fondo.
Detrás de estas meras distracciones, hay una mirada detenida en los conflictos entre el poeta y su entorno, no sólo su sociedad, sino su tierra, sequía y lejanía en un paíz centralizado; su familia, enraizada en un pueblo árido; sus amantes, débiles contradicciones; su religión, frágil de fe y enferma de destino; su cuerpo, hechura de llagas. La película no es sólo una reflexión, distante como los pensamientos, sobre la poesía y la política, palabras en conflicto si se vive entre ambas. Es también una indagación entre la aridez de las imágenes (¿aridez de las ideas? ¿es Cruz Elías menos poeta por fijar y defender una posición política en vez de escribir versos?) y la fertilidad del sentimiento (¡qué no despiertan Consuelo y, con más pasión, Ana Dolores, en Cruz!). Es también el conflicto entre el cuerpo y la fe, enfermedad del ciego que a fuerza de no ver, condena la religión con su misma enfermedad (“Dios no tiene rostro, ni cuello, ni ojos, ni manos. Dios tiene lepra y no se lo ha dicho a nadie”).
Estas imágenes y estos diálogos se van desgajando a lo largo de la película junto con el conflicto de la voz, tan problemático como puede ser lo fascinante. Si son personajes que suenan declamando incluso en conversaciones, estarían buscando el oficio de poesía en la vida cotidiana. “Me importa poco lo que seré. Viviré mi vida. Eso es suficiente”. Pero terminan por escucharse falsos, artificiales ante las circunstancias como nunca lo podría ser la poesía. La voz necesita buscar su propio ritmo, perdido en la costumbre de los días. Termina por reconocerse que “La poesía comienza cuando termina la vida”. La poesía es sobrenaturaleza. Será esta la sensación que ronda la película entre sequía y lluvias, el recinto borroso de la casa de agua.
“Y yo hice lo que hacen todos los que aman”

El Pez que fuma (Chalbaud, 1977): 114 años de cine venezolano (1)

Como celebración de los ciento catorce años que cumple el cine venezolano este 28 de enero, dedicaré esta semana a ver unas cuantas de sus películas, más a manera de curiosidad, en algunos casos, y de recuerdo, en otros, pero sin la pretensión de que las escogidas sean obligatoriamente las más importantes o representativas de nuestro cine. La propuesta es celebrar viendo y hablando venezolano. Si otros del grupo se únen, adelante.

“No son hombres lo que he tenido sino metros de hombres, kilómetros de hombres, una autopista de hombres… pero se olvida, se olvida…” (La Garza)

Empiezo por El pez que fuma (1977).
Director: Román Chalbaud
Productores: Mauricio Walerstein y Abigail Rojas.
Guionistas: Román Chalbaud y José Ignacio Cabrujas.
Elenco: Miguel Ángel Landa (Dimas), Orlando Urdaneta (Jairo), Hilda Vera (La Garza) y Haydeé Balza (Selva María)
Fotografía: César Bolívar.

Virguito como fui, inquieto y emocionado, esta primera vez con una de las películas más famosas de Román Chalbaud, me gustó sobre todo por el olor y la música a melancolía que va adquiriendo el prostíbulo mientras se desarrolla la película, más que por el tinte de traición entre sospechas que levanta la llegada de Jairo. Entre las canciones, sus presentaciones y la presencia de La Garza, El Pez que fuma huele a burdel de despechados, aun cuando los personajes son apenas esbozados por actuaciones erráticas, aun cuando las pasiones más bajas y los sentimientos que despierta La Garza quedan apenas para la imaginación ya que la película no explora la química entre ella y sus dos hombres. La Garza es inolvidable por la fiereza de Hilda Vera, por su determinación que la impulsa como un instinto maternal hasta el final, pero queda la fantasía de una mujer más explorada y menos mitificada. La Garza es quien nos seduce a entrar en El Pez que fuma, tentados desde afuera como Dimas, viendo el cartel del prostíbulo, en una de sus borracheras, a un lado quedan las flaquezas de mafias y policías que la película intenta cubrir al mismo tiempo.