Trailer de The Social Network / "La Red Social" (Fincher, 2010)

Y qué bien va la canción con el trailer y, hasta cierto punto, con todo el asunto de las redes sociales.
Estrena este fin de semana en Estados Unidos.

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contratiempo

Hay una inutilidad angustiante en Fargo. Inutilidad que se permea en la lentitud de los personajes, ralentizados por la nieve. Lentitud que se vuelve torpeza y malentendidos.

El ritmo y el color, lento patetismo hecho trascendencia: el invierno aísla a los personajes en sus pequeñas perspectivas, los reduce a sus intereses, las equivocaciones se vuelven violentas, la violencia desnuda la tacañería de Lundergaard, la calma resalta la simpleza de los esfuerzos inútiles. Pequeños, reducidos a las necesidades del día, la inutilidad de encajar en una rutina desvela el ridículo y la malicia de los personajes que los contratiempos despiertan.

Las palabras de los diálogos: tonos, acentos, repeticiones, tartamudeos, confusiones. Mentiras de las que nos podemos reír porque no somos nosotros los que nos enmarañamos en los enredos de sonido que rayan en el gesto absurdo, en ese hilo fino, tan agudo que casi es imperceptible, entre los malentendidos de cada acción y la tragedia que se contiene frágilmente tras cada torpeza. La música de Carter Burwell provoca ecos de esta angustia, una expectativa ante el pequeño mundo de estos personajes, un no poder ver qué pasa por sus mentes aunque veamos qué le pasa a sus cuerpos, una risa y una inquietud. ¿Es la angustia por no poder ver más allá de nuestro pequeño mundo? Sea así o no, siempre queda la ridiculez y el alivio de reírnos también de lo que no entendemos.

Inception o la lógica disecando el sueño

“¿Has soñado alguna vez?”

Concepción
Qué fascinantes nuestras maneras de hacernos espacios dentro de los cuales vivir. De una manera similar como el hombre hace su hogar, cada recuerdo, cada sueño, cada idea, cada emoción nos articula a nosotros: crea una interioridad que es también una manera de relacionarnos con el alrededor. Sea la casa de bahareque de un campesino, la casa de una familia o el apartamento de un ciudadano común, la manera de vivir el espacio construye nuestra intimidad. Construye, demuele, reconfigura. La creación germina con la transformación. Y cómo cuesta asumir la fragilidad del cuerpo que es nuestro espacio.

La idea que se concibe en Inception me ha inquietado desde hace tiempo, aunque mi afinidad ha partido más desde el lugar del lenguaje: cuáles espacios construye la palabra dentro de nosotros, ¿es el lenguaje el que articula nuestra intimidad?, si es así, ¿hay diferencias entre el espacio físico y el espacio íntimo? Pero el interés entre los espacios que creamos, sea a través de sueños e ideas o de la palabra, y nosotros está engendrado en la película. A fin de cuentas, la palabra también germina en ideas y en sueños. Nuestras realidades no existen sin lenguajes.

Incepción
La idea se va estructurando a lo largo de la película con una seguridad impresionante. Más que un virus o un cáncer, el guión se arma con la firmeza de un esqueleto. La misión es presentada a partir de cada uno de sus integrantes. Cada rol es una alegoría dentro del sueño: lo construye desde sus ideas: el arquitecto proyecta los niveles del sueño a través de lugares distintos, el forjador desarrolla el funcionamiento de la idea y así sucesivamente hasta descender a la sombra, el reflejo que obsesiona al extractor mientras organiza y puebla el sueño. Cada paso dentro del procedimiento va generando expectativa.

Roles, tiempos y lugares están sincronizados y articulados dentro de la lógica de la película. Ella prevé incluso las contradicciones naturales de la creación: Cobb hace prohibiciones que luego rompe para que la creación sea posible (inception es traducida como iniciación, pero sembrar o incrustar parecen más maleables al hecho de la creación). Poco a poco, la película acepta la paradoja como una manera (¿la única?) de esquivar la imposibilidad de la misión.

Decepción
Pero ella termina por construir los sueños como si se tratara de explicar lo que soñamos anoche buscando los vínculos inmediatos con la realidad. Podemos hacerlo, y a veces nos sorprendemos con que un detalle común de la realidad se trastoca dentro del sueño como algo bizarro, pero justificar un sueño es desproveerlo de su misterio particular. Es un lenguaje sin poesía.

Dónde está la fuerza evocadora de las imágenes más allá del ingenio visual de hacer estallar las leyes de la física cuando se perturba el sueño. Los efectos visuales arman un espectáculo de lo que la imaginación puede hacer, pero la realidad sigue sin sentirse frágil. Los sueños de la película no son ambiguos: cómo se le puede pedir que sus realidades lo sean. Dónde está el sentimiento o la empatía por los personajes, siquiera por Cobb: el guión se empeña en mostrar a sus hijos sin rostro y a la sombra de su esposa como su lado vulnerable, pero se confía de insistir en estas dos imágenes hasta reducirlos a cliché. El resto de los personajes son tan planos que la parajoda más profunda es cómo una película quiere dimensionar nuestras ideas y sueños dentro de nosotros si no le brinda espacio a los suyos propios.

Dónde queda lo frágil de la realidad, fracturada además por los puntos de vista de cada espectador que es de por sí un soñador. Si el hecho de contemplar evoca consigo nuestras maneras de soñar confundidas con las de ver la realidad, la película más bien aísla el sueño de la realidad y lleva al pie de la letra a esos soñadores que prefieren dormirse para sentir su realidad. No me seduce con los encantos, las ambigüedades, los caprichos, en fin, los laberintos de cada realidad. El pasado de Cobb está perfectamente esbozado como para dejarnos perdidos en sus laberintos, y su manera de “poblar los sueños” los aplana. Al final, qué es la realidad sin estos meandros e incertidumbres, cómo delinear límites sin perderse en las fronteras. Si no fractura la realidad, la idea no tiene las raíces de un cáncer ni la densidad de un sueño, sino la lógica de un diseño que se queda en el croquis. Cómo construimos un espacio sin la inquietud del cuerpo o de la mente.

Ficha Técnica de Los Amantes del Círculo Polar

Voy a quedarme aquí todo el tiempo que haga falta. Estoy esperando la casualidad de mi vida, la más grande, y eso que las he tenido de muchas clases. Sí. Podría unir mi vida uniendo casualidades. La primera y la más importante, fue la peor…

Director y guionista: Julio Medem.
Elenco: Najwa Nimri (Ana joven), Sara Valiente (Ana niña), Fele Martínez (Otto joven), Peru Medem (Otto niño), Nancho Novo (Álvaro),  Maru Valdivieso (Olga).
Música: Alberto Iglesias.
Edición: Iván Aledo.
Fotografía: Gonzalo F. Berridi.
País: España.
Año: 1998.

Ozu: Las hermanas Munekata (1950)

“Siempre me encontrarás esperándote”

Las estatuas
masas de tiempo interrumpido
fijas como si algo cuajase en ellas
en lucha contra el pasar del tiempo

Los troncos
testigos en silencio de paseantes olvidados
fijas raíces sin nombre

Las hermanas
Caminos diferentes
la tradición en actitud de recogimiento y el cambio siempre inquieto

Los gatos
Sigilosos, solitarios egoístas
infieles
humanos

La bebida
entre amarguras y dulzuras
macerar angustias, prejuicios, incertidumbres
en el licor del sake

Anticuado y nuevo
las categorías para fijar
con relación a nuestro tiempo
lo que pretendemos entender
sin atender
a cada manera

La película traza dos maneras de ser como dos caminos diferentes. Los traza con la sinceridad de un observador atento a que cada trazado (sea el de una escritura esbozada por la mano, el de una geografía recorrida por los pasos o el de un paisaje contemplado por la mirada) es una posibilidad de atender y, luego, de sentir. En este fragmento a continuación se detalla con una desarmante sencillez cómo una postura, ante nuestra mirada, fija los rasgos de cada personaje. Es casi como si no pudiera haber conciliación: Setsuko, frontal, rígida, vestida con los atuendos de una mujer casada; Mariko, ladeada, fresca, en faldas. Y de hecho, cada postura es un conflicto posible con el otro, impide la reconciliación, estar en un sitio dificulta ver desde el lugar del otro. Un camino requiere de pasos irreconciliables para ser recorrido. Setsuko y Mariko pueden reflejar la ruptura de épocas entre guerras, entre la tradición y el cambio, lo anticuado y la revolución. Pero, más allá del reflejo de este cáncer (¿no es este mismo cáncer del que habla el doctor en la clase al comienzo, temible cáncer creado por el ser humano?) y de sus escisiones, es la sinceridad ante sí mismas la que les brinda sosiego a ambas: a Mariko porque la tradición no pertenece a los anticuados y a Setsuko porque la sumisión no corresponde con la realidad del compromiso. Si pueden entreverse las hermanas como reflejos de la guerra, la mirada de Ozu les brinda una dimensión desde la intimidad de imágenes atentas a sus sentimientos y no a definirlas como símbolos que terminarían por disecar la película como los apuntes automatizados de los estudiantes en la clase de medicina. No estamos ante una clase didáctica como si la guerra fuese una metáfora, sino en una apertura hacia los espacios (qué atractivo cómo una cámara estática atiende a y distiende todos los lugares de una casa en un solo plano) y hacia los personajes a partir de la necesidad (¿o la imposibilidad?) de reconciliar sus maneras.

“Ser moderno es no envejecer aunque el tiempo pase”