Imágenes y sonidos de Yi yi (2)

“- La primera vez que cogí tu mano. Estábamos en un paso a nivel, íbamos al cine. Te tendí la mano, avergonzado por lo sudorosa que estaba. Ahora estoy cogiendo tu mano otra vez. Es sólo un lugar diferente. Una edad diferente.
– Pero la misma mano sudorosa”

La mirada de Edward Yang, desde la sencillez de dos diálogos yuxtapuestos, el del padre y su amante de la juventud, y el de la hija y su amante (¿además, acaso, dos estados del amor: el de la juventud que vuelve actualizando la acepción que le damos ahora al amante, de “engaño”, y la acepción genuina de amante: quien ama que es quien está conociendo, descubriendo?), desde la sencillez de un paseo por una ciudad que no los escucha, que los mantiene alejados, rodeados de transeúntes anónimos, y que lo que nos devuelve su intimidad es sus voces tan cercanas a nosotros, nos brinda estos ciento ochenta grados de la nuca que somos incapaces de ver en la cotidianidad. De un presente que no recuerda el lugar de un agarrarse de manos, la voz del padre nos devuelve a la intimidad del pasado a través del presente de la hija, evocador aunque nos amenace con pasar desapercibido.

Director del mes: Ingmar Bergman

“El hecho melancólico acerca de la creación artística es que sólo una pequeña parte de ella llega a meterse realmente bajo la piel del público. Como máximo, puede ofrecer a la gente un codazo momentáneo en una u otra dirección” (“Conversaciones con Bergman”, 1970)
Nace el 14 de Julio, 1918 en Uppsala, Suecia – Muere el 30 de Julio, 2007 en Faro, Suecia
Guionista, director de cine y de teatro, novelista
“No tengo respuestas; sólo tengo preguntas. No estoy muy dotado para dar respuestas” (“Ingmar Bergman dirige”, 1972).
De su filmografía, que atraviesa casi seis décadas, veremos, en un primer acercamiento:
Luz de invierno o Los comulgantes (1963)
Persona (1966)
Gritos y susurros (1972)
Sonata de Otoño (1978)
“El cine es como la música en el sentido de que soslaya la razón y apunta directamente a las emociones. Stravinsky dijo una vez que él nunca ha comprendido la música, sólo la ha sentido, y en el momento en que se pide a alguien que comprenda una película, puede estar seguro de que es un inmenso fracaso” (“La voz de Bergman”, 1997)
En sus películas hay una franqueza que llega; directamente hacia el egoísmo de los personajes apuntando con una precisión inquebrantable al nuestro propio -y si hay algo que se quiebre, es nuestra voz y nuestras certezas-, y subrepticiamente hacia una posible reconciliación con los demás.

Breve Historia de Créditos Iniciales


A Brief History of Title Design from Ian Albinson on Vimeo.

Continuando la semana de videos, ¡fascinante trabajo de selección y edición para mostrar y sugerir los títulos iniciales del cine nortamericano!

A veces se pasa por alto cuán importantes son los créditos iniciales para ir asomando la atmósfera y el ritmo de la película. Desde la sencillez de los créditos para las películas de Woody Allen hasta los créditos más juguetones de películas de género, son la primera relación entre nuestra mirada y lo que nos ofrece la pantalla.

Dreyer: Ordet (1955) & Gertrud (1964)

Ordet o La Palabra es un estado de fe. Pero este es un estado de fe que atraviesa al cuerpo. No es la fe ciega, sino esta que se hace palpable a través de la atmósfera de las circunstancias. Verla se siente tan extenuante como cuando atravieso un esfuerzo físico, como el dolor que siente una mujer pariendo (¿y es que acaso dar a luz no es someter al cuerpo a un dolor intenso que hace germinar vida? ¿no es este el germen natural de la creación?). Las escenas con Johan se asemejan a un trance, un dolor del cual nos previenen, pero que igual se va apoderando de nuestro cuerpo hasta dejarnos indefensos. La película va creando un estado de fe, pero no únicamente desde la trascendencia del milagro (ya hemos sido avisados y esta previsión o predicción prepara nuestra conciencia, sólo que la invidualidad no se hace nada más con la mente), sino, y sobre todo, desde la preparación de nuestro cuerpo a partir del pendular sonido del reloj, el eco quejumbroso del viento, los jadeos que escuchamos de un dolor que nunca vemos y los diálogos entre el doctor, Mikkel, Johan, Morten y Maren, palabras que buscan un consuelo o palabras seguras de lo que viene. Ordet tiene la sobriedad de un rezo, tiene la apertura que brinda la actitud del comulgante, no por creer, rezar e ir a misa, sino por la expansividad de su cuerpo hacia su alrededor. Al final, en este trance del cuerpo emerge una vuelta a la casa del mundo, a esta casa primera hace tiempo olvidada entre ruinas de casas fallidas por el hombre.
Gertrud es un estado de amor. Los sueños y los recuerdos de Gertrud están cargados del poder evocador y provocador del tiempo, de la memoria y de las cosas. Hay una espesura en el ritmo de la película que le brinda a las situaciones ecos oníricos, casualidades del cuerpo que terminan resonando como intermitencias del corazón, palabras que delatan lo que los espejos no reflejan. Gertrud seduce estados de amor, pero terminan escurriéndose en nuestra memoria como evocaciones de recuerdos que cuajan como la llama del fuego, frágiles, como el reflejo del espejo, posibilidades del cuerpo. Los encuentros por los que transcurre Gertrud (como si fuera granos de un tiempo enarenado, coagulado) son equívocos de la mirada, gestos esquivos hacia algo que ella nunca deja de buscar, corporalidad casi indiferente por la conciencia de que la búsqueda es infructuosa. Y, cuando hay atisbos de un descubrimiento y los amantes se ven cara a cara, no pueden vernos de frente a nosotros, sólo de perfil, como si su rostro sólo pudiera ser una verdad a medias, el asomo de lo que se convierte poco a poco en recuerdo. Este es el encanto de Gertrud, su fuerza evocadora, su transformación inevitable en memoria, en materia frágil del cuerpo (como si el espejo que es la memoria refractara lo que ya nace frágil), así como en Ordet la fe trasciende a través de la recuperación del cuerpo o como en La pasión de Juana de Arco el rostro es el único alcance a la verdad.

Nuestra película favorita de 2010

Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010)
Elenco de voces: Tim Allen, Tom Hanks, Joan Cusack, Don Rickles, Ned Beatty, Michael Keaton

Intensamente insuperable. Un abanico de emociones y sentimientos: felicidad, tristeza, nostalgia. Una película animada que nos reencontrará con el Andy que todos hemos sido: despidiéndonos de eso que tanto amamos. Bye bye, infancia. Admiren pues al inquebrantable ser que no se deshoje en lágrimas con la tercera entrega de Toy Story. Lloramos, reímos, cantamos. Y adoramos la versión españoleta de Buzz. Yo soy tu amigo fiel, ¡y olé! (Manuela)

La película juega fluidamente con un manojo de impresiones. Mantiene las aventuras de los juguetes y de la infancia. La primera escena es un homenaje a la imaginación de cualquier niño que corretea y fantasea las misiones más descabelladas (nunca inverosímiles en su mente, siempre hechas posibles por sus juguetes). Estas aventuras nos divierten con el humor de los juguetes que ya hemos conocido a lo largo de quince años, con las novedades de esta entrega (el encuentro entre Barbie y Ken, así como el armario de este son dos de los momentos más graciosos de la película, pero no pueden dejarse atrás el Nené Nenuco o el Oso Maloso que “¡hasta huele a frutillas!”). En esta trilogía de infancia y juguetes, el humor es clave para sopesar lo que podría caer en simple ternura. Y es que sigue inquietándome la naturalidad de la animación de los juguetes en contraste con los rasgos más simples de los personajes humanos, como si nos estuviera invitando a hacer más empatía con los juguetes que con los humanos. Hay una cercanía que se hace palpable cuando veo los rasgos, la textura, los accesorios, en general, todos los detalles de cada juguete, como si toda la vida, las fantasías, aventuras y emociones estuvieran volcadas sobre los juguetes y el juego que ellos permiten. Al final, una de las sorpresas de la trilogía es que el crecimiento de Andy está plasmado, no sólo en su crecimiento físico o en la transformación de su cuarto, también, y sobre todo, en las circunstancias donde se ven envueltos los juguetes en cada película. Podría fantasearse, como interpretación, que las aventuras de los juguetes pertenecen a los sueños y fantasías de Andy. Que al menos esto sea una lectura posible para las películas es una maravilla a las sutilezas escondidas en sus chistes y en la infancia de cada uno de nosotros que evocamos a través de la película.
Al mismo tiempo, junto con las aventuras y el humor, nos angustia (algunos dirán que excesivamente) con la posible muerte de los juguetes. Y, finalmente, nos prepara para la despedida. En esto, la nostalgia por nuestra propia infancia nos deshace en lágrimas, pero se trata también de una trilogía que nos ha regalado aventuras y juguetes entrañables. Con el final, recordamos la despedida de nuestra infancia y, una vez más, nos volvemos a despedir de ella a través de estos juguetes que nos han acompañado como los nuestros nos acompañaron. La trilogía de Toy Story plasma el transcurso de la vida de alguien desde la aparente ligereza de nuestra infancia. Como cierre, Toy Story 3 nos muestra los conflictos de la muerte a partir de un adiós a lo que fuimos en la niñez, a lo que somos/dejamos de ser a través de las cosas que nos amarran mientras nos muestra otras maneras (tremendas sin satanizarlas) de jugar (Eduardo).

Puesto #2 de nuestras películas favoritas de 2010

The Social Network o “Red Social” (David Fincher, 2010)
Elenco: Jesse Eisenberg, Andrew Garfield, Justin Timberlake, Armie Hammer, Roonie Mara

Definitivamente marca una era. Es esa película que algún día le querremos mostrar a nuestros hijos y nietos para que entiendan cómo era nuestro modo de vida tecnológicamente primitivo, cómo mal gastábamos nuestro precioso tiempo cuando éramos jóvenes y bonitos, cómo empezamos a combinar vida real con vida virtual. Ese film condimentado por la excepcional actuación de Jesse Eisenberg –el chico de 27 que aparenta 20–;  el de interpretación magistral: tan nerd que espanta y encanta. (Des)agradable Mark Zuckerberg, creador de Facebook, Dios te guarde en su club privado. Y cómo no recordar a un Justin Timberlake sin N’Sync o Cry me a river: a un Justin que no es Justin sino el creador de Napster –Sean Parker, el que llevó a pique la industria discográfica mundial–; un personaje al que admiramos/detestamos, lamentando el menos de 1% en las acciones de Eduardo Saverin. Un film que, sin duda, hará que más de uno busque “Mark Zuckerberg” en Wikipedia y, por supuesto, en Facebook (Manuela Moore).


Demasiado se ha dicho de que Red Social no es una obra maestra, a pesar de lo muy bien hecha que esté. Estoy de acuerdo que, en principio, no lo es, sobre todo por la falta de composición de la imagen de la cual carece la película. Pero lo que le hace falta en la composición de la escena, lo compensa en la composición de toda la narración de la historia. Ella de desenvuelve con un ritmo fascinante; la música cabalga la edición con una fluidez contagiosa y con el humor de un guión observador, a pesar de que los diálogos parezcan atropellados (y, sí, Zuckerberg parece estar disparando sus palabras, pero la película compensa esto y no retrata a esta juventud con la simpleza de jóvenes irresponsables y pedantes, sino con la agudeza de jóvenes que codifican la vida virtual desde su propia dinámica universitaria). Así, la dirección conjuga el guión, el elenco y la música con una edición detallada que nos atrapa con la primera reunión de Sean Parker, nos desagrada junto con Erica ante la actitud de Mark y nos engancha con el engaño donde cae Eduardo Saverin. Y, por encima de esta entrega comprometida de parte de todos que le ofrece matices a la película, sí está la observación de la película de cómo trabaja la sociedad del éxito, cómo se marca una “nueva era” a partir del retrato de la juventud que la impulsa, juventud que crece teniendo la impresión de que cada uno de sus pensamientos es digno de publicar en la retórica del blog, en la virtualidad de su perfil, en fin, hacerse un espectáculo propio, pero sobre todo virtual. Ahora nosotros mismos podemos ser estrellas de nuestro propio espectáculo, aislados en nuestras computadoras y ociosos de un tiempo que antes parecía perdido y ahora redefine nuestra manera de relacionarnos. Esta es la sociedad del ahora, de estar actualizado, del botón refresh pulsado una y otra vez, de lo que necesita ser constantemente novedad. Puede que la película sencillamente necesite tiempo para consolidar su status de obra maestra. O sencillamente, nunca lo sea. Y, aun así, cómo se siente en ella la agudeza de un Ciudadano Kane o de una Eva al Desnudo por más que ellas hayan hecho lo suyo, no sólo aprovechando los alcances del cine, sino transformándolos (Eduardo).

Puesto #3 de nuestras favoritas de 2010

Obsluhoval jsem anglického krále o “Yo Serví al Rey de Inglaterra” (Jirí Menzel, 2006)
Elenco: Ivan Barnev, Oldrich Kaiser, Julia Jentsch, Marián Labuda

Manuela: Yo serví al rey de Inglaterra es un hombre mirándose al espejo, reconociendo su pasado, admirando sus recuerdos como un álbum fotográfico. Mirando un pasado en donde lo material lo es todo desde un presente donde el protagonista no tiene nada material, donde lo que realmente importa no puede comprarse.

Eduardo: Sí, Manu, aunque habría que estar atentos a que siempre se necesitan los espejos, como Jan colecciona espejos en la cabaña. “Verme a mí mismo es suficiente”, sí, pero ni siquiera las reflexiones de un hombre sentado ante su pasado es suficiente cuando no hay objetos en los que reflejarse, sin estas reflexiones de imagen.

Manuela: Lo de los espejos es hermoso.

Eduardo: A mí lo que me parece más fascinante de la película es esta imagen de los espejos. Es como si cada época de la película le devolviese al protagonista, ya envejecido, reflejos amargos o evocadores de sus sueños. Y, a su vez, con cada una de sus amantes, él les devuelve un reflejo de cómo las ha amado. Para mí los espejos articulan todos los aspectos de la película a través de una serie de reflexiones; reflexiones de imágenes, de temas, de épocas y de personajes.

Damián: La película iba muy bien hasta que aparece la guerra.

Manuela: Porque la guerra lo lleva todo a la mierda, pero luego vive del recuerdo ¿no?

Eduardo: Por esa sucesión de reflexiones (insisto, no sólo temáticas, sino imaginales), no me molesta en lo absoluto la guerra. La guerra es la consecuencia natural de la actitud de Jan hacia la vida, la actitud de los checos, como él mismo señala, “de no ir a la guerra”. La indiferencia hacia su propio país los lleva a la guerra; una guerra a la que, igual, Jan ve a través de ideales: sea el ideal patriótico cuidadosamente parodiado en el personaje de su esposa, o seal el ideal económico que él mismo alcanza en ese gesto tan pedante de montar dinero en la pared del hotel que compra.

Moisés: Y también se ve cuando se hace pasar por alemán, cuando se “nazionaliza”.

Manuela: Qué asco me dio eso. A mí me costó reírme.

Moisés: Es demasiado cómico: lo trataban como un alemán de “segunda categoría” y él ahí solo en un busca de ese “ideal”.

Manuela: Pobre Jan. Era un masoquista.

Eduardo: ¿Acaso, con cierta complicidad sí, pero no sentimos la misma repugnancia hacia él cuando pega el dinero en la pared como la que sentimos hacia su esposa con sus ideales nazis? Hay un dejo de superioridad y de estupidez tanto en su búsqueda por el dinero como en la búsqueda de ideales patrióticos. Y, aun así, la película se cuida de no parodiar demasiado a sus personajes ni las situaciones en las que se ven envueltos. No hay condescendencia en su mirada y, más que ternura, es una agudeza para descubrir el humor y la amargura (no la del reproche, sino la de la tristeza en lo que nos hemos tardado en descubrir como error) en Jan.

Manuela: Sí, bueno, pero ya a Jan le teníamos cariño. Me pareció infantil, pero no repugnante. Porque realmente Jan es como un niño, un niño que quiere más y más dulces, que quiere seguir jugando.

Moisés: Sí, en comparación con el Jan mayor que vemos a cada rato y nos está mostrando sus errores.

Manuela: La cárcel funciona como esas cachetaditas que queríamos darle, evidentemente lo hace reflexionar y madurar.

Eduardo: Para mí no es una cuestión de madurez (sería olvidar los atisbos de inocencia en su mirada y de juego en su sonrisa), ni de una oposición joven/viejo (habría que notar cómo incluso los tonos opacos casi sepia de las escenas de su vejez conservan una alegría que va más allá de la nostalgia y la iluminación de sus escenas de juventud es tan brillante que a ratos nos recuerda el carácter ideal de varias circunstancias), sino de una mirada compleja hacia su vida. No es que la cárcel lo haga madurar, porque ha sido antes que la amargura de esta conciencia de reflexiones me hace un nudo en la garganta. Es que la cárcel es otro de sus reflejos, incapaz de que fuese reflexión si no existiesen las demás situaciones en su vida. La película capta los matices de cada uno de sus trabajos, de cada una de sus amantes, de cada uno de sus anhelos como si fuera cada moneda con la que él se burla de los demás.

Damián: La película es una excelente parodia que se exacerba en la imagen de la guerra y arruina su final. No es que quiso hacer de eso un símbolo, más bien me parece el extraño fenómeno ese de tiempo que se observa en tantas películas, pecan de inmediatez hacia el final.

Eduardo: El final es lo más arrollador de la película, con su encanto de alegría efímera, todavía con las lágrimas y la amargura, por esto mismo, alegría reafirmante. No me atrevería a decir que es un final feliz, sino el final de un hombre consciente de que la alegría nada tiene que ver con la amargura del que posee, sino con la sonrisa de quien está desprovisto de posesiones.

Moisés: La película es una constante reflexión de un país que mira su pasado. Y que a pesar de los errores cometidos, construye a partir de las cenizas algo nuevo. Creo que sin profundizar mucho y sin saber mucho del problema checo, hay algo de la forma de la identidad nacional que está presente en la película. Como si fuera una reflexión interna, somos así, porque fuimos esto, pero a pesar de ello, se puede construir algo.

Eduardo: Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices, Moisés. El espejo siempre devuelve una posibilidad también y esto nunca lo olvida la película. Somos así: fuimos así: ¿podemos ser otros?

Puesto #4 de nuestras favoritas de 2010

La Hora Cero (Diego Velasco, 2010)
Elenco: Eric Wildpret, Zapata 666, Marisa Román, Albi De Abreu, Ana María Simon

Un film extraordinariamente bien construido. La historia, el lenguaje, las actuaciones… Todo en armonía, en sincronía, en la sinfonía del caos. Un caos donde la parca ya no mata: salva; la mano derecha no apoya: traiciona; el gobierno no ayuda: empeora. Una realidad satírica disfrazada de años noventa, actual realidad venezolana. La tasa de mortalidad, el desabastecimiento de los hospitales, el abuso del poder, la impunidad. Una Venezuela donde incluso a la parca le llega la hora. Porque a cada cochino le llega su sábado (Manuela Moore).