"Recordar a una persona es, finalmente, olvidarla" o perderse en la biblioteca con alguien como Clementine

Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdos (Gondry, 2004) es un trozo de memoria. Verla implica dejarse llevar por los vaivenes temporales que la historia de amor entre ellos dibuja y desdibuja, confundiendo los límites entre un recuerdo y otro. Recordar esta película es confundir por dónde comienza y adónde va, y maravillarse con su recorrido por el amor, las manías y las debilidades de estos personajes. Lo que ella provoca es una sensación de que amar no es recordar, sino más bien olvidar: por encima de esos objetos que atesoramos del ser amado y con los que se busca crear una imagen unívoca de la persona, está el lanzarse a compartir con ella cualquier momento, incluso el más humillante. Amar no es atesorar recuerdos de una persona, por mucho que con cada uno de los objetos que rodean la “relación” amorosa lanzamos un vínculo que nos acerca, engañosamente, a ella. Y la película no se plantea tampoco como una búsqueda obsesiva del amor. Como mucho, hace que Joel y Clementine asuman las manías de cada uno como otra dentro de las muchas impresiones que se hacen de la persona amada. Quién sabe si amar es olvidar esa única imagen que una persona intenta hacerse de la enamorada y asumir las diversas (infinitas, por qué no) imágenes que esa persona provoca y evoca en la otra.

Toda la película es una revisitación a la historia entre ellos dos; revisitación apresurada e impulsiva, como las decisiones de Joel y de Clementine al decidir borrarse, pero revisitación que también va desgajando imágenes genuinas, evocadoras y divertidas sobre el amor: volver a un recuerdo de la infancia para esconderse ahí, esconderse en la humillación y en la vergüenza (“Ojalá te hubiera conocido desde que éramos niños”, le dice Joel en algún momento de ese recuerdo). Incluso en la manera que interviene Joel en sus recuerdos hace que la película funcione como si fuera la memoria: porque cada recuerdo es intervenido y transformado cada vez que es visitado.

Así, por más que alguien quiera cuestionarle la simpleza a la trama de la película (“Olvidar a una persona es, eventualmente, recordarla y volver a ella”, que podría ir a la inversa de la cita de Proust), es sólo el impulso para explorar los funcionamientos, a veces caprichosos a veces inesperados, de la memoria y del amor. La película asoma que, incluso antes de ser seres de palabras, somos seres de recuerdos (uno de los técnicos le dice a Joel que mejor no narre el recuerdo porque decirlo debilita la impresión que el cerebro tiene de tal recuerdo).

Finalmente, por desoladora que sea la idea de que recordar es olvidar, el humor de la película consiste en evocar cada momento con la angustia y el placer de Joel: que, por más que se intente ir en contra del olvido, siempre está como consuelo el gusanito de la curiosidad que despierta y tensa, de las maneras más inesperadas, los vínculos lanzados hacia los objetos. Con Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdos provoca olvidarse de los objetos, excusas hechas para aferrarse a la realidad, y perderse en esa biblioteca borrosa de recuerdos que cada objeto segrega, acompañado, además, de alguien conocido a través de esas imágenes diversas que cada persona provoca en la otra.

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2 comentarios en “"Recordar a una persona es, finalmente, olvidarla" o perderse en la biblioteca con alguien como Clementine

  1. creo que más que ir contra el olvido, vamos en con él… juntos y más que juntos angustiosamente dentro de él…

    creer que nos olvidan más rápido que la misma biblioteca cayendo, es devastador…
    ahora,
    quién nos recuerda, nos olvida?
    creo que no, aunque suena fantástico
    creo más en el recuerdo sin dolor-amor… sin sensaciones…

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  2. Me gusta eso: que vamos con, y no contra, el olvido. Sí me parece que el ser humano busca permanecer y el olvido (me refiero a aquel definitivo) deteriora cualquier permanencia. Aun así, seguramente no hay compañero más fiel que el olvido.

    Sí creo que recordar es olvidar: recordamos lo que privilegiamos, lo que preferimos, recordamos una o distintas imágenes de una situación o de una persona, transformamos la realidad para amoldarla según cómo le damos sentido a las cosas. El amor entre Clementine y Joel me parece que lo evoca así porque, a través de sus objetos, sus recuerdos se condensan en una imagen específica. Es como si recordar fuera vincular lo real (la biblioteca en la que trabaja Clementine, por ejemplo) con los sentimientos (la memoria de Joel hecha biblioteca). Hurgando en la etimología, tal vez el recordare, cordis -volver al corazón- de la etimología asome algo: con los recuerdos es atada una imagen de las tantas que posee la realidad. Ese vínculo supedita los sentidos simultáneos y múltiples de la realidad a nuestro sentido particular.

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