"Pocas cosas son irreversibles". Irreversible: Semana I

Hay algo inquietante en la película desde que comienza. Es la música, es la fotografía, es ir de adelante hacia atrás y también es el fragmento que la inicia:

“Irreversible > Porque el tiempo lo destruye todo > Porque algunos actos son irreparables > Porque el hombre es un animal > Porque el deseo de venganza es un impulso natural > Porque la mayoría de los crímenes quedan sin castigo> Porque la pérdida del amado destruye como un rayo > Porque el amor es el origen de la vida > Porque toda la historia se escribe con esperma y sangre > Porque en un mundo bueno > Porque las premoniciones no modifican el curso de los acontecimientos > Porque el tiempo lo revela todo > Lo mejor y lo peor”.

Pero todo esto se pierde cuando la historia en sí carece de la fuerza para sostener o darle algún sentido a las decisiones técnicas de los movimientos de cámara o de la fotografía. El problema no es que la trama sea sencilla, sino que no hay un conflicto en los personajes y, por lo tanto, la película termina siendo una fijación, ni siquiera sadomasoquista, en la violencia. Sí, tiene escenas insoportables por su crudeza y por su duración, pero la decisión de contar la historia desde el final, lo más repulsivo de la película, choca tanto que, inmediatamente, deja entrever la debilidad de los personajes y evidencia que su estilo es un intento por ser irreverente. El final que es principio y el principio que es final achatan el fragmento inicial al literalizar que el tiempo lo destruye todo y hacen aborrecible la experiencia con esas vueltas de cámara que sí, está bien, dan la sensación de que lo irreversible puede dar vértigo y náusea, pero la película no termina haciendo algo con esa impresión.

Si es un filme para poner las sensaciones al extremo, lo hace confiando en dos situaciones que en cualquier circunstancia son fuertes, pero no porque sea una impresión intrínseca a la película. De resto, para mí no queda mucho en qué pensar más allá que en la obsesión de cierto cine por la violencia per se; violencia que inquieta y perturba al momento, pero luego se olvida porque no tiene la cercanía de la violencia de la realidad ni dice o hace algo con ella.

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Haz lo correcto: la visita de Spike Lee

Ayer en la noche me enteré de que Spike Lee iba a dar hoy una conferencia en la sala de la Cinemateca Nacional del Museo Bellas Artes. Se me hizo difícil creerlo, al principio, pero igual estuve ahí a las 10 de la mañana, sin prestarle demasiada atención a la tardanza, a lo mal improvisado del evento o a la impelable dosis de rojo-rojito característico de la mayoría de los eventos organizados por el gobierno. Esto poco importó frente a la impresión que me dejó la película o a la presencia posterior de tal director(azo).

Desde el comienzo y hasta el final, la película tiene una energía (aunque aquí me gusta más la palabra ‘vibra’) que atraviesa todas las situaciones entramadas en esta calle de un barrio de Brooklyn. Es una energía que proviene, en parte, de la música, en parte del humor, pero sobre todo, de los diálogos entre todos los personajes y del paso ágil, nunca atropellado, de una situación a otra. En la película se va construyendo un ritmo, mucho más que sobre el racismo, sobre la vida en este barrio, a la vez que son retratados los ritmos distintos de cada uno de los personajes. Así, la visión de Spike Lee muestra tales ritmos desacompasados a través de un tono de burla ‘refrescante’, pero también con la agudeza para asomar la incapacidad de varios personajes para comunicarse (recuerdo la escena en la que, con planos cerrados, se muestra a cada uno de los presentes en la pizzería gritándole a los demás, justo antes de que peleen) y el sinsabor que queda al final, sinsabor de egoísmo y sinsabor de imposibilidad.

Luego, entre su espontaneidad, su franqueza y sus anécdotas, (contó una sobre la concepción y filmación del video de Michael Jackson “They Don’t Care About Us”) Spike Lee respondió las preguntas de algunos y, al anunciarse abruptamente el cierre de la conferencia por razones de horario, él se despidió exclamando “Fight the Power”, parte del coro de la canción que abre la película. Y así, repentinamente y casi como si nada, terminó el encuentro con Spike Lee del que apenas ahora empiezo a caer en cuenta de que efectivamente ocurrió.

Citas de algunas críticas de Bashú

Bashú, el pequeño extranjero tiene poco que decir sobre la guerra después de su secuencia inicial, pero aspira a un misticismo primitivo en algunas de sus escenas finales. La figura de la madre muerta de Bashú se convierte en parte de la vida en la aldea, apareciendo ocasionalmente cuando camina junto a Naii como si estuviera cuidando a su hijo. Y el esposo de Naii posee una cualidad inquietante similar cuando aparece al final. Éste puede que sea el único filme en el cual su final feliz toma la forma de una familia reuniéndose eufóricamente para matar a un jabalí” (Janet Maslin, The New York Times, Septiembre 1990)

“Con su alegre simplicidad y su impaciencia por persuadir con sonrisas al público, Bashú termina siendo un remake iraní de Pollyanna. Pero bajo su simpleza hay una sorprendente sabiduría y una riqueza emocional. El retrato de la vida en la aldea y en el terreno de Naii está cargado de detalles y los personajes son vívidos y memorables. (…) Aun así, los aportes del director-guionista Beizai y el fotógrafo Malekzadeh son los que hacen que Bashú funcione. Aunque la película está llena de imágenes deslumbrantes, nunca es sólo pintoresca. Sus imágenes están tan efectivamente usadas para contar la historia que por largos momentos de la película no hay diálogo (…). También brinda un retrato ameno y realista del ‘día a día’ de la vida rural iraní que la convierte en una revelación para los adultos más acostumbrados a la imagen mediatizada de los iraníes como animales salvajes arrodillados ante la dominación mundial” (TV Guide)

Lo mítico en Bashú.

Bashú, el extranjero es indudablemente una película diferente. No sé si les sucedió como a mí, pero al comienzo me costó conectarme con las imágenes que presentaba el film. Se sucedían una tras otra pero no las comprendía del todo. Las sentía lejanas, como si simplemente pasaran imperceptibles ante mis ojos. Sin embargo cada una de ellas dejaba en el ambiente una huella, una marca que me mostraba algo, que aún no lograba percibir, como una nueva forma de comprender ese mundo en el que se mueve un niño como Bashú.
El niño entra en comunicación con su entorno por medio de una profunda conexión que va más allá de la mera palabra. Por medios de miradas, gestos y sonidos, Bashú habla con la naturaleza, con los animales y las aves acercándolo aún más a ese medio salvaje. Bashú pronuncia palabras pero no es entendido, tampoco entiende el lenguaje de los otros. Comprende que sus palabras no comunican, mas bien lo separan del nuevo entorno. Quizás por eso intenta compenetrarse más con la naturaleza. Pareciera allí encontrar Bashú su libertad.
Tanto el niño como Nail viven en un tiempo diferente, un tiempo que indudablemente está sujeto a lo mítico. Eso es lo más interesante, la forma en que Bashú y Nail viven el día a día. Por momentos percibo que el tiempo que se desarrolla en la historia no es el mismo tiempo que envuelve a Bashú y a su madre. Algo en ellos me dice que comparten un mismo lugar y que existe entre ellos un entendimiento innato. Tanto Nail como Bashú logran entablar contacto directo con la naturaleza, sumergiéndose en juegos de niños ambos.
No hay que olvidar de la figura de esta persona vestida de negro que en repetitivas veces se le presenta a Bashú. La primera vez él la reconoce como su madre, y así la llama. Luego, en toda la película, esta mujer de negro fortalecerá la conexión del niño con lo divino. Y ante cada aparición, el tiempo de la historia parece detenerse, fragmentarse, para dar paso a lo divino. Bashú pareciera estar protegido por esta figura en todo momento. Y así será hasta el final del film. El niño logra formar parte de una nueva familia, en un lugar que a medida que trascurre la historia, Bashú logra consagrarlo como propio.

Yo quiero ir a Irán (O crónica de la memoria al ver Bashú)

Manuela tenía la película que le había prestado Damián que había conseguido en los piratas del pasillo de ingeniería a cinco bolos. Damián me había contado un pedazo, que si es de un iraní que va a un país donde hay gente blanca que habla otro idioma y el carajito se deprime.
Empecé a verla. Primero me pregunté cómo uno podía ir de un país a otro escondido en un carro. Pensé que quizá se encontraban en un Cúcuta de Irán, ¿pero, por qué la diferencia radical de razas? No lo entendí hasta meterme, al día siguiente, en Wikipedia a ver qué carrizo había pasado en esa película. Supe que no estaban en un Cúcuta de Irán, sino como en un Maracaibo –o sea, dentro del mismo país, pero en un pedazo de éste donde la gente es rara–. Eso me gustó.
Desde el día que Conviasa ofreció un vuelo semanal Caracas–Teherán, he tenido cierto fetiche esnobista por ese país. Siempre he visto a los medio orientales –como los llamamos aquí– muy parecidos a nosotros, pero a su vez muy distintos y con esta película lo confirmé. Y quizá eso es lo que más me atrae de ellos y de Irán: el saber que no es sólo ese vuelo directo que nos une como un puente que aparece una vez a la semana: los martes para ir, los sábados para regresar. Con las imágenes de la vida agrícola: las gallinas, las plantas, el espantapájaros; recordé cómo eran estas cosas en mi pueblo y en lo parecido que se hacían esas cosas allá. En lo similar que eran ambos pueblos para recibir a un extraño. En Bashú ser negrito es una aberración extraña, una rareza, una persona remota con la que no se tiene nada en común, quizá de la misma forma que un margariteño de la costa ve a un caraqueño, como los vi yo –a través de mis familiares– cuando era un chamito.
Recordé muchas cosas que me habían sucedido en torno a Irán mientras veía la película. Recordé muchas cadenas de Chávez en las que mencionaba a su aliado estratégico. Recordé el día en el que fui a visitar a una amiga al Fuerte Tiuna y yendo a su casa –dentro del fuerte– estaban Chávez y Amadinejah, en persona, hablando rodeados de soldados. Recordé aquel día en el que estaba investigando sobre José Martí y fui a su casa-museo en el centro de Caracas y la encargada, muy amable, me dijo que había estudiado Filología Persa. Recordé el libro Cultura iraní del siglo XXI que vi Tecniciencia de El Sambil. Me imaginé, entonces, con un ticket de Conviasa: Caracas – Teherán. Embarcando el vuelo, rodeado de gente con pañuelos en la cabeza, yo todo ignorante y emocionado por el viaje. Emocionado porque había hecho un curso de árabe en la bolivariana. Y en pleno vuelo me entero de que en Irán se habla Persa y de que Persa y Árabe no son lo mismo, de que me mintieron en esa película mala gringa donde el agente de la Cía se comunicaba en árabe con los iraníes terroristas que querían destruir al imperio. Que no tengo pasaje de regreso y de que no tengo cómo comunicarme, de que tendré que usar un machete y un azadón pa comer y conseguir mi pasaje de regreso. Luego desperté de ese sueño y vi cómo Bashú abrazaba a su mamá y a su papá postizo.